El Tivolí le responde a la salsa en disco sin complejos
Hay discos que se anuncian solos, como quien entra a una fiesta sin pedir permiso. Yo soy el son, la más reciente entrega de Ecos del Tivolí, huele a esquina caliente, a colmado santiaguero y a madrugada sin reloj. Es una obra profundamente sonera, rotundamente cubana, que levanta la mano desde el primer acorde para recordar que el género rey aún tiene cuerda para rato.
Producido por Pedro Dariel Dominico Robles y editado bajo el sello BIS MUSIC, este fonograma no se conforma con mirar al espejo retrovisor: prende el motor, mete cambios y sale a la carretera con una formación que crece hasta sonar a orquesta pequeña, sin perder jamás el paso del septeto tradicional.
La semilla de este trabajo la plantó el compositor santiaguero Jorge Javier González, un creador que ya había experimentado con la agrupación en producciones anteriores. Esta vez quiso explorar nuevos territorios sonoros a partir de diez temas inspirados en vivencias propias y ajenas. La pregunta que motorizó todo fue sencilla y a la vez audaz: ¿cómo sonarían esas canciones si al septeto se le suman más instrumentos? De esa curiosidad nació un disco que no proviene de obras originales improvisadas, sino de arreglos novedosos.

El encargado de tejer esas nuevas pieles fue Ariel Domínguez, entonces bajista del grupo, quien desarrolló los arreglos de la totalidad del repertorio. La idea consistía en armar primero para el septeto y luego incorporar capas: metales (saxo, trombón, trompeta), piano, timbal, cajas, violín. Un arsenal que buscaba una sonoridad amplia, orquestal, sin que el tres –ese instrumento esencial del son– perdiera su voz predominante. Y vaya que no la pierde: el tres sigue al frente, mientras la percusión (congas y bongos) marca la clave con una fidelidad que haría sonreír a Matamoros.
El resultado es un equilibrio frágil y hermoso porque en este fonograma el son es el anfitrión, pero la fiesta la amenizan otros géneros. Hay un bolero que suspira, una rumba que sacude, y también asoman la bomba, la cumbia y hasta un leve acento flamenco. Como explica su director, Jorge Félix Cambet Torres, esto es un ajiaco musical donde el son se da la mano con influencias latinoamericanas y caribeñas. Y esa mezcla no es casual: el propio título del disco, tomado del tema homónimo, condensa esa filosofía. Yo soy el son es la pista emblemática porque allí se funden lo tradicional y lo contemporáneo, la manera clásica de cantar y una intención fresca. Es el son hecho a la manera nueva, desde la visión actual del septeto Ecos del Tivolí.
El listado de canciones recorre un arco que va del desamor al desparpajo. Abre con “Yo soy el son”, sigue con “Yo sin ti”, “Aunque sueño contigo”, “Qué te parece”, “No pudo más mi corazón”, “Imposible fue vivir sin ti”, “Tengo miedo a enamorarme”, “Amor, odio y cenizas”, “Las penas de mi razón” y cierra con “La esencia del guaguancó”. Diez cortes que narran desencuentros, miedos, cenizas y también goce.
Un ajiaco musical que mezcla tradición y modernidad: así se define Yo soy el son, donde el septeto santiaguero se expande hacia sonoridades orquestales y caribeñas sin perder su raíz.
Pero lo que eleva este material es la mano tendida allende los mares. En la producción participaron músicos de Puerto Rico que dejaron su huella en el estudio: Michele Brava, Sammy García (en las congas, con un toque de seda y garra), Rafael Ortiz Jr., Wilito Otero y Lucas Brandoli. Esa colaboración aporta una sonoridad boricua que recuerda a la salsa de siempre, pero filtrada por la manera cubana de entender el tumbao y la clave.
El crítico Oni Acosta Llerena lo resume bien en sus notas discográficas: “nada distancia este material de una orquesta de salsa puertorriqueña, salvo el orgullo de nuestro ritmo y nuestra manera de frasear”. Estamos, dice, ante una forma muy actual de entender el son, sin concesiones fáciles ni renuncias a los referentes fundacionales.
Lanzado el 20 de octubre del año pasado, el disco ya está disponible en todas las plataformas digitales y ha tenido una promoción que trasciende fronteras. Han sonado en emisoras de Venezuela, Puerto Rico, República Dominicana, México e incluso Estados Unidos.
La recepción ha sido favorable, y no es para menos: es un trabajo bailable pero también apto para la escucha atenta, gracias a la calidad de las letras y al cuidado de los arreglos. Por si fuera poco, Yo soy el son ha logrado dos nominaciones en los premios Cubadisco 2026: en la categoría De la tradición sonera y en el apartado de audiovisuales. Un doble reconocimiento que celebra tanto la raíz como la mirada contemporánea de una agrupación que, desde 1992, defiende lo más auténtico de la trova tradicional santiaguera porque Ecos del Tivolí no es un nombre casual: el barrio Tivolí, en Santiago de Cuba, late en cada acorde. Y este disco, como su título lo anuncia, es el son. Con todos sus disfraces, con todos sus invitados, con toda su alma.

