Parecía un seudónimo artístico, su combinación de nombre y apellidos no se podían separar, resultaba tan eufónica como un cascabel: Rafaela Chacón Nardi. Algo tenía de mito y de grandeza, de linaje antiguo, de poder escondido. Me ha sorprendido el centenario de su natalicio, recuerdo como si fuera ahora, cuando tuve su libro Martí: momentos importantes (Editorial Gente Nueva, 1984). Siempre me han sugestionado los títulos, y este prometía despejar la selva, sumergirme en un Martí esencial, en sus fechas definitivas.

Ser maestro es lo más hermoso del mundo, pero se necesita una vocación de servicio inconmovible. Fue la primera Rafaela en la que reparé, en la maestra; tal vez la imaginé, la construí, la idealicé a imagen y semejanza de mi madre.

La Mistral, la chilena augusta, resultó lapidaria —como solía ser ella— al comentar en una carta, el primer libro de la cubana: “Su calidad y su feminidad me han prendido de él”, escribió. Se ha dicho mucho, pero el prenderse no acabó ahí; la nombraría “Rafaela de Cuba”, un bautizo extraordinario que le acompañó la vida entera. He leído alguna vez que aquella declaración inesperada, de la primera Nobel latinoamericana, atormentó a la escritora en ciernes. Fue como llevar a cuestas un fardo: luminoso, sí; pero difícil de asumir en todo su peso, por una chica veinteañera.

“Fui buscándola, poco a poco, y fui encontrándola. De un proyecto en otro, rodeada de niños, de artes plásticas, de sonrisas, y por supuesto, de libros”.

Fui buscándola, poco a poco, y fui encontrándola. De un proyecto en otro, rodeada de niños, de artes plásticas, de sonrisas, y por supuesto, de libros. Era una época de abundante papel, de volúmenes que costaban centavos, de muchos ejemplares. Yo me había detenido en una colección de libros de pequeño formato, que bajo el acápite de “Mínima poesía”, te abría a las páginas de los autores más notables de la lírica cubana. Los perseguía, escudriñaba en cualquier librería.

Una tarde, en un golpe de suerte, me hice de tres títulos que han tenido un lugar especial en mi biblioteca: Cantos breves de Jesús Orta Ruiz —y aquella su Boda profunda, que asomaba a otro Indio Naborí, desolado, de encaje vivo, de vena rota, ante la muerte de un hijo—, “Por esta Libertad” de Fayad Jamís y “Del silencio y las voces” de Rafaela Chacón Nardi. Allí estaban fusionadas la maestra y la poeta, cantándoles en una misma voz a Manuel Ascunce y a Conrado Benítez, mártires de la Alfabetización, segados en la flor:

Conrado era maestro en la montaña
Qué firme allí su escuela,
su escuela levantada allí en la entraña (…)
rebelde espiga, sangre combatiente.
su sueño adolescente,
su fervor necesario
lo quebraron con oro maldecido
con puñales de miedo (…)

Con su lámpara ardiente (…)
Manuel estaba allí, Manuel Ascunce.
en una mano el lápiz inocente,
en la otra, la cartilla,
y el recuerdo tremendo de Conrado
quemándole la frente (…)

Conrado, el joven negro…
Manuel, el niño blanco
de parejo valor y dura suerte (…)
en el aire de llanto estremecido,
eternos como el fuego,
vivos,
invulnerables al odio y a la muerte.

(Homenaje a Conrado y a Manuel, Rafaela Chacón Nardi)

Ese sería el poema que me llevaría a ella. El destino te pone los caminos necesarios y cuando menos lo esperas, te asalta, te reordena. Así que, un día de 1995, cuando habían pasado tantos libros y autores delante de mí, se apareció Rafaela de Cuba. En la Biblioteca Elvira Cape, en el majestuoso edificio proyectado por el arquitecto Rodulfo Ibarra, otrora Centro Social de la Colonia Española. En la calle donde nació Heredia, en el mismísimo corazón de Santiago de Cuba.

El encuentro

¿Qué esperas, en verdad, cuando conoces a una persona largamente anhelada? ¿Cómo evocar el día? Ya estaba hablando cuando pude llegar, cuando vives en las márgenes tienes que remar a contracorriente. Me senté en la última fila, atento, despejado, y dejé que la poesía me sumergiera en ella.

Cuando le mostré Del silencio y las voces (Letras Cubanas, 1978), la pregunta saltó instantánea: ¿cómo conservas un libro publicado hace tanto tiempo? Imagen: Cortesía del autor

Rafaela Chacón Nardi (24 de febrero de 1926-11 de marzo de 2001) exhibía unas marcas en el rostro que luego supe, de sus propios labios, que resultaban secuelas de una reciente caída. Los ojos asomaban, escondidos, intensos, tras sus lentes. De todo cuanto dijo, de sus historias y pasiones, me he guardado una voz profundamente humana, que temblaría un instante, mientras desgranaba su soneto dedicado a la ciudad:

Qué aroma tan frutal tu fino aroma,
qué derramada luz, qué azul tan puro.
Como la gracia de lo añejo asoma
por piedra y plaza y ventanal y muro.

Cómo te abraza el mar, cómo ya toma
desde el cabello al pie, tu cuerpo oscuro.
Cómo furor y viento por ti doma
de tu belleza y de tu amor seguro.
Y el aire tan de fiesta que te invade!
y esos montes, en plena cercanía,
desde el azul variables hasta el jade.

Trópico al fin, primor para el halago,
solar, lunar, perfecta en tu alegría,
rebelde en mar y seno. Oh, Santiago.

(Santiago, Rafaela Chacón Nardi)

Y el asombro se deslizó en la pequeña hoja, con la celosa caligrafía de una maestra. Imagen: Cortesía del autor

Esperé con paciencia en el vestíbulo, todos tenían algo que decirle. Cuando le mostré Del silencio y las voces (Letras Cubanas, 1978), la pregunta saltó instantánea: ¿cómo conservas un libro publicado hace tanto tiempo? Y el asombro se deslizó en la pequeña hoja, con la celosa caligrafía de una maestra. A trazos, en heroico resumen, logré decirle mi impresión sobre su poesía, la elegía a Conrado y a Manuel, los recuerdos de mi madre alfabetizadora.

“El libro no me alcanzó”, le dije… y le mostré un recorte de periódico que había pegado en la última página, la 36, justo detrás del índice. Era un poema suyo dedicado a nuestra prima ballerina assoluta,en una de sus interpretaciones más notables. Entonces, dejó correr los dedos por mi cabello, con ternura, con gracia. Y leyó los cuartetos y tercetos solo para mí, como escapada de sus propios versos:

“Carmen es el amor sin compromiso:/ flor voluptuosa que se entrega al viento”. Rafaela Chacón Nardi sobre la célebre interpretación de Alicia Alonso. Imagen: Tomada de Cubarte

Carmen es el amor sin compromiso:
flor voluptuosa que se entrega al viento.
Es vórtice insaciable y es tormento
que al corazón envuelve en raro hechizo.

Alicia en Carmen va del paraíso
a la cautividad de un sentimiento
que la consume en llama y movimiento
y le hace odiar lo que hasta ayer más quiso.

Es el reverso de Giselle… Alicia
su sangre ha transformado aquí en lujuria,
en violencia carnal, en cruel delicia.

Y aunque la muerte a Carmen bien parece
quebrarla —al fin— con su puñal de furia,
por Alicia revive y amanece,

(Alicia en Carmen, Rafaela Chacón Nardi. Granma, 9 de agosto de 1984)