La historia del ballet cubano es rica en personalidades que contribuyeron a su desarrollo a lo largo y ancho del país, desde la difícil etapa en que ese arte se cultivó en sectores que no tenían ninguna aspiración de convertirlo en un patrimonio de la cultura nacional. Aunque las raíces de ese arte nacido en la Italita renacentista, y enriquecido con los aportes fundamentales de Francia y Rusia, tuvo sus antecedentes en nuestra isla en el siglo XIX, cuando en el Teatro El Circo, donde hoy está enclavado nuestro Capitolio Nacional, se estrenara un ballet llamado “Los Leñadores”, por un tal Mr. Andersen, del cual poco sabemos. A partir de entonces se estableció una tradición por las numerosas compañías foráneas que nos visitaron hasta 1865. En la Cuba republicana poco sucedió al respecto, salvo las tres visitas que hiciera la gran bailarina rusa Anna Pavlova a partir de 1915, cuya muerte ocurriría en Holanda en 1931. En ese mismo año se fundó la Escuela de Ballet de la Sociedad de Pro-Arte Musical de La Habana, cuna de la célebre tríada Alonso, que sería la encargada de fundar la primera compañía profesional de ballet en 1948, el hoy Ballet Nacional de Cuba y la Academia de Ballet Alicia Alonso dos años después. En esta Academia tuvo el mérito histórico de formar las primeras generaciones de bailarines cubanos dentro de la hoy mundialmente conocida escuela cubana de ballet. A la difusión de ese empeño contribuyeron, de manera decisiva varias figuras que dejaron profunda huella, especialmente en el interior del país. Fueron ellas la holguinera Angélica Serrut, la camagüeyana Vicentina de la Torre (fundadora en 1967 del Ballet de Camagüey) y la santiaguera Clara Elena Ramírez. Esta última hizo extensivo su magisterio como bailarina y profesora en diferentes ciudades del oriente del país, como Santiago de Cuba, Bayamo y Manzanillo. A partir de 1963, en que por razones familiares se radicó en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana, devino en la personalidad clave de la difusión profesional del arte del ballet en ese hermano país.

“Uno de los aspectos fundamentales en su obra pedagógica fue vincularse de inmediato a la Academia de Ballet Alicia Alonso, cuyos métodos pedagógicos adoptó a partir de entonces”.

La maestra Ramírez nació en Santiago de Cuba el 28 de abril de 1919, y a partir de 1943 se convirtió en una de las más aventajadas alumnas de la Escuela de Ballet patrocinada por la SPAM de Oriente. El maestro búlgaro George Milenoff, sustituto del ruso Nicolai Yavorsky en la dirección de la escuela de ballet de la SPAM de La Habana, desarrolló una amplia labor pedagógica y coreográfica en las tierras orientales, en la que tuvo como figura descollante a la joven Clara Elena Ramírez. Para ella hizo montajes, casi profesionales, que contaron con la participación del prestigioso bailarín cubano Luis Trápaga. En 1947 se hizo cargo de la escuela oriental Nicolai Yavorsky, quien traspasó a la joven cubana todo su entusiasmo y valiosos conocimientos, tal como había hecho en la década anterior con la tríada Alonso. Al morir el maestro ruso el 9 de octubre de 1947 Clara Elena fue nombrada directora de la institución, donde desplegó una valiosa labor durante el periodo posterior.

Uno de los aspectos fundamentales en su obra pedagógica fue vincularse de inmediato a la Academia de Ballet Alicia Alonso, cuyos métodos pedagógicos adoptó a partir de entonces. De manera simultánea a su desempeño como bailarina, compartió la escena con dos ilustres exalumnos suyos: Joaquín Banegas y Jorge Lefebre, y puso en contacto al público oriental con grandes exponentes de la tradición romántico clásica del ballet del siglo XIX, así como obras de prestigiosos coreógrafos contemporáneos.

“Clara Elena pudo realizar en República Dominicana el sueño de formar bailarines profesionales y lo logró (…)”.

A sus valores artísticos, la maestra Ramírez unió siempre una actitud cívica que la vinculó al gran líder revolucionario Frank País, cuya vida preservó escondiéndolo en su casa de la sanguinaria persecución batistiana, poco antes de su asesinato el 30 de julio de 1957. Clara Elena pudo realizar en República Dominicana el sueño de formar bailarines profesionales y lo logró, para entregar su labor pedagógica a relevantes instituciones dominicanas como Bellas Artes, el Ballet Concierto Dominicano y el Ballet Clásico Dominicano, raíz del actual Ballet Nacional de Santo Domingo, para el cual realizó escenificaciones de grandes clásicos como “El lago de los cisnes”, “Giselle”, “La bella durmiente”, “Las Sílfides”, entre otras muchas. En ocasión de conmemorarse el 19 aniversario de su fallecimiento el 19 de febrero del 2007, le fue tributado un cálido homenaje en la Sala Aida Bonelly, del Teatro Nacional Eduardo Brito, que en la actualidad dirige su hijo el exbailarín y maestro Carlos Veitía.

Tuve el honor de ser invitado para rendir el tributo a su memoria, en presencia de representantes de la misión diplomática de nuestro país en esa nación,  representantes del Ministerio de Cultura, de la dirección general de Bellas Artes, exbailarines, maestros y exalumnos de la ilustre pedagoga. Fue un gran honor, en que pude hacer patente, una vez más, la sentencia martiana de que Honrar, Honra.