La más reciente visita de Rafael Acosta de Arriba al escarpado farallón donde Carlos Manuel de Céspedes cayó combatiendo contra tropas españolas, el pasado 27 de febrero de 2025, cuando se cumplían 151 años de la muerte del héroe, lo motivó a pensar en una nueva impresión de su libro Los silencios quebrados de San Lorenzo, cuya primera entrega ocurrió en el ya lejano 1998. Se trata de un regreso sobre el texto original, que recoge casi una treintena de artículos, ensayos y valoraciones en la versión actual, divididos en aspectos biográficos, estudios ideológicos, su participación en la etapa bélica, las circunstancias de la caída en San Lorenzo y su presencia en obras literarias y cinematográficas. Sobre el proceso de sucesivas ampliaciones editoriales su autor ha señalado: «He visto, pues, crecer gradualmente el libro, crecimiento en contenido y en saberes acumulados, crecimiento en la madurez de las reflexiones sobre el hombre y sus circunstancias históricas. Las opiniones que aquí se recogen, cada una de ellas, han representado para mi motivo de satisfacción y estímulo a lo largo del tiempo, fundamentalmente porque ellas expresan, de alguna manera, que el libro ha cumplido su propósito principal: promover el conocimiento de un hombre decisivo en nuestra historia patria».

Los que conocemos la pasión cespedista de Rafael sabemos que nada humano le es ajeno del prócer del diez de octubre, al que ha estudiado de manera meticulosa y paciente durante más de cuarenta años, contando con el magisterio inicial de los rigurosos historiadores Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo, y con la generosa amistad del otro apasionado defensor de la figura de Céspedes, el Dr. Eusebio Leal Spengler. En este largo camino de aprendizajes, Rafael ha logrado producir lo que pudiéramos llamar, parafraseando a Umberto Eco y Roland Barthes, una obra abierta o libro en movimiento, en cuya escritura podemos seguir las obsesiones del autor, revisitadas y ampliadas con nuevas búsquedas y hallazgos, y acompañar el proceso mediante el cual autor y lector terminan compartiendo un espacio común de reinterpretación activa del texto.

Las obras abiertas pueden y deben ser múltiples en sus acercamientos, rechazan cualquier estructura estática, promueven la pluralidad simbólica y estética de sus argumentos y la proliferación de novedosos puntos de vista y perspectivas de análisis. Las obras abiertas, por último, también son libros  que marcan momentos de inflexión en el asunto que tratan, su aparición significa un antes y un después en el objeto reflexivo que analizan, y devienen clásicos de sus respectivas materias. No dudo en afirmar que no existe en este siglo ninguna investigación sobre Céspedes que supere en audacia historiográfica y sensibilidad artística a Los silencios quebrados de San Lorenzo. El secreto está quizás en la formación humanista de Rafael, versado en conocimientos científicos y letrados, cuya notoria erudición alcanza campos intelectuales tan diversos como la matemática, el ajedrez, la poesía, el ensayo, la biografía, la crítica de arte, la fotografía y desde luego la historia. Solamente una suma de saberes de este calibre es lo que le permite acercarse con solvencia epistemológica a una figura tan caleidoscópica como Céspedes, intelectual de primera línea de su clase social en la Cuba de la segunda mitad del siglo XIX, y dueño también de múltiples talentos como hombre de acción y de pensamiento.

“Los que conocemos la pasión cespedista de Rafael sabemos que nada humano le es ajeno del prócer del diez de octubre…”

Una cuestión muy atrayente de los textos de Rafael, tanto los ya conocidos como los más recientes, es su decidida vocación ensayística. Es decir, la pluma del historiador no pretende fijar verdades absolutas y mucho menos proponer conclusiones definitivas. Su redacción se mueve en el texto de manera nerviosa, detectivesca, cotejando distintas fuentes y contrapuestas posibilidades de análisis, y luego de justipreciar y meditar sobre el conjunto se lanza a ofrecer sus valoraciones personales, dejando margen al lector para coincidir o no con el desenlace explicativo. Otra cualidad característica de sus contenidos es que están escritos con voluntad de estilo literaria, utilizan los recursos retóricos del narrador consciente de que, además de trasladar información sobre hechos o personas, es necesario también hacerlo de manera estéticamente bella.

En esta quinta edición aparecen varios textos nuevos, a los que me referiré brevemente en los aspectos que considero esenciales y más trascendentes. Iniciaré por el que aborda la impronta de Céspedes en la diplomacia mambisa durante los primeros años de la Guerra Grande. Aquí quedan demostradas varias tesis incontrovertibles, entre ellas es de suma importancia el decidido rechazo de Céspedes a la idea de anexar la joven república a los Estados Unidos, argumento que había aparecido de manera ocasional en el campo mambí en situaciones límites de sobrevivencia política. Al mismo tiempo fue capaz de entender de manera cabal la actitud aviesa y deletérea de los políticos norteños con relación a Cuba, y forjó dentro de sus posibilidades y experiencia un frente diplomático profesional en las naciones latinoamericanas, que resultó capaz de que se reconociera la beligerancia del estado insurgente y pudieran prestarle apoyo en la arena internacional. Otra idea que considero cardinal es que no deben echarse sobre Céspedes culpas que no le pertenecen en las turbulentas acciones desplegadas por los distintos grupos de emigrados, enfrentados entre sí, más allá de reconocer el error del nombramiento de su cuñado Manuel de Quesada, cuya errático desempeño era por otra parte impredecible. Otro acierto de este ensayo es entregarnos un Céspedes continuador en la práctica de la doctrina bolivariana de solidaridad continental y su amargo desengaño de la primera república española, liberal en la península y enemiga mortal de la independencia de Cuba.

Esta última cuestión me da pie para entrar en otro de los trabajos de mayor calado en este nuevo libro. Me refiero a la minuciosa pesquisa que realiza Rafael en torno a las relaciones de Céspedes con el militar y político español Juan Prim. Este es un asunto que los biógrafos del bayamés habían tratado con bastante superficialidad, con afirmaciones que se repetían de un autor a otro sin mencionar las fuentes originales de sus alegatos. La cuestión plantea dos escenarios históricos posibles, uno en los días estudiantiles de Céspedes en Cataluña, donde formó parte de las milicias ciudadanas en las revueltas de la década de 1840, y el otro en los prolegómenos de la revolución gloriosa en España y el alzamiento independentista en Demajagua. Del primero existen variados testimonios, comenzando por el propio Céspedes, y no tendría mayor importancia que el de haber propiciado el encuentro amistoso de ambos políticos en su juventud. El segundo reviste mayor relevancia, toda vez que se especula pudo existir alguna inteligencia secreta entre ambos para que, una vez proclamada la república en España, esta auxiliara los esfuerzos libertadores de los cubanos. Como en una novela de intrigas, Rafael ha tenido la paciencia de revisar con minuciosidad cada versión publicada y exponer sus puntos débiles y contradicciones, algunas con visos novelescos como las que relatan Emeterio Santovenia y José Guell y Renté, hasta llegar a la conclusión, siempre provisional hasta que se demuestre lo contrario, de que no existen elementos probatorios sólidos que permitan dar como cierto el referido pacto entre Céspedes y Prim, más allá de las gestiones realizadas por este último antes de su prematura muerte para encontrar una salida negociada del conflicto cubano.

“…el libro ha cumplido su propósito principal: promover el conocimiento de un hombre decisivo en nuestra historia patria”.

Otro de los ensayos capitales de esta edición nos remite a la recepción de la figura y el pensamiento de Céspedes en la obra de José Martí. Sabemos por cartas y testimonios diversos que Martí tenía el proyecto de escribir una semblanza biográfica del héroe de San Lorenzo, con la noble intención de entender su accionar y defender su legado ante la posteridad, para lo cual acudió a testigos directos de la epopeya y colaboradores de Céspedes en busca de información de primera mano. Lamentablemente, el organizador de la revolución del 95, quien se sabía continuador de Céspedes y compartía con aquel no pocas semejanzas en angustias políticas y dramas personales, no tuvo conocimiento de sus escritos y por lo tanto de su ideología más profunda, liberal y republicana. Aun así, como demuestra Rafael, en varios fragmentos de su obra poética, epistolar y discursiva Martí dejó pruebas ejemplares de admiración por la grandeza moral de Céspedes, ponderó sus virtudes como líder revolucionario, valoró sus aciertos como muy superiores a sus yerros y  entendió que, tanto en su caso como en el de Agramonte, los dos titanes de mayor trascendencia en aquella gesta, se trataba de símbolos sagrados del patriotismo cubano. Ello le permite afirmar, con plena convicción, que: «fue José Martí el principal cespedista que ha habido en la historia cubana».

Precisamente basado en el texto martiano sobre Céspedes y Agramonte se estructuran algunos de los nudos dramáticos que Rigoberto López coloca en la trama de ficción de su película póstuma El Mayor. Siendo el paralelismo entre ambos tan notorio y sus desavenencias tan dramáticas, es lógico que Céspedes ocupara un lugar destacado en la biografía fílmica de Agramonte. Al margen de cuestiones técnicas de la puesta en escena y fallas del guión cinematográfico, Rafael observa que el tratamiento de Céspedes en la película resulta en general fiel a lo conocido y auténtico del personaje histórico. Nos dice que quizás algunos parlamentos pudieron quedar expresados de manera más natural, pero es inobjetable que el desempeño del actor Rafael Lahera supera en rigor y experiencia al bisoño intérprete de Agramonte. Como un incentivo para los espectadores de la película, el ensayista recorre momentos paradigmáticos en las relaciones de ambos próceres, explica el origen de sus discordias y las razones que asistían a cada uno, con sus virtudes y defectos, que en algunos casos más que rencillas particulares expresaban antiguas diferencias ideológicas y rivalidades regionales. Al final su valoración de la película El Mayor como propuesta estética es satisfactoria, al mostrar por primera vez la figura de Céspedes en una película cubana de ficción, abordar de manera desprejuiciada los conflictos en las filas mambisas, antes y después de la asamblea de Guáimaro, y es respetuosa de la verdad histórica en el momento decisivo en que se estaba gestando la nación cubana en sus esencias más hondas y contradictorias. 

“…creo que nadie puede dudar que saldrá de la inspiración y el fervor de Rafael Acosta de Arriba la semblanza definitiva y cabal de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria cubana”.

Otros pasajes de menor extensión poseen un tono más personal e intimista, aunque también resultan reveladores de ángulos novedosos en el tratamiento de la figura de Céspedes. Desde una reflexión introspectiva de gran densidad humana el ensayista reconstruye su relación personal con el lugar del martirio cespedista, San Lorenzo, cuyo silencio le resulta tan significativo, poético y estimulante y donde realiza un homenaje a otro destacado historiador republicano, el mambí de las letras Gerardo Castellanos; realza asimismo el simbolismo de las escarapelas mambisas, tan especiales en el caso de la relación alegórica entre Céspedes y Martí y su donativo personal de una de estas insignias, que fue entregada por Céspedes a su bisabuelo Cayetano Acosta Nariño, uno de sus ayudantes, y hoy atesora el museo de Bayamo, y del mismo modo ofrece nuevos datos procedentes de los archivos militares españoles relacionados con la muerte del héroe, las múltiples heridas recibidas, entre ellas una de arma blanca en la cabeza, su identificación, enterramiento y la exhumación de sus restos mortales años más tarde, gracias al celo de personas como Calixto Acosta Nariño, alias Leónidas Raquin, quien dejó una vívida estampa de aquel dramático instante, realizado en secreto en noche de tormenta.

Termino esta rápida presentación recordando una promesa que ya Rafael nos había ofrecido en el prólogo de la cuarta edición, fechado en febrero de 2022. Allí leemos: «Creo que ya va siendo el momento de que comience a escribir la biografía de Carlos Manuel de Céspedes». Tres años más tarde, en el exordio de junio de 2025 a la presente entrega, nos reitera el compromiso: «He visto crecer con mucha satisfacción Los silencios…, mi homenaje personal al Padre de la Patria. Este es un libro que, como ningún otro en el panorama de la literatura sobre nuestras guerras de independencia, se centra en su figura fundadora. Lo próximo a acometer será el proyecto mayor: la redacción de la biografía del héroe». Si Martí tuvo en Jorge Mañach, Manuel Isidro Méndez y Cintio Vitier a biógrafos insuperables, si Maceo encontró en la pluma de José Luciano Franco, Eduardo Torres Cuevas y Olga Portuondo a exégetas de nombradía intelectual, creo que nadie puede dudar que saldrá de la inspiración y el fervor de Rafael Acosta de Arriba la semblanza definitiva y cabal de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria cubana.

*Al término de la presentación de Los silencios quebrados de San Lorenzo, la Oficina del Historiador de la Ciudad procedió a otorgar el nombre del Padre de la Patria al salón de conferencias de la Casa Eusebio Leal ─inmueble donde radicó la última oficina del Historiador de La Habana─ y donde existe un cuadro de gran formato de Céspedes.