En el Evangelio de Juan leemos un episodio que no aparece en los otros tres canónicos y es el pasaje de la incredulidad del apóstol Tomás. Cuando le anuncian la Resurrección de Cristo, Tomás piensa que sin verificación del milagro no existe el milagro. Por eso pide ver la señal de los clavos en las manos y aún más: necesita introducir su dedo en los agujeros y en la herida que, en el costado del cuerpo, abrió la lanza romana el día de la crucifixión. Solo así —sin importar los tantos milagros presenciados— Tomás creerá. Días después, Jesús, en una nueva aparición, le ofrece a Tomás introducir los dedos en sus heridas, pero “no seas incrédulo, sino fiel”, le dice. El Evangelio de Juan incluye la respuesta confirmatoria de fe de Tomás, aunque sin decirnos si llegó a comprobar o no la veracidad de las llagas infligidas al cuerpo. Y también lo que Jesús añadió: “Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados los que no vieron y creyeron”. Siglos después este pasaje bíblico motivó las interpretaciones de pintores como Andrea del Verrocchio, Rembrandt, Matthias Stom, Abraham Janssens y Rubens, aunque desde los primeros siglos de la cristiandad fue representado de diferentes formas. Pero fue el infortunado Michelangelo Merisi da Caravaggio —el milanés que con el uso dramático del claroscuro abrió las puertas al barroco— quien realizó, entre 1601 y 1602, la representación más conocida de aquel “ver para creer”: “La incredulidad de Santo Tomás”.

Poco más de 400 años después de que Caravaggio aplicara la última capa de barniz a su lienzo, que hoy cuelga en el palacio de Sanssouci, en Potsdam, Robert Ráez y el equipo creativo de Ediciones La Luz parten de esta obra para articular los engranajes conceptuales de la campaña de promoción del libro y la lectura 2026 “Aquí se escucha La Luz”.

“Si bien la campaña parte de una pintura que, a su vez, se inspira en varios versículos del Nuevo Testamento, Ráez utiliza solo elementos precisos, distintivos (…)”.

Ráez no se enfoca en los cuatro personajes de un cuadro carente de entorno y accesorios; sino le interesan los dos protagonistas: Jesús y el discípulo incrédulo. Y lo hace reconfigurándolos… Su obra como diseñador parte de las consabidas y necesarias consideraciones funcionales, estéticas y simbólicas del diseño gráfico, pero aflora (como si hubiera abierto los ojos al Aleph borgeano y “visto”) a un cosmos de citas, apropiaciones e ironías, de rejuegos semióticos, disoluciones y deconstrucciones; y de un elemento que es condición base de la cultura contemporánea y de su post-postmodernidad: la residualidad, con la que da forma a las estructuras y alimenta un capital simbólico intertextual, lúdico y original, en el que todo confluye y añade nuevas lecturas.

Nada aquí está incorporado al azar (y en eso también radica la complejidad de un trabajo con referentes en la tradición gráfica del siglo pasado en Europa, Estados Unidos y en la propia Cuba). Hay premeditación y necesidad de “lectores activos”, aunque sabemos que todo texto está escrito por “infinitos lectores” que aportan sus propias pistas. Si bien la campaña parte de una pintura que, a su vez, se inspira en varios versículos del Nuevo Testamento, Ráez utiliza solo elementos precisos, distintivos; incluso separa más a Jesús y a Tomás; y centra la atención en la mano derecha del santo, firmemente guiada por la de Cristo, mientras el escéptico palpa la herida con el dedo índice.

“Si en el Cristo de Caravaggio no hay aureola, en el caracol de Ráez sí hay una especie de halo”.

Dos elementos más son de subrayado interés en esta mirada abierta a una “obra abierta” y vienen a estar sugeridos por uno más específico: la dedicatoria de la campaña al aniversario 90 de la CMKO Radio Angulo y a los 40 años de la Asociación Hermanos Saíz. Esto hace que se añadan referencias al universo radial, estableciendo un arco desde inicios del primer milenio de nuestra era a la contemporaneidad (o al menos a las primeras transmisiones radiofónicas, los inventos de Marconi y la radio comercial). Si en “La incredulidad de Santo Tomás” vemos el rostro de un Cristo humano, que carece de halo o cualquier otro signo de divinidad, Ráez coloca un caracol marino que, en su sencillez primigenia, nos permita “escuchar” las formas de La Luz. De sus cavidades se desprenden posibles mundos y galaxias, como ondas de radio en el éter. Si en el Cristo de Caravaggio no hay aureola, en el caracol de Ráez sí hay una especie de halo. Y algo más que nos subraya que nada es aquí casual: el caracol en el cristianismo primitivo estuvo asociado a la Resurrección de Cristo y también a una vida interior “retirada en Dios”.

Por otra parte, Santo Tomás lleva en su otra mano un “elemento radial”: el amplificador o bocina de un gramófono, pero está roto, partido. Quizá muestra de su incredulidad. Y si vamos a la raíz etimológica, la palabra viene del griego “gramma” (escritura) y “fono” (sonido); y justamente la dualidad escritura y sonido articulan esta campaña que suma al discurso carretes de cintas magnéticas de antiguos equipos de reproducción y grabación.

Por si fuera poco, el observador minucioso (y curioso) podrá leer en la cabeza de Tomás la frase latina “sola fide” (“solo por la fe”), que nos devuelve no al cuadro de Caravaggio, sino al texto bíblico o más bien —pues solo hay una mención en el libro de Santiago— a la doctrina teológica de la justificación por la fe sola del alemán Martín Lutero y la Reforma protestante. Aquí la frase (sabemos que todo es forma y todo es contenido) nos subraya que muchas veces se hacen libros solo por la fe; por la fe en la literatura y en el libro se realizan también campañas como esta. Todo el esfuerzo en circunstancias adversas requiere de la fe que el libro en manos y oídos del lector puede darnos.

“La calidez del rojo (…) y el amarillo, junto con la absorción de todos los colores que es el negro, sostienen cromáticamente una campaña que ‘mezcla’ en un producto comunicativo y artístico, lo mismo versículos del Evangelio de San Juan y un cuadro de Caravaggio”.

La calidez del rojo (asociado a las llagas de Cristo) y el amarillo, junto con la absorción de todos los colores que es el negro, sostienen cromáticamente una campaña que “mezcla” en un producto comunicativo y artístico, lo mismo versículos del Evangelio de San Juan y un cuadro de Caravaggio, que un trozo de la Reforma protestante y ese vuelco a la modernidad que es la radio. El equipo creativo de La Luz sabe de empeños así de arduos y gratificantes, capaces de establecer diálogos y escapar de fórmulas efectistas.

Como esta es una obra abierta, que acepta (y se resiste) a otras interpretaciones, regreso al singular Evangelio de Juan. Y es que este, en su prólogo, habla del Logos: “…en el principio era el Logos y el Logos era con Dios y el Logos era Dios”. El vocablo Logos puede traducirse como habla, palabra, discurso y en latín como Verbo. Mucho hay de palabra, de habla, de discurso y de verbo en la literatura y en la radio. Ediciones La Luz sabe, desde hace mucho, de esas andanzas fecundas que en 2026 cristalizarán en nuevos proyectos pensados desde la lectura inclusiva y en particular, desde la creación de audiolibros.

Ediciones La Luz, como Borges, a quien tendremos especialmente cerca el próximo año, sabe que “las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”. Al “sola fide” latino añadimos el “no seas incrédulo, sino fiel” bíblico: nada mejor que la fe y la fidelidad al libro y a la literatura para construir juntos esta memoria compartida que desde hoy —cuando lanzamos esta nueva campaña con sus signos abiertos a la interpretación y a las palabras— comienza a quebrar las tinieblas con los sonidos de la luz.

* Palabras de presentación de la campaña de promoción del libro y la lectura 2026 “Aquí se escucha La Luz” de Ediciones La Luz, sello de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín.