Si le preguntas a Annys Batista cuál canción consideraría emblemática para entender Locuras, ella dudará. No es evasión. Tampoco falsa modestia. Es honestidad pura. La intérprete lo advierte con una sonrisa que casi se puede escuchar detrás de la grabación: “Una pregunta muy difícil”. Porque este disco —producción compartida entre ella y Rolando Luna, bajo el sello PÁFATA— no se sostiene en un único pilar. Su arquitectura funciona como una puerta giratoria y cada tema es una entrada distinta al mismo edificio sonoro. “Alfonsina” es esa primera llave que abre el candado. A partir de ahí, advierte Annys, “va sucediendo toda esa historia musical, todos esos caminos”. Y vaya que los hay.

El fonograma nació de un reencuentro casual pero extraordinariamente fértil. Corría enero de 2024 y Annys había preparado un concierto importante en el Museo Nacional de Bellas Artes, un audiovisual que luego presentaría a Cubadisco 2025 y que obtendría tres nominaciones y un galardón. En medio de los preparativos, se enteró de que Rolando —al que conocía desde hacía años sin haber trabajado nunca codo a codo— estaría en Cuba. Decidió invitarlo como artista especial. Lo que ocurrió sobre aquel escenario fue inesperado incluso para ellos: una conexión tan natural, tan eléctrica en su sutileza, que los presentes reaccionaron sin disenso. Entre el público había amigos del Fondo de Arte Joven, músicos, gestores. Todos dijeron lo mismo: “Tienen que grabar un disco”.

Un encuentro fortuito entre Annys Batista y Rolando Luna en el Museo Nacional de Bellas Artes desembocó en la grabación de Locuras, un álbum íntimo de piano y voz que ya ha conquistado el Cubadisco 2026.

La historia no terminó ahí. Poco después, en el Jazz Plaza, Rolando invitó a Annys a un concierto en la sala Covarrubias (o quizás fue en la Avellaneda, la memoria a veces baila). Y ese toma y daca de cortesías musicales se convirtió en el germen de algo más sólido. Para marzo de 2024 ya estaban metidos en estudio. Tres jornadas intensas. Diez canciones. Muchas de ellas grabadas en toma única, sin red, sin retoques que disimularan la humanidad del momento.

“Fue un proceso de creación y de conocernos”, confiesa Annys, porque, aunque se conocían de vista desde hacía años —quizás desde aquel encuentro en Bayamo que ella recuerda con especial cariño—, nunca habían trabajado juntos. Y ese vértigo inicial se transformó rápidamente en complicidad.

¿Dónde se debe disfrutar este material? Annys lo tiene claro: una mañana temprano, en silencio, con una taza de café humeante, mirando por la ventana. O una tarde sin prisa. O una noche, acompañado o solo, pero siempre en un ambiente de calma porque esto no es música para tener de fondo mientras se cocina o se revisa el móvil. Es un disco para viajar. “Para hacernos eternos, para sanar”, dice la cantante. Para que la música cumpla esa función antigua que ella defiende con convicción: renovar el alma, ayudar a pasar los momentos difíciles, convertirse en banda sonora de la propia existencia.

Annys habla desde la experiencia. Creció envuelta en canciones. Sabe que la música fue creada para expresar, para sanar, para acompañar, y este disco, desde que lo grabaron, se instaló en su propia lista de reproducción personal como un acompañante fijo. “Creo que no va a pasar de moda”, sentencia. Y hay algo en su voz que invita a creerle.

La selección del repertorio fue, paradójicamente, sencilla y compleja a la vez. Sencilla porque el criterio era puro: canciones que les gustaran, que les hicieran vibrar el alma. Compleja porque nunca es fácil escoger entre tantas joyas. Finalmente se decantaron por un puñado de clásicos cubanos —“Perla Marina”, “Si me pudieras querer”— que son parte del ADN musical de la isla.

“La selección del repertorio fue, paradójicamente, sencilla y compleja a la vez”.

Se asomaron también al cancionero mexicano con “Piensa en mí” de Agustín Lara, respetando la versión original con una fidelidad casi devota. Incluyeron dos temas en francés, canciones populares que conectan directamente con el público que Rolando ha cultivado durante su residencia en Francia, ese país donde ha construido una carrera sólida y donde Annys tuvo la oportunidad de girar y comprobar de primera mano el cariño del respetable europeo. Y, por si fuera poco, sumaron tres temas inéditos: “Que no tenga fin”, “Mi alma habanera” y “El color de mis palabras”, este último con música de Rolando Luna y letra de Richard Luis. Un coctel que transita desde la trova tradicional hasta lo contemporáneo sin perder el hilo.

El equilibrio entre lo tradicional y lo contemporáneo no fue una fórmula de laboratorio. Annys lo describe con admiración apenas contenida: trabajar con Luna es un privilegio y también “todo un experimento, algo único”. La cantante recuerda aquellos días de estudio con una mezcla de nostalgia y asombro. Ver a Rolando sentarse al piano, mirar las teclas en silencio, echar el tema desde su versión original y luego comenzar a desarmarlo, a reconstruirlo, a encontrar caminos inesperados. “Para mí fue una clase”, confiesa. Y lo dice sin falsa humildad: una clase de escucha, de respeto por el material, de valentía para explorar.

Lo hermoso del caso es que Luna, a pesar de su vastísima experiencia —ha acompañado a las más grandes intérpretes de Cuba, desde Miriam Ramos hasta Omara Portuondo, pasando por decenas de orquestas y proyectos de jazz—, se detiene a escuchar. Receptivo. Abierto a las ideas de su compañera. Eso, subraya Annys, “dice mucho de él”. La dinámica constante: “Tú me llevas”, le decía él. “Pero tú también me llevas a mí”, respondía ella. Así construyeron, nota a nota, un diálogo donde las jerarquías se disolvieron.

¿Y el nombre del disco? Locuras podría evocar, en una primera lectura, desorden o frenesí. Nada más lejos de la realidad sonora del álbum. El título, explican, rinde homenaje al tema homónimo de Silvio Rodríguez, quien tuvo la generosidad de poner su voz en el disco, un regalo inesperado que eleva aún más la categoría del proyecto. Pero también condensa la paradoja del proceso creativo: todo ocurrió con una rapidez pasmosa —tres días, muchas horas seguidas, el tiempo justo—, pero el resultado es pausado, medido, milimétricamente delicado. Esa es la locura hermosa que defienden. La que no tiene nada que ver con el caos, sino con la intensidad concentrada. La que permite que, a pesar del vértigo del mundo, salgan joyas interpretativas desde un punto de vista profundamente personal. Annys lo resume así: “La gente leerá el título, lo escuchará y dirá: ‘Locuras, eso debe ser un disco loco’. Y luego se encontrará con otra cosa”. Ese contraste es parte de la magia.

“Para quienes conocen las trayectorias individuales de Annys y Rolando, este disco no supone una ruptura sino una confirmación”.

El formato elegido es deliberadamente desnudo: piano y voz. Sin adornos. Sin percusiones que distraigan. Sin la parafernalia que a menudo confunde volumen con emoción. Eso no significa que falte la cubanía. Al contrario. Incluso en las canciones en francés, el tratamiento sonoro respira son, respira bolero, respira esa manera tan particular que tienen los músicos cubanos de apropiarse de cualquier melodía y devolverla con acento propio. “Lo hicimos como si fuera un son”, dice Annys. Al final, el género que predomina es la canción entendida como territorio de libertad: a veces bolero, a veces balada, a veces trova, pero siempre con ese hilo invisible que conecta a los dos intérpretes.

Para quienes conocen las trayectorias individuales de Annys y Rolando, este disco no supone una ruptura sino una confirmación. Él ha rondado la canción toda su vida, acompañando a figuras monumentales, especializándose en ese arte tan difícil de parecer sencillo: el acompañamiento a cantantes. Ella, por su parte, siempre ha abrazado ese género como punto de partida, incluso cuando se ha movido por otras latitudes musicales. Hay, por tanto, una coherencia profunda. Un hilo rojo que atraviesa sus carreras por separado y que ahora se encuentra en este trabajo común. “Es un homenaje al género y a todos sus defensores”, afirma Annys. Y se nota en cada elección, en cada silencio, en cada nota compartida.

El público cubano, ese crítico tan exigente por naturaleza, ha sido históricamente amante del feeling, de la canción de autor, de los grandes intérpretes que poblaron las noches habaneras. Annys espera que reciban el disco con el mismo cariño con que fue creado. “Lo hicimos con mucho amor, mucha dedicación y mucho respeto”, insiste. Las presentaciones que ya han realizado —tanto en Cuba como en Francia— confirman esa hipótesis. La gente sale sorprendida. “Escuchar música. Música”, enfatiza Annys. Sin ruido. Bien hecho.

Y los premios, claro, ya comenzaron a acompañar el camino. Locuras ha sido ganador en la categoría de Canción en los premios Cubadisco 2026, un resultado que confirma lo que Annys y Rolando ya sabían desde aquella noche mágica en Bellas Artes: lo que tenían entre manos no era un simple disco, sino una joya, un objeto sonoro que merece ser preservado, escuchado, regalado, revisitado.

Así que ya sabe. Busque un rato sin prisa. Apague las notificaciones. Póngase unos auriculares decentes o si puede, un buen equipo de sonido. Siéntese cerca de una ventana con luz natural. Y déjese llevar. No intente encontrar un tema insignia, porque no lo hay. El emblema de Locuras es justamente ese: que cada canción le lleve a un sitio distinto. “Alfonsina” le abrirá la puerta. “El color de sus palabras” le hará viajar como si estuviera viendo una película. “Locuras” con Silvio Rodríguez le recordará que los sueños, a veces, se cumplen. Y cuando llegue al final, querrá empezar de nuevo. Porque este es un disco para hacernos eternos, para sanar, para recordarnos que la mejor música, en el fondo, siempre ha sido eso: un piano, una voz y el silencio justo entre los dos.