Carilda, la ausencia que no será

Rubén Darío Salazar
30/8/2018

Matanzas, tan revolucionada por las obras que se realizan con motivo del 325 aniversario de fundación de la ciudad, amaneció el 29 de agosto apagada, mustia pudiera decirse, como si hubiera intuido de antemano la triste noticia de la muerte de su novia mayor.

Matanzas: bendigo aquí

tus malecones mojados,

los arboles desterrados

del Paseo de Martí

y el eco en el Yumurí.[1]

 Foto: Sonia Almaguer
 

Muchos poetas han cantado a la ciudad de los puentes, pero ella, la muchacha de la casa en la Calzada de Tirry número 81, le cantó con especial inspiración. Dejó una huella literaria que todos reconocen como patrimonio de la urbe, a la par del Teatro Sauto, las cuevas de Bellamar o el Valle del Yumurí. Carilda Oliver Labra, desde que abrió los ojos, encontró un paisaje que magnificó con vibraciones disímiles. Su vida y su obra van juntas en la historia matancera, salpicadas ambas de mitos, verdades y amores infinitos.

Matanzas: siempre me curas

después que el amor me enferma.

Si tengo la dicha yerma

y las palomas oscuras

me das tus vendas seguras…

Va a ser dificil, desde ya, acostumbrarse a la ausencia demoledora de una mujer que hace rato no se pertenecía a ella misma. Si alguien podía dialogar desde sus versos con todos era Carilda. Lo mismo podía encontrarse cara a cara con José Jacinto Milanés o con Plácido, e intercambiar miradas de complicidad en temas de pasión, misterios y leyendas. Todos los matanceros creen saber un poco de su vida. Sucede eso con personalidades como Carilda, a quien podía encontrarse uno de repente, un domingo en la tarde, desandando por la calle del Medio en busca de ilusiones.

Matanzas —misa en mis venas—:

Beso tus patios con flores,

Tus negros estibadores,

Tus puentes y tus arenas.

Foto: Internet
 

Ningún asunto de la ciudad le fue ajeno, como no lo fue el tema Cuba. Llevaba la isla asentada en su pecho con una luz tan bella como su rostro, adornado con unos ojos verdes que quien pudo mirarlos quedó prendado de un no se qué indescriptible. Carilda en las calles, los montes, los ríos, los libros, los niños, los jóvenes, los viejos, los vivos y los muertos. Un talismán que sacudía la plataforma subterránea de la villa con el poder de la poesía.

Todo te debo, Matanzas:

la Biblioteca, el Estero,

tener alma y no dinero…

Te debo las esperanzas.

La escritora alcanzó a verse representada en el teatro, coreografías, documentales, pinturas, discos… Sus tertulias fueron espacio para la magia, la sorpresa y lo mejor de la cultura. Todo eso se va a extrañar, pero a la vez dará nuevos motivos para revisitarla y redescubrirla. Después de la vida viene la muerte, pero como Carilda siempre tuvo una existencia tan original, después de su muerte vendrá la vida. Todas las niñas, las jóvenes y las mujeres, rubias o no, serán nuevas Carildas, cubanísimas e intensas, con esa hermosura que lega a los humanos la palabra patria.

A mi pecho te abalanzas

con una pasión tan fuerte

que no basta con saberte

en mi sangre, detenida:

ya que te debo la vida

te quiero deber la muerte.

 

Notas:
 
[1] Fragmentos del poema “Canto a Matanzas”, escrito en 1954.