El artista cubano Nelson Domínguez presentó este 20 de agosto en la Ciudad de México Amoríos del marabú, en la galería Picci Fine Arts. Premio Nacional de Artes Plásticas (2009), con más de cinco décadas de trayectoria y un centenar de exposiciones individuales en América, Europa y Asia, Domínguez no es un creador que pueda encasillarse fácilmente. Pintor, dibujante, ilustrador, escultor, grabador y ceramista, su obra dialoga con la tradición de la modernidad cubana mientras explora caminos propios.

Para Domínguez la infancia no es un recuerdo lejano ni una anécdota biográfica: es el sustrato de todo lo que vendrá. Creció en el campo santiaguero, en Baire, con una libertad que hoy parece difícil de imaginar. Correr desnudo bajo la lluvia, deslizarse por lagos en las montañas, montar a caballo al pelo, bañarse en el río y pensar que existían los güijes… Esa capacidad de soñar con brujas que chocaban contra la antena de zinc de la casa, fue conformando toda la imaginería que posteriormente sale convertida en una obra.

Amoríos del marabú no es una exhibición para mirar, sino para habitar”.

El artista no sabe siempre por qué pinta lo que pinta, pero sabe que las respuestas están en ese archivo imaginario de la niñez. Porque toda la información que nutre al artista no viene solamente de sus elucubraciones personales, sino de sensaciones recibidas, de hechos que sucedieron y que a veces no nos damos cuenta de que quedaron grabados.

Uno de los rasgos más reconocibles de la obra de Domínguez es esa fuerza telúrica, esa densidad que remite al mundo africano y a la tradición campesina. La profunda influencia que recibiera de aquella infancia en la finca de su padre, donde recogían café alrededor de veinte haitianos. De sus fiestas vudú en los cafetales. Esas imágenes, aunque sin quererlo, pasaron por él visualmente y conformaron un retrato que quedó grabado.

“Para Domínguez la infancia no es un recuerdo lejano ni una anécdota biográfica: es el sustrato de todo lo que vendrá”.

Es la paradoja del artista: lo que parece periférico se vuelve central. Lo que no se buscaba se convierte en origen. Domínguez no tiene ascendencia africana —que él sepa— pero el mundo africano está en su pintura como una memoria heredada, como un eco de aquellas fiestas que vio de niño. Esa memoria, aunque inconsciente, se filtra en los personajes, en las celebraciones, en la espiritualidad que atraviesa Amoríos del marabú.

Amoríos del marabú en México

Amoríos del marabú es la exposición que Domínguez presenta en la Ciudad de México. Reúne alrededor de dieciocho pinturas realizadas entre 2023 y 2026 en las que recupera los temas y motivos que han definido su producción: personajes, animales, frutos, paisajes y escenas de la vida rural cubana. Memoria, espiritualidad y cotidianidad se entrelazan en un universo visual poblado por familias, parejas, celebraciones y labores diarias, con referencias a la religiosidad afrocubana y la iconografía de la isla.

Su pintura oscila entre la figuración y la síntesis expresiva. El dibujo estructura las composiciones, mientras una paleta dominada por tonos oscuros cobra intensidad con destellos de rojo, amarillo y verde. El artista, además, experimenta con los materiales incorporando texturas obtenidas a partir de la goma de neumáticos, lo que añade una dimensión táctil a su obra.

La muestra Amoríos del marabú es como un viaje poético y sensorial a la Cuba profunda de la infancia de Nelson Domínguez, donde no se limita a mostrar las tradiciones campesinas, sino que las evoca a través de una memoria teñida de sensualidad, ternura y cotidianidad. Se destaca la capacidad del pintor para convertir el paisaje rural —con sus marabúes, lluvias, plantaciones y noches iluminadas por faroles— en el escenario de historias de amor, deseo y mitología, donde las figuras humanas se fusionan con el entorno en atmósferas que alternan lo onírico, donde la frontera entre lo real y lo soñado se vuelve tan frágil que uno no sabe si está viendo un paisaje o un estado mental, como en Alucinaciones de platanal, erotismo contenido pero intenso, de cuerpos que se buscan y se funden con la tierra, con la lluvia, con la noche, Pareja de tres, El rapto de Cumanayagua bajo nube negra, lo ritual y lo sagrado irrumpen con una fuerza que remite a las fiestas vudú de los haitianos que el artista vio en la finca de su padre, Máscaras.

Amoríos del marabú es como un viaje poético y sensorial a la Cuba profunda de la infancia de Nelson Domínguez”.

Destacan en su pintura la riqueza cromática y el movimiento. Domínguez es un artista que domina los contrastes. Reconozco en su pintura la influencia de referentes imprescindibles como Wifredo Lam, en diálogo con esa tradición de la modernidad cubana que él mismo reivindica. Lejos de caer en la nostalgia —ese peligro tan común cuando se evoca un mundo que ya no existe— logra un vuelo lírico que convierte cada obra en un fragmento de memoria compartida. Los símbolos que atraviesan la exposición —el buque nupcial, los paraguas, el caracol marino— tejen un universo íntimo y universal a la vez. Son objetos personales que se vuelven emblemas colectivos, y eso, para mí, es la marca de un gran artista.

Amoríos del marabú no es una exhibición para mirar, sino para habitar. Es una invitación a sumergirse en las aguas profundas de una memoria que, siendo la del artista, de alguna manera termina siendo la nuestra. Y eso, al final, es lo que hace que una obra trascienda su tiempo y su lugar.