Este 5 de mayo, cuando la revista La Jiribilla celebra el 25 aniversario de su fundación, la mirada colectiva vuelve irremediablemente hacia uno de los experimentos editoriales más audaces de la cultura cubana reciente: los 96 números de La Jiribilla de Papel, compilación que hoy ponemos al alcance de los lectores en formato PDF y versión descargable. Aquel tabloide mensual, que saltó de la pantalla al pliego impreso en 2003 y se despidió una década después con el número 95, constituye hoy una referencia ineludible para comprender las batallas simbólicas que libra el periodismo cultural en la Isla. No se trata de una evocación nostálgica, sino del reconocimiento a una publicación que supo construir una iconografía propia y un discurso comunicativo polémico pero constructivo en un ecosistema mediático donde las narrativas externas sobre Cuba oscilan con frecuencia entre la distorsión y el reduccionismo.

Conviene recordar que el nombre de la publicación no es fruto del azar. La revista evoca al ángel travieso que describió José Lezama Lima en su Tratados de La Habana, ese duende dotado de “fabulosa resistencia” que concentra la picardía y el dinamismo del criollo. Con ese espíritu vivaracho, un grupo de periodistas e intelectuales consiguió materializar una voz distinta en la que el desenfado y el humor se convirtieron en trinchera ética para abordar la realidad cultural sin atenuantes. El primer número, dedicado a Reinaldo Arenas, ya anticipó una vocación inclaudicable: estudiar la obra de los creadores cubanos residan donde residan, entendiendo la nación como un territorio que excede las fronteras geográficas. Como apuntó el ensayista y crítico Rufo Caballero en las páginas de La Gaceta de Cuba, “publicaciones de esta naturaleza demuestran que el rigor intelectual y la vocación polémica pueden coexistir incluso cuando los recursos materiales escasean”.

“El primer número (…) ya anticipó una vocación inclaudicable: estudiar la obra de los creadores cubanos residan donde residan (…)”.

La criatura nació al amparo de una urgencia muy concreta. Mientras el portal digital —fundado en 2001 bajo el ala del Instituto Cubano del Libro— tejía puentes con intelectuales de todo el planeta y cumplía su misión de contrainformación frente a las campañas mediáticas externas, las limitaciones de conectividad en la Cuba de principios de siglo mantenían ese contenido lejos de la mayoría de los lectores nacionales. Un miembro del equipo fundador explicó a Juventud Rebelde que la edición impresa respondió a la necesidad de poner la revista en manos del cubano de a pie, en el estanquillo de la esquina, en la librería del barrio. Así, los dosieres sobre arte, literatura y pensamiento crítico comenzaron a circular en un formato de 16 páginas que luego se expandió a 32, con una tirada modesta pero de alcance simbólico descomunal. Sin anuncios comerciales y con distribución que combinaba estanquillos seleccionados y envíos postales a intelectuales de todas las provincias, cada número constituía un objeto de culto que los lectores aguardaban con devoción.

La propuesta visual mereció desde el primer instante una atención particular de la crítica especializada. El Grupo Camaleón, integrado por jóvenes diseñadores del Instituto Superior de Diseño, asumió la dirección de arte con una premisa que el propio colectivo definió en la revista Revolución y Cultura: cada portada debía constituir una obra plástica autónoma, capaz de tomar partido antes de que el lector abordara la primera línea de texto. Las ilustraciones, con frecuencia cargadas de tensión conceptual y resueltas mediante una paleta cromática austera donde la línea sugería movimiento, dialogaban con titulares que evitaban la obviedad. No se trataba de un envoltorio complaciente, sino de un posicionamiento ético en el campo de la comunicación. Como señaló el crítico de arte Jorge Fernández Torres en el diario Granma, aquella imbricación entre diseño y contenido devolvió al periodismo cultural cubano la dignidad del objeto impreso en una época de vértigo digital.

Las secciones fijas del tabloide funcionaban como un mapa de esa postura singular. Apartados como La Mirada ofrecían crítica de artes visuales con profundidad ensayística, y los dosieres monográficos rescataban figuras imprescindibles del universo intelectual cubano con un enfoque desprejuiciado. La caricatura mordaz convivía con el ensayo profundo sin que ninguno de los dos registros perdiera fuerza. La bibliotecóloga y ensayista Araceli García Carranza, en un trabajo compilatorio sobre publicaciones periódicas cubanas, anotó que la colección completa constituye “uno de los corpus más coherentes del pensamiento cultural insular en la primera década del siglo XXI”.

Para los lectores cubanos que atesoran ejemplares de aquella etapa, La Jiribilla de Papel representa también una experiencia afectiva. La espera mensual en estanquillos y librerías de las principales ciudades se convertía en un pequeño ritual que tejía una red de complicidades más allá del circuito habanero. La publicación se permitió el lujo de transitar desde la efervescencia temprana del primer lustro de los 2000 hasta su segunda época, que arrancó en el número 50 con un rediseño integral y se extendió hasta 2013, demostrando que el rigor crítico y el diseño de vanguardia no están reñidos con la periodicidad mensual ni con las limitaciones materiales impuestas por el bloqueo.

La relevancia de aquellos números en el contexto actual de Cuba se mide también por su vigencia como modelo de resistencia cultural. En una época marcada por la banalización del contenido y el asedio algorítmico, el tabloide defendió la pausa reflexiva y la profundidad. El fin de la versión impresa en 2013, tras el último número no debe leerse como una derrota sino como la conclusión natural de un ciclo. La vertiente digital de La Jiribilla, que continúa su labor desde el portal homónimo, heredó el prestigio y la audiencia global que el papel contribuyó a cimentar. En esta nueva conmemoración, la evocación de aquellas páginas opera como un recordatorio de lo que la voluntad intelectual puede lograr a contracorriente porque La Jiribilla de Papel fue mucho más que una revista: fue la constatación, impresa en tinta negra y papel periódico, de que la identidad nacional —esa mezcla de oro y gris que soñó Lezama— también puede fijarse en la tinta efímera de un tabloide que, a fuerza de talento y picardía, se vuelve eterno.