Una esplendorosa naturalidad, una conmovedora sencillez. Serena, pero persistente. Es lo primero que advertí, las sensaciones que me envolvieron cuando tuve frente a frente a Mayra Mazorra, en cuanto intercambié unas palabras con ella.

Por supuesto, me la apropié, me la llevé al Café Teatro Macubá, a la peña Piel Adentro, un espacio contra todas las discriminaciones que conducíamos en Santiago de Cuba, bajo la cobija de la maestra Fátima Patterson y de su equipo. Mayra nos regaló un fragmento de su monumental corporización de Celeste Mendoza, “aquella mujeronga que hacía temblar la tierra por donde caminaba”, en las palabras de la actriz.

Yo sabía que nuestros caminos se volverían a encontrar, era menester, y fue en Caibarién, en la Villa Blanca, cerca de las olas. Inolvidables jornadas del Concurso Santamareare convocado por la Sección de Audiovisuales de la Uneac en Villa Clara. Ahora mismo, su interpretación del personaje de Berta en la novela Ojo de agua, levanta admiración, polémica, pasión. Ella nos abre sus memorias…

“Decidí que mi camino sería la actuación, en la Secundaria. Desde séptimo grado me incorporé a un taller de actuación que impartía un profesor de literatura y empecé a verlo como algo más serio. Allí se hicieron tanto obras cubanas como de la literatura internacional, se montaron cosas de Shakespeare, de Molière… Para mí, aquello se convirtió en la asignatura más linda de la escuela. Yo adoraba el día que me tocaba el taller, porque allí me sentía realmente realizada.

“Una esplendorosa naturalidad, una conmovedora sencillez”.

“Nosotros mismos nos hacíamos los vestuarios, nos maquillábamos, éramos los escenógrafos, hacíamos todos los elementos de las obras, y eso me encantaba. Fue a partir de esa experiencia que yo decidí lo que quería hacer en la vida. Estaba en noveno grado, cuando me enteré que iban a hacer las pruebas para la ENA (Escuela Nacional de Arte) y fui a hacer el examen. Entré ya a hacer décimo grado en la ENA y, bueno, cursé los cuatro años de la media especializada. Ahí fue cuando comenzó mi carrera artística.

“No ha sido una carrera fácil, no. Ha sido como una escalera muy grande que he tenido que subir poco a poco. En la época que yo me gradué, en el año 1982, egresé del ISA (Instituto Superior de Arte). Yo había pasado la ENA y después continué los estudios en el ISA para obtener la Licenciatura. Y cuando me gradué, tuve la oportunidad de hacer el servicio social en un grupo emblemático del país”.

Teatro Estudio

Mayra Mazorra afirma que tuvo “la osadía” de tocarle a la mítica Raquel Revuelta, directora de Teatro Estudio. Y “la suerte” de que ella la aceptara. El camino estaba tendido, pero recorrerlo era otra cosa. Exigía templar el carácter y una recia preparación de cuerpo y mente.

“Estuve veinte años en Teatro Estudio… Tuve que esperar mucho tiempo para poder hacer un personaje importante. Incluso, cuando yo pensaba que estaba capacitada para hacer ya ciertos personajes en determinadas obras, no me llamaban, no me lo daban. Pero a mí todo eso, pienso que me fortaleció más. Yo no perdí tiempo, aprendí muchísimo de los grandes actores que veía cada noche.

“Allí estaban las grandes figuras, las grandes estrellas del teatro en ese momento: Verónica Lynn, Isabel Moreno, Adria Santana, Miriam Learra, Adolfo Llauradó, Aramís Delgado… era una excelencia lo que había allí de actores. Aprendí cada noche, aprendí en cada función. Participé en todos los talleres que se daban, en las clases de canto, de baile, de expresión corporal, hasta que vieron un desarrollo en mí y los directores me empezaron a llamar.

Teatro Estudio. Como Chepilla en la obra Parece blanca de Abelardo Estorino.

“Yo pienso que esa imposibilidad de hacer lo que yo quería en un momento dado, me llevó a tener más tenacidad. Yo me aprendía los personajes de las obras, aunque no los fuera a interpretar. Y yo me decía: no será ahora, pero en algún momento yo voy a hacer esto, yo voy a hacer lo otro… Estaba muy confiada en mí, en lo que yo podía hacer, en lo que iba a lograr”.

“En Teatro Estudio hice la Poncia de La casa de Bernarda Alba y la criada de Bodas de Sangre, ambas obras de Lorca. Hice Electra, que es el personaje protagónico de Electra o La caída de las máscaras, pieza original de Marguerite Yourcenar. Trabajé con Berta Martínez en la trilogía de zarzuelas que ella hizo, Las Leandras, La verbena de la Paloma, La zapatera prodigiosa. Trabajé con Estorino, con Armando Suárez del Villar, con el propio Vicente Revuelta. Tuve la dicha de pasar por tantos directores, tantos estilos diversos, y al final, fue un sueño cumplido por todas las cosas que pude hacer”

En la pantalla

El destino con Mayra Mazorra se ha tomado su tiempo, pero también se ha rendido a su excelencia. De las tablas a las cámaras. En la madurez encontró el punto exacto de cocción, y entonces, solo entonces, se abrieron las puertas de la pequeña y de la gran pantalla. Todavía hay personajes que aguardan, todavía algunos andan temblando en su piel.

“Yo digo que a la televisión llegué tarde. Alonso Padilla, un director de televisión importantísimo en mi carrera, fue al teatro un día, pudo verme en Electra y me esperó a la salida del teatro. Le gustó mucho mi trabajo y me propuso hacer “la jabá” de Réquiem por Yarini, tenía ese proyecto para hacer en la televisión.

“Pienso que fue el primer papel importante que hice en la pantalla. Y a partir de ahí, empezaron a proponerme otras cosas… Pero pasé mucho tiempo también sin que ningún director me llamara, hasta que un buen día un director me invitó para algo importante y después me llamó otro, y así sucesivamente. Y ya pude incursionar en más novelas, en más seriados.

“En el cine he hecho muchas películas, siempre con personajes pequeños; pero también los he aprovechado al máximo. He tenido la suerte de trabajar con muchos directores, con Pavel Giroud, Rebeca Chávez, Alejandro Gil, Fernando Pérez. Hice la madre del Benny en la cinta del difunto Jorge Luis Sánchez, fue una de las primeras cosas que hice en el cine. Nunca he dicho que no a ninguna propuesta, porque el cine me encanta y aprendo de todos los directores. Sueño con que algún día me llegue, si no es un protagónico, por lo menos un personaje más grande, un trabajo más profundo, que se vea más en la pantalla”.

Personajes

Tallar, sumergirse, encarnarse. Algunos de los seres a los que Mayra Mazorra les ha dado cuerpo, aire y palabra, parecerían que la han visitado en estado de gracia. Ella los borda, los convierte en patrimonio de todos, y esa historia contiene en el envés, mucho de goce y no poco de sajadura.

“Yo siempre he preferido hacer personajes que estén lejos de mi personalidad. En el teatro he tenido la oportunidad de hacer, por ejemplo, la Poncia. Era muy joven cuando la hice y tuve que trabajar mucho con el peso corporal y con la voz. Tuve que hacer la Chepilla de Parece blanca de Abelardo Estorino, que era el personaje mayor de la obra. Adria Santana hacía a la Cecilia, y Nancy Rodríguez hacía a la madre, y yo que era la más jovencita, tuve que interpretar el papel más viejo, el de la Chepilla.

“He tenido que hacer caracterizaciones muy fuertes, pero eso me encanta. Me siento como muy realizada cuando tengo que hacer ese tipo de trabajo. Recuerdo que asumí el personaje de la madre en la obra El malentendido, de Albert Camus, que era una señora muy mayor, ciega y que mata al hijo. Al final, lo descubre, es un personaje muy trágico. Ese tipo de personajes es el que me gusta.

En privado con la Reina. “Traté de revelar la parte humana, traer a la luz un poco de la vida de Celeste Mendoza, sus reacciones, sus emociones”.

“Uno, naturalmente, se siente muy cómodo cuando te toca hacer personajes que están muy cerca de ti, y también los disfruto, como fue el caso, por ejemplo, de la directora de la serie Calendario. Fue un personaje precioso, del que guardo recuerdos muy lindos. Tenía que ver mucho conmigo, con mi personalidad, y lo disfruté al máximo.

“En la telenovela Tan lejos, tan cerca, de Luberta, me tocó el personaje de Miriam, una señora mayor con demencia senil y tuve que hacer una caracterización, un estudio. Le dediqué tiempo, porque no quería hacer el mismo cliché de la persona mayor ida de la memoria, quería hacerlo de verdad. Me preparé con una doctora, estudié historias clínicas… Creo que el resultado fue bonito, la gente se identificó mucho, agradeció el trabajo. Y, a pesar de que era un personaje secundario, recibí el Premio Caricato que otorga la Asociación de Artistas Escénicos de la Uneac en actuación femenina de televisión, en 2023.

En privado con la Reina se estrenó primero en las tablas con Teatro El Público y Jorge Mederos en la dirección, y después se llevó a la televisión, con la inolvidable directora María de los Ángeles Núñez Jauma. Yo sentí un poco de temor: era un personaje que estaba tan, pero tan distante de mí, de mi personalidad, que me dije: ¿yo podré con esto?… pero me encantan los retos, y me contesté: ¿por qué no? ¿por qué no voy a poder?

“Me puse en función de estudiar a Celeste Mendoza, de ver todo lo que aparecía de ella, que hay muy pocas cosas en realidad. Tuve la oportunidad de que un amigo me prestara un material donde aparecía ella en su casa, en su vida cotidiana, y la pude ver así más de cerquita. Entonces, me dediqué mucho tiempo a estudiarla, a observarla, a tratar de meterme en su piel.

“Todavía me recuerdan por Celeste dondequiera que voy”. 

“Nunca fue mi intención imitarla en su forma de bailar, eso era imposible; ni de cantar como ella, mucho menos. Traté de revelar la parte humana, traer a la luz un poco de la vida íntima de ella, sus reacciones, sus emociones, y el resultado fue bonito. Por este trabajo en teatro, gané el Premio Caricato en 2018. Todavía me recuerdan por Celeste, dondequiera que voy. La gente, aunque me identifiquen con lo que estoy haciendo actualmente, siempre me hablan de Celeste, y para mí eso es un orgullo muy grande”.

“Cuando sale una lágrima, sale de verdad”

La energía creativa de Alberto Luberta en la dirección es reconocible en la novela Ojo de Agua, escrita por Eurídice Charadán y Lil Romero. El espacio, que ha tenido tantas altas y bajas, ha regresado con unos conflictos profundamente humanos que no han dejado impasible a nadie. Justo allí, Mayra Mazorra brilla.

“Cuando el director me llama para proponerme el personaje y leo el guion, lo que me atrapó precisamente fue el gran conflicto que tiene dentro de la trama. Berta es una mujer que aparentemente no tiene problemas en su vida, tiene un matrimonio feliz de treinta y pico de años. Tiene un hijo, un nieto, y de momento hay un cambio, ocurre este cambio en su vida a partir de que aparece en su vida Lucía… y ella se enamora de Lucía”.

“El personaje me resultó muy interesante, precisamente por ese conflicto interno. Ella tiene sus prejuicios, no entiende lo que le está sucediendo y trata de ir en contra de eso. No entiende que a estas alturas de su vida le pueda ocurrir semejante cosa. Es el conflicto que tiene dentro de sí misma, aparte del conflicto social que enfrenta con la sociedad, con el pueblo, que la rechaza ante este suceso.

“Hay una escena muy importante, donde ella pide: ¡Dios mío, Santa Bárbara bendita, que no sea verdad esto que me está pasando! Ella trata de luchar en contra de ese sentimiento que empieza a crecer, pero al final es inevitable que se desarrolle y ya llega el momento en que ella no puede más, se da cuenta de que tiene que tomar una decisión y la toma. La decisión es hablar con su esposo, hablarle claro, decirle la verdad. Ella es sincera, ella ama al marido y se lo dice; pero no puede ir en contra de ese sentimiento y piensa que sí, que esa es la solución. Decide, entonces, divorciarse y empezar una nueva vida.

“Yo cuando voy a enfrentar un personaje siempre trato de estudiarlo a fondo, siempre trato de entenderlo, de defenderlo; independientemente de que yo como actriz o como persona, esté de acuerdo o no con lo que hace. No se puede hacer un personaje criticándolo, porque cuando una actriz hace un personaje criticándolo, no puede tener el resultado que requiere.

“A Berta la defiendo, Berta hace bien en hacer lo que hizo. Es su vida y tiene derecho a pasar el resto del tiempo que le queda, siendo feliz. La gente tiene derecho a ser feliz. Todavía hay muchos prejuicios en nuestro país, sobre todo en esas zonas rurales, como sale ahí en la novela. También pienso que no se había tratado este tema del lesbianismo en una persona ya de la tercera edad, sino en parejas más jóvenes; por eso me resultó más interesante todavía.

“Estoy enfrentando el personaje, como te decía, en cuerpo y alma.

“El amor llega en cualquier momento de la vida, no tiene que ser en la juventud precisamente. A ella le pasó, con sesenta y pico de años que se supone que tenga el personaje, le pasó y es una realidad. Yo conozco historias muy de cerca, historias parecidas, y pienso que no hay razones para que no se pueda plasmar en una novela.

“Estoy enfrentando el personaje, como te decía, en cuerpo y alma. Hay que darle todo al personaje, y me meto tanto en la situación, que de ahí sale la emoción. Cuando sale una lágrima, sale de verdad, porque lo estoy sintiendo. Y eso es lo que más me satisface, que me paren en la calle, y que, estando de acuerdo o no con lo que hace el personaje, me feliciten, me digan qué bien estás haciendo el personaje y pienso que esté saliendo, por lo menos, con verdad”.

A Mayra Isabel Mazorra Pérez, de pronto parece que uno la conoce de toda la vida. Ella nos abrió sus memorias, nos acercó a sus latidos, en una noche de esas, donde la luz pudo más que las tinieblas.