Homenaje en el 90 aniversario de su natalicio

Grata sorpresa me deparó la reactivada [1] colección Biblioteca del Pueblo por incluir El viaje, en su entrega de 2023, entre clásicos de la narrativa contemporánea cubana, aunque ese y otros textos de Miguel Collazo (1936-1999) nunca encontraron valoraciones críticas que legitimaran su importancia, en vida del autor. Y puede que ello haya ocurrido dada la tenaz resistencia a formar parte de un canon que manifestó este escritor siempre. El presente acercamiento a su obra quiere rendirle homenaje en el noventa aniversario de su natalicio, precisamente sobre la base argumental de cómo Collazo, al no atenerse a ciertos reclamos con primacía para el aplauso, fue creando su propio canon.

¿Ciencia ficción?

La pregunta que antecede resulta tan impertinente como el afán de etiquetar matices de la literatura fantástica formulando enrevesados estancos que en su diversidad no llegan a mostrar especificidades concretas para alcanzar la condición canónica.

Igual embrollo se arma en el intento de pretender encasillar los textos de Collazo; no obstante, El viaje (1968) es considerada la primera novela de la ciencia ficción en la narrativa nacional, teniendo en cuenta que otros dos pioneros de la modalidad la desenvolvieron en la poesía: Oscar Hurtado, y Ángel Arango en el cuento. Ya el propio Collazo había publicado el volumen El mundo fantástico de Oaj (1966) “en el que, curiosamente, se une el mundo de la ficción científica al de cierto ambiente popular habanero”[2].

“[En El Viaje] La disquisición en torno al tiempo alcanza la jerarquía temática, en un mundo donde las ciudades se convierten en ruinas o simplemente aparecen y desaparecen a tono con la necesidad de repensarlas por parte de los personajes, bajo la tutela de un narrador omnisciente”.

Tampoco creo que El viaje muestre asideros muy reconocibles dentro de la ciencia ficción en su raigambre extraterrestre, al presentarnos un planeta alejado de la Tierra, llamado Ámbar, sin datos sobre circunstancias previas a la crisis que manifiesta en el comienzo mismo de la trama.

Coincido con quienes consideran este relato filosófico, más bien de carácter ontológico, cuyo eje central es la supervivencia. La disquisición en torno al tiempo alcanza la jerarquía temática, en un mundo donde las ciudades se convierten en ruinas o simplemente aparecen y desaparecen a tono con la necesidad de repensarlas por parte de los personajes, bajo la tutela de un narrador omnisciente.

Otro tema fundamental en lo narrado se aprecia a partir de las primeras páginas, para tratar de entender qué es la muerte: “dormir demasiado, no despertarse más”. Indicios de extrañeza conceptual también abundan desde el principio cuando nos enteramos de que en Ámbar los símbolos son enigmáticos objetos: “ese ruido de agua sobre piedras y símbolos, alejándose” [3].

El viaje (1968) es considerada la primera novela de la ciencia ficción en la narrativa nacional. Imagen: Tomada de Internet

La angustia que se trasmite de personaje a personaje, de escena a escena, incluso luego de hallar un liderazgo contra el caos, se inscribe en recorridos por laberínticos espacios e ilusorios empeños, hasta que una voz en el renglón final afirma: “El viaje ha comenzado” [4].

Enmarcando el Quinquenio Gris

Sabido es que el periodo de iniquidad y retroceso para la cultura cubana sobrepasó la extensión quinquenal que le atribuyera Ambrosio Fornet: 1971-1975. Pero llamó mi atención que estas cotas temporales coincidieran con la aparición de dos piezas claves entre las publicadas por Collazo: Onoloria y El Arco de Belén, como si él no estuviera enterado de que ciertas exigencias asistieran entonces un modelo de creación literaria, entre las que sobresalía la de un compromiso sociopolítico explícito por parte de los autores.  

Un consenso crítico que llega a nuestros días considera que en los sesenta se produjo una de las etapas de mayor esplendor en la tradición realista del cuento cubano: la de la violencia revolucionaria. Sin embargo, en su derrotero hacia una nueva década este canon llega a ser entronizado hasta erigirse como único procedimiento válido para la narración dentro de los predios establecidos por el realismo socialista, de modo que las páginas fantaseadoras, incluso las destinadas a la niñez [5], desaparecen de los planes de publicación por un lapso que se adentra en los ochenta.

“Entre mis lecturas juveniles siempre he de recordar el impacto que me produjo Onoloria, en medio de una producción narrativa a mi alcance, tan a ras del suelo que a diario pisamos, capaz de elevar esas páginas ─yo no sabía bien si de novela─ al espacio infinito de la fabulación”.

Aplaudo la justeza de que el volumen referencial Obras y personajes de la literatura cubana,publicado por el Instituto de Literatura y Lingüística en 2016, seleccionara la noveleta Onoloria como la obra de mayor trascendencia de Collazo. Una vez más la investigadora Zaida Capote Cruz manifiesta ahí su sensibilidad para la valoración de textos no canónicos.      

Entre mis lecturas juveniles siempre he de recordar el impacto que me produjo Onoloria, en medio de una producción narrativa a mi alcance, tan a ras del suelo que a diario pisamos, capaz de elevar esas páginas ─yo no sabía bien si de novela─ al espacio infinito de la fabulación.

Por entonces había leído cuentos de Virgilio Piñera, mágicas cápsulas que me ayudaron a alzar mis propios universos ficcionales y, en ellos, realidades y absurdos fundidos tal como los entendiera. Pero Onoloria me insuflaba un fluido inspirador de otra naturaleza, proveniente de un mundo que debía de existir, con sus sugerentes ambigüedades, tal vez paralelo al tan materialista que habitábamos en aquel tiempo de desabridas lecturas. 

En 2016, el Instituto de Literatura y Lingüística seleccionó a la noveleta Onoloria como la obra de mayor trascendencia de Collazo. Imagen: Tomada de Ecured

A la muerte del autor, con quien nunca pasé de los saludos casuales, vine a enterarme de que escritores pertenecientes a generaciones posteriores a la mía sintieron un embrujo semejante al nocaut en mí, cuando dieron con el mencionado relato [6].

Más adelante nos detendremos en el supuesto final de la grisura estipulada por Fornet, pues los comentarios acerca de El Arco de Belén dan cierre a este artículo.

Habanidad explícita

En el decenio entre El Arco de Belén y Estancias (1985) todavía Collazo tiene que denostar otra formulación narrativa cuasi canónica. Estoy hablando de la voluntad de un conjunto de escritores empeñados en alcanzar a ultranza “lo universal”, quienes pactan una huida a galope tendido para alejarse de cualquier indicio de crónica en sus textos. Quizás me haga entender mejor apelando a un obligado referente del cuento cubano en la década de los ochenta: Nosotros vivimos en el submarino amarillo (1987) de José Ramón Fajardo (1957-2016), donde habaneros natos y netos describen con visibles señales la fusión urbanística de Cayo Hueso y El Vedado, pero sin mencionar la calzada de Infanta, ni ningún otro elemento toponímico. 

En la espléndida antología que con su título rinde homenaje al mencionado libro de Fajardo, Leonardo Padura, su compilador y prologuista, comenta ese horror a ser reducido al ámbito localista [7], del cual se mofa Alberto Guerra Naranjo en uno de sus más sólidos cuentos, “Otra vez Arnaldo”: “Quise parecer cosmopolita, que cada cual encontrara su ciudad en mi ciudad por el simple recurso de ocultar su nombre. No mencioné el malecón en todo el texto, ni la palabra guagua, ni la calle veintitrés” [8].

“Quiero señalar que (…) este escritor se adelanta a la profusión de habanidad en las letras y el arte cubanos, en concordancia con la categoría de identidad cultural, que emerge en los noventa, como respuesta al evidente ascenso de una globalización cada vez más hegemónica”.

Textos reflexivos, donde las pautas filosóficas gozan de las connotaciones del tono poético, aparecieron bajo la tutela “genérica” que Collazo denominó Estancias (1985), cuyo acápite “Del tiempo y el hogar” dedica su primer texto a una identificación personal, en la que “mi balcón está sobre la calle Acosta y la calle Acosta pasa bajo el Arco de Belén” [9].

Lo anterior significa que los “breviarios de un yo”, como reconoce Alberto Garrandés [10] las viñetas de Estancias,se proyectan sin remilgos desde el sitio donde nació y pasó toda su vida Collazo. Quiero señalar que, con semejante sentido de pertenencia, este escritor se adelanta a la profusión de habanidad en las letras y el arte cubanos, en concordancia con la categoría de identidad cultural, que emerge en los noventa, como respuesta al evidente ascenso de una globalización cada vez más hegemónica.      

El Belén habanero

El entrañable estremecimiento por la ciudad donde siempre habitó Collazo se inscribe en un pintoresco entorno de La Habana Vieja, para regodearse en una especificidad etnográfica bastante enquistada ya a finales del siglo XX. Con ella el escritor nos regala un inusitado saldo informativo. Se trata del día a día en una comunidad de origen judío, radicada en la zona hoy conocida como Belén [11]. Permítaseme pues el intento de desentrañar, hasta donde me sea posible, las peculiaridades de ese pedazo de La Habana Vieja en la palabra de Collazo.

Ante todo, valga recordar que el Arco de Belén es uno de los dos pequeños tramos techados en calles habaneras, que han existido desde el estatus colonial [12], de ahí su alto grado de pintoresquismo, aprovechado por Collazo para situar el núcleo de la tan amada trama urbana.

El Arco de Belén, en La Habana Vieja. Imagen: Tomada de La Demajagua

Eliseo Diego, quien había leído el volumen antes de publicado, elogia “el pequeño mundo inventado, y uso la palabra inventar, que originariamente significó descubrir, porque no sé qué será más importante, si sacar a Onoloria como de la nada, o hallar que Compostela y Acosta se prolongan hasta Tiro y Jerusalén” [13].

Diez historias integran el cuaderno. Más que las acciones externas, interesa lo que sucede tras los semblantes de los protagonistas o una atmósfera común que por momentos nos parece preñada de exotismos o lienzos de otras épocas, pintados por grandes artistas que admira Collazo en algunos de sus entregas narrativas [14].

Comienza el libro con la historia de un rabino atravesando Acosta y Damas. Por ahí, por esas calles y otras del Belén habanero “cumple un rito cotidiano, extrae el silbato y se dispone a ser el venerable rabí Josué de su comunidad” [15]. En esta zona y otras aledañas se asentó una parte sustancial de los hebreos residentes en La Habana, que en 1914 erigieron una primera sinagoga, llamada Shevit Ajín, en la calle Inquisidor entre Luz y Santa Clara.

“Eliseo Diego, quien había leído el volumen antes de publicado, elogia ‘el pequeño mundo inventado, y uso la palabra inventar (…) porque no sé qué será más importante, si sacar a Onoloria como de la nada, o hallar que Compostela y Acosta se prolongan hasta Tiro y Jerusalén’”.

Quienes desconozcan los datos que anteceden, podrían suponer ficticia o más bien construcción literaria la cuota real judía, contrastada en el texto por el “balconcillo colonial con el guardavecinos pintado de verde” y las “musgosas macetas, entre las alegres begonias y los minúsculos cardos taciturnos” [16].

Otros textos nos muestran a “los pensionados que se sentaban en cajones bajo el Arco de Belén, vestidos de cuello y corbata, con zapatos de goma y gorras de marinos o peloteros y el vendedor ambulante con el sombrero desfondado y el envoltorio de baratijas bajo el brazo” [17].

Los cafés que alzan sus puertas metálicas al amanecer, los puestos de chinos colmados de hortalizas, la florería antigua, “la quincalla de la vieja Ugarda, con sus toldos de colores y sus lindos escaparates poblados de muñecos y juguetes” [18], componen un territorio donde todas las cosas tienen natural cabida.

Las viñetas de Estancias se proyectan sin remilgos desde el sitio donde nació y pasó toda su vida Collazo, un adelantado de la habanidad. Imagen: Tomada de Internet

Muy bien encajan allí, por lo altamente representativo de la comunidad judía, aquellos establecimientos que solo son visitados por apremio: “La casa de empeños de la calle Compostela era oscura y antigua, con paredes entabladas de cedro y caoba, de bellas molduras, llenas de anaqueles y vitrinas. Afuera, los dos pequeños escaparates mal alumbrados tenían algo de museo, de muestrario de reliquias” [19].

Otro préstamo, pero de nacionalidad, se observaba frecuentemente por esos lares en la primera mitad del pasado siglo; recaía en los muchos inmigrantes dueños y dependientes de los comercios, sobre todo en la calle Muralla. Resulta que a rusos y otros europeos —de origen judío— se les reconocía en La Habana Vieja como polacos. La “Historia del relojero Nasciano” recoge esa incidencia, pues a pesar de que ese señor “era armenio, todos le tenían por polaco” [20].

“Espléndida la narración precedente para cierre de este modesto homenaje a un escritor que enrumbó mi sensibilidad hacia la anchurosa tierra donde se nace, por pequeña que esta sea”.

La poetización también refuerza un sentido de pertenencia al “largo camino que constituye el ancho de una estrecha calle de La Habana”, en un sitio habitado por “esos seres extravagantes y nobles que vivían como suspendidos entre el cielo y la tierra y dormían bajo el Arco de Belén” [21].

Otra minúscula historia que tal vez pudo aparecer en el mismo volumen [22] permite que nos reinstalemos en el escenario predilecto de Collazo. Se titula “Historia del maestro y Ofelia” y fue escrito en 1972, pero publicado póstumamente. Ubica a la protagonista con pelos y señales: “En la medianía de la calle Curazao, muy apretada entre dos edificios, estaba la casita de Ofelia, con su minúscula fachada cubierta por esas enredaderas silvestres que suelen nacer en los tejados muy antiguos”.

Los párrafos siguientes nos mandan hacia el extremo este de Belén, es decir la bahía habanera, para el cuaje del lance amoroso. “¿Un amor distinto? Tal vez una manera distinta de relacionarse”, presentado gracias a un punto cardinal de asueto incluso en el período colonial: “Están juntos en un banco de piedra de la Alameda de Paula mientras a su alrededor juegan los niños” [23].

Espléndida la narración precedente para cierre de este modesto homenaje a un escritor que enrumbó mi sensibilidad hacia la anchurosa tierra donde se nace, por pequeña que esta sea. Ese mundo inmediato que Miguel Collazo pudo descubrir y avituallar para su hechura ficcional, hasta con los ojos cerrados o abiertos a la memoria. Pero cuidado, porque en cualquier momento “la calle es susceptible de transfigurarse” [24].

Nota: El autor es narrador y ensayista. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac).


Referencias:

[1] Esta colección del Instituto Cubano del Libro apareció en la década de los setenta, pero solo para la publicación de clásicos de la literatura universal. En 2023 se recupera incluyendo autores cubanos.

[2] Puede verse en solapa de cubierta de la primera edición de El viaje.

[3] El viaje, ediciones Unión, La Habana, 1968, pp. 9 y 11.

[4] Ibidem, p. 122.

[5] Para aquilatar este fenómeno puede verse el número 25 de la revista La Siempreviva, La Habana, 2017, dedicado a la literatura infantojuvenil cubana.

[6] Emilio García Montiel y Alberto Garrandés han declarado su fruición ante la lectura de Onoloria.

[7] En El submarino amarillo, ediciones Un libro para Cuba, México, p. 17.

[8] En Blasfemia del escriba, editorial Letras Cubanas, La Habana, p. 32.

[9] Miguel Collazo (edición de 2006). Estancias, p. 128.

[10] En prólogo a Onoloria y otros relatos, editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p. 12.

[11] Muy curioso resulta que entre los 43 barrios habaneros consignados hasta 1963 ninguno llevara el nombre de Belén, cuando ha sido reconocido mayormente como tal e incluso en los noventa se le otorga rango de consejo popular.

[12] El otro se encuentra en Muralla entre la Avenida del Puerto y Oficios, bajo el primer Palacio de la Cámara de Representantes y el Senado de la República, hoy sede del Consejo de la Administración Municipal de La Habana Vieja.

[13] “Collazo” (dosier), en La Gaceta de Cuba, n.2. La Habana, 2000, p. 3.

[14] Quepa recordar que Collazo inició estudios en San Alejandro y desarrolló en alguna medida su aptitud como artista de la plástica. 

[15] Miguel Collazo: Onoloria y otros relatos, editorial Letras Cubanas, La Habana, 2006, p. 54.

[16] Ibidem, p. 53.

[17] Ibidem, p. 66.

[18] Ibidem, p. 119.

[19] Ibidem, p. 79. Además, el texto menciona una carnicería y una panadería, que por su descripción se corresponden con las judías Kosher (Cuba entre Acosta y Jesús María) y Flor de Berlín (San Ignacio entre Luz y Acosta).

[20] Ibidem, p. 95.

[21] Ibidem., p. 59.

[22] En dossier póstumo dedicado a Collazo, en La Gaceta de Cuba, n. 2, 2000, se plantea la posibilidad de que ese texto haya sido suprimido de El Arco de Belén por el propio Collazo, p.4.

[23] Ídem.

[24] Ídem.