El ceramista y pintor cubano Fernando Velázquez Vigil hubiera cumplido el pasado 13 de mayo 76 años. No estar presente físicamente desde 2002 nos ha privado de apreciar muchas más obras que evidencian su talento y sensibilidad, así como su entereza para vivir aunque la poliomelitis haya aquejado su cuerpo siendo pequeño.
Afortunadamente, y es lo que hacen los grandes de este mundo, Velázquez Vigil dejó un legado fabuloso que, como debe ser, su familia atesora. En coincidencia con ese onomástico que lo trae de vuelta desde el recuerdo, el Museo de Cerámica Contemporánea de Cuba acogió la inauguración de Más espíritu que materia, una iniciativa que muestra 50 obras y un catálogo, a través del cual se rescata la memoria de un artista que convirtió el dolor en formas y volúmenes.
La exposición estará abierta al público hasta el 31 de agosto, y reúne más de 50 obras representativas de su producción cerámica y pictórica, seleccionadas del archivo familiar que atesora más de 300 piezas.

El proyecto es un homenaje de la familia Velázquez al legado del artista, liderado por su hijo David Velázquez, también reconocido ceramista, quien junto a la familia ha conservado la obra de Fernando durante más de dos décadas. También se incluyen piezas paradigmáticas del artista que pertenecen a la Colección del Museo de Cerámica Contemporánea de Cuba.
“La suerte de contar con un padre cargado de una sensibilidad peculiar e insuperable me convirtió en un hombre muy dichoso, y sobre todo agradecido. Velázquez Vigil sentía un inmenso placer en lo que hacía, era indudablemente un guerrero en su propio campo de batalla. ¿Quién dijo que el ángel se ha ido?”, expresó David, quien compartió la curaduría de la muestra con Isabel María Pérez Pérez.
Por primera vez, revela la también periodista y editora, el público podrá acceder a una selección de la Colección de la Familia Velázquez, que incluye piezas nunca antes expuestas. El libro que acompaña la muestra documenta la totalidad del archivo familiar, fruto de un trabajo de catalogación que ha durado años.

“Recordemos que Velázquez Vigil fue un indagador incansable de los límites de la cerámica. Sus piezas transitan entre lo vasijero y lo escultórico, con un dominio de esmaltes, temperaturas y texturas que lo convierten en un referente de la experimentación cerámica en Cuba.
“Su obra no elige entre el mensaje y la forma. Cada pieza es una síntesis donde el significado −el dolor, la memoria, el cuerpo− se encarna en la materia con una potencia inusitada. Pintura y cerámica dialogan en su trabajo sin jerarquías”.
Agrega la especialista que no podemos olvidar que Velázquez introdujo en la cerámica cubana asuntos hasta entonces poco explorados como la enfermedad, la fragilidad del cuerpo, la exclusión social, la resistencia. Sus figuras estilizadas, sus osamentas y sus cuerpos incompletos abrieron caminos temáticos que otros artistas transitarían después».
Luego de padecer la enfermedad, Velázquez pasó diez años recluido en el Hogar Clínica San Rafael. Allí, con acuarelas que le obsequiaron, comenzó a dibujar lo que veía y soñaba. Su obra es un testimonio de cómo la creatividad puede erigirse como herramienta de resistencia y redención.
Por eso vale la pena, además de apreciar su obra concreta, ofrecer un un libro que es también un archivo, comentó Pérez Pérez.
“Reúne la catalogación completa de la Colección de la Familia Velázquez, junto a frases y reflexiones del artista encontradas entre sus apuntes y notas personales. También breves testimonios de sus hijos, textos históricos de críticos cubanos que vieron trabajar al artista en las décadas de 1980 y 1990, junto a otros producidos exclusivamente para esta iniciativa editorial”.

En adición el volumen presenta un texto curatorial que recorre los núcleos temáticos de la obra de Velázquez. El libro se presentó durante la inauguración de la exposición y estará disponible en la tienda del Museo.
Velázquez Vigil fue miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y fundador de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas. Realizó once exposiciones personales en Cuba, México, Argentina y España, y participó en numerosas colectivas, entre ellas el Concurso Internacional de Cerámica, en Faenza, Italia. Fue jurado en varias ediciones de la Bienal de Cerámica “Domingo Ravenet”.
Entre los Premios y distinciones más destacados figuran: Premio en el Salón de la Uneac (1990) y Gran Premio René Portocarrero (1990) por la obra “La Huella del tiempo”; Premio Nacional en la II Feria de la Cerámica (Isla de la Juventud, 1983) con “Fósil de flora y fauna”; Premio en la I Bienal de Cerámica de Pequeño Formato “Amelia Peláez” (1989) con “Problemática de la poesía” y Primera mención en el VIII Salón Juvenil de Artes Plásticas (1980) con “Mamut”. Su obra formó parte de colecciones institucionales como el Museo de Cerámica Contemporánea de Cuba.

