Mónika Mesa solía asociarse con el vértigo. Sus seguidores la conocen entregada a la timba, al sudor de las pistas, a esa energía que no pide permiso, sino que irrumpe. Pero Boleros Deluxe —producción de Joel Domínguez Campos bajo el sello J & M PRODUCCIONES— llega para demostrar que los artistas verdaderos no cambian de rumbo: ensanchan el mapa.

La génesis del proyecto huele a libros viejos y a cocina de abuela. Nace de una necesidad profunda por explorar su propia madurez, pero también de un acto de amor explícito: rendir tributo a un género universal y, al mismo tiempo, a la mujer que se lo cantaba en la infancia. Su abuela Tita, esa voz doméstica que nunca salió en un disco, es ahora el fantasma hermoso que recorre cada surco. La cantante lo dice sin ambages: “me desgarro completamente” en el tema dedicado a ella. Y se le cree.

No es un trabajo para consumirse entre el ruido de la ciudad. La artista recomienda otro formato: atardeceres pausados, noches de intimidad, un equipo de audio que permita apreciar los matices de la cuerda y el aliento contenido. Si se puede, añade una copa de vino y una luz tenue. La propuesta es casi un ritual: desconectar de la rutina para permitir que las canciones actúen como máquina de regresión emocional.

“La selección del repertorio obedeció a un criterio poco habitual en la industria actual: la conexión”.

La selección del repertorio obedeció a un criterio poco habitual en la industria actual: la conexión. Mónika buscaba temas que le erizaran la piel, letras que merecieran una nueva mirada, joyas del bolero clásico donde pudiera inyectar frescura sin traicionar el origen. No hubo fórmulas de mercado ni cálculos estratégicos. O al menos no en su caso. Ella habla de algo orgánico, de un equilibrio sonoro entre lo que aprendió en sus años de oficio y lo que sorbió de los grandes intérpretes que su abuela le puso en la cuna.

El resultado es un álbum que funciona como un relato cinematográfico: no son canciones sueltas, sino capítulos de una misma historia. El oyente entra a través de una invitación sutil, se deja llevar por la nostalgia y emerge, al final, con los sentimientos expuestos. La palabra “deluxe” adquiere así otro significado: el tiempo invertido en cada arreglo, la exquisitez instrumental, el valor de una pausa precisa.

Para quienes esperaban más de lo mismo, este trabajo puede resultar desconcertante. Pero Mónika no lo vive como una ruptura. Prefiere llamarlo “expansión”: la calma que llega después del baile, otra forma de enamorar, un reposo necesario en una carrera que ya lleva varios kilómetros recorridos. “Voy madurando”, dice con honestidad desarmante. Y la madurez, se sabe, no grita, susurra.

Un bolero no se escucha, se habita. Tal como propone Mónika Mesa, para adentrarse en su último álbum se necesita un atardecer pausado, una luz tenue y la disposición a un reencuentro íntimo con la nostalgia.

Esa apuesta por la sutileza ya tiene eco en la industria. Boleros Deluxe fue nominado en la Categoría de Canción de los premios Cubadisco 2026. Un reconocimiento que la intérprete recibe con humildad, pero con la certeza de haber hecho algo bien, de asumir el legado del bolero con seriedad, sin museo ni nostalgia barata, devolviéndole su condición de territorio íntimo.

En Cuba, dice Mónika, este género es parte del ADN cultural. El público isleño es exigente por naturaleza, así que la artista solo pide que reciban el material con el mismo respeto con que fue creado. Afuera, confía en que funcione como carta de presentación de una Cuba elegante, atemporal, capaz de trascender fronteras sin perder el acento.

Así que ya hay un plan perfecto para la noche: busque una silla cómoda, olvídese del móvil, ponga Boleros Deluxe y déjese hacer. No es un disco para entenderlo con la cabeza. Es para sentirlo en la nuez, ese lugar donde las canciones, cuando son verdaderas, aprietan un poco. Mónika Mesa lo ha parido desde el fondo de sus corazones —plural otra vez—, para que usted lo disfrute, lo ame, lo ría o lo llore. Donde le llegue. Ese es el sitio exacto.