La discografía en Cuba, a partir de años recientes, casi siempre ha sido un tema escabroso y muy difícil de llevar a finales felices para proyectos de diversas jerarquías.

Los años anteriores a 1991 marcaron un significativo apoyo a la fonografía nacional, donde se produjeron una para nada despreciable cantidad de discos, merecidos o no. La calidad no estaba reñida con patrones de mercado y no importaban solamente las élites o méritos, sino que se grababa y fabricaba para todos los niveles de la sociedad.  

Si tuviéramos que buscar alguna arista coincidente en el complejo escenario comprendido entre la década de los 60 y 1990, esa sería sin pensarlo dos veces la literatura y su sólido sistema de expandir la lectura en cuanto a publicaciones se refiere: podíamos encontrar en nuestras librerías desde el último premio Casa de las Américas hasta Cocina al minuto, de Nitza Villapol, pasando por sir Arthur Conan Doyle, Gabriel García Márquez, Onelio Jorge Cardoso o Luis Rogelio Nogueras. En el mundo musical y fonográfico sucedía exactamente igual, pues la industria nacional satisfacía al mercado con LPs de Alberto Cortez, Síntesis, Silvio Rodríguez, Mirta Medina o Manguaré, por ejemplo.

El factor tecnológico es eminentemente vital como soporte de la industria discográfica cubana o de cualquier otro país.

Evidentemente, siempre alguna zona quedaba huérfana de discos, y no pretendo comparar momentos que difieren no solo por décadas, sino por contextos económicos y sociales bien tipificados y enmarcados y que hoy miramos desde la horizontalidad histórica. Aunque la solvencia económica siempre ayudó a mantener activos muchos proyectos sociales y culturales desde la perspectiva revolucionaria, la casualidad histórica quiso que dos acontecimientos cambiaran de manera abrupta el rumbo del disco en Cuba.

En primer orden se ubica el factor tecnológico, eminentemente vital como soporte de la industria discográfica cubana o de cualquier otro país. Hasta 1989 ya se había alcanzado soberanía de fabricación nacional, por lo que el tránsito era casi expedito en el citado proceso. Con pocos estudios de grabación pero que satisfacían casi toda la demanda, se echaba a andar el complejo y maravilloso mundo creativo y sonoro que aglutinaba a arreglistas, compositores, cantantes, fotógrafos, grabadores y más, hasta culminar con la labor de orfebrería de los `cortadores´, eufemismo utilizado en la industria para catalogar a quienes intervenían en el proceso final de fabricación cuando cortaban el disco. Con excelentes profesionales en fábricas y una autosuficiente gestión, la realización de LPs (Long Play en inglés o LD, larga duración, en español) no tenía grandes contratiempos en el país. A pesar de contar con tecnología del entonces campo socialista, no existían baches en estas dinámicas productivas, pues ante roturas o actualizaciones, las piezas necesarias no tardaban en llegar a Cuba.

A pesar de esta etapa idílica en cuanto a fabricación y selección musical de “este lado”, coincidentemente las empresas Sony y Philips estaban gestando un nuevo soporte sonoro desde finales de los 70 y cuyo nacimiento a escala mundial veríamos a mediados de la siguiente década: el CD supuso el salto del mundo analógico hacia el óptico y digital, y revolucionaría el mercado y las maneras de enfrentarse a una nueva era musical.

Por cuestiones geopolíticas y el casi negado acceso de los países socialistas a tecnologías de Occidente, la nueva etapa digital y de estandarización discográfica -ya vigente desde finales de 1984- no fue introducida de inmediato en nuestro país y, por ende, el crossover tecnológico tardaría algunos años en arribar a nuestro entorno.

“El CD supuso el salto del mundo analógico hacia el óptico y digital, y revolucionaría el mercado y las maneras de enfrentarse
a una nueva era musical”.

Eso por un lado. Paralelamente, los acontecimientos que se habían iniciado con la Glasnost y la Perestroika soviéticas y la creciente erosión del bloque socialista a finales de los 80, provocarían la caída del mismo, lo cual incidió en la anulación de contratos y transferencia de tecnología hacia nuestras empresas. Si bien el tiro de gracia ocurriría en 1991 con la disolución total de la Unión Soviética (URSS), ya desde 1989 se sentían en Cuba los embates de los nuevos aires prooccidentales de las economías socialistas.

Entonces tenemos dos aspectos importantes a sumar: de un lado se halla la ralentización tecnológica de la industria discográfica nacional y por el otro el cierre de contratos y mercados debido a lo antes mencionado, sin dudas dos polos opuestos que prensaron como experimento diabólico a la fonografía cubana. Si hiciéramos una valoración justa 30 años después, esas dos macrocausalidades definieron y fijaron brújula a nuestra industria, la cual entraría casi de inmediato en una situación de contingencia. Proyectos aprobados que tuvieron que ser cancelados, otros que habían sido grabados y tuvieron que esperar hasta 10 años para ser sacados al mercado, por ejemplo, así como la ruptura del mecanismo interactivo entre público y artistas, fueron escenarios comunes en ese tiempo.

Esto último podemos contextualizarlo también en varias direcciones muy bien definidas y visibles: 1) la desaparición de LPs de las tiendas por falta de materiales necesarios para seguir produciéndolos y roturas en las fábricas cubanas, 2) ante el recorte de combustibles que llegaban al país para la generación eléctrica, se priorizaron otros sectores vitales como hospitales o la elaboración de alimentos y no la fabricación de discos y 3) la abrupta obsolescencia de aparatos reproductores en nuestras casas, los llamados tocadiscos, casi todos de procedencia soviética.

“La severa situación económica y el nuevo panorama sociopolítico surgido por el colapso soviético, apuntaron a replantearse nuevas estrategias en dirección a la discografía cubana, de manera paliativa pero tratando de salvar lo patrimonial en primera instancia”.

De tal manera, la avalancha de propuestas musicales en oferta, así como la floreciente industria que abarcaba géneros y gustos en el país, se vieron reducidas como nunca antes y el consumo de discos se deprimió en muy pocos años a partir de 1990.

La severa situación económica y el nuevo panorama sociopolítico surgido por el colapso soviético, apuntaron a replantearse nuevas estrategias en dirección a la discografía cubana, de manera paliativa pero tratando de salvar lo patrimonial en primera instancia para no caer en abismos sin retornos futuros; estaba claro que de momento no podrían fabricarse discos en el país ante lo incosteable de una inversión de ese tipo -casi tres veces más cara que hoy día-, más lo impensable que ello resultaba aun teniendo la liquidez necesaria. Muchos mercados eran inaccesibles para Cuba y nos enfrentábamos a una situación desconocida no solo en el terreno nacional, sino a nivel global, pues el llamado equilibrio entre dos sistemas políticamente antagónicos (también conocido como conflicto Este-Oeste) acababa de sucumbir y el planeta se aprestaba para una nueva etapa de unipolaridad y hegemonismo no solo político, sino cultural y de valores.

Para nosotros comenzaba así un viacrucis discográfico, que de varias maneras persiste hasta hoy. Pero eso será tema de otra entrega, querido lector.

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