Mario Balmaseda se ha convertido en leyenda. Primerísimo actor de teatro, rostro de nuestro cine, protagonista de una de las series televisivas más trascendentales producidas en Cuba, fue un artista alabado por la crítica y aplaudido por el público.

Mario Balmaseda. Foto: Tomada de internet

Lo primero que debe subrayarse al repasar su carrera artística es que fue un hombre muy laborioso. En el cine filmó más de 30 películas, se distinguen dos obras que transitaron del teatro al cine (Se permuta y La inútil muerte de mi socio Manolo), el primer largometraje de ficción realizado por una mujer cubana (De cierta manera), la caracterización que hizo de un héroe de la talla de Antonio Maceo (Baraguá), su colaboración con Manuel Pérez y con Manuel Octavio Gómez, su cercanía con los más jóvenes cineastas (La obra del siglo). Estas son algunas de sus películas:

1971 Los días del agua, de Manuel Octavio Gómez.

1973 El hombre de Maisinicú, de Manuel Pérez.

1974 De cierta manera, de Sara Gómez.

1976 La última cena (película), de Tomás Gutiérrez Alea.

1977 El brigadista, de Octavio Cortázar.

1983 Se permuta, de  Juan Carlos Tabío.

1985 En tres y dos, de Rolando Díaz.

1985 Baraguá, de José Massip.

1989 La inútil muerte de mi socio Manolo, de Julio García Espinosa.

1997 Hazlo por Neruda, de Alejandro Gil.

1997 Zafiros, locura azul, de Manuel Herrera.

2003 Entre ciclones, de Enrique Colina.

2003 Roble de olor, de Rigoberto López.

2006 Mañana, de Alejandro Moya (Iskánder).

2012 Se vende, de Jorge Perugorría.

2014 Estela, de Joacenith Vargas.

2015 La obra del siglo, de Carlos M. Quintela.

Para la televisión cubana protagonizó En silencio ha tenido que ser, una serie que aún conmueve a los televidentes y que, junto a Aventuras de Juan Quin Quín, La gran rebelión, Un bolero para Eduardo, lo convirtieron en uno de nuestros actores más famosos.

Según contó Mario, fue Eugenio Hernández Espinosa quien lo llevó al teatro; su amigo dramaturgo fue el responsable de que se quedara en Cuba cuando toda su familia se iba del país. Años más tarde, Mario sería protagónico en una de las grandes obras de Eugenio, me refiero a Mi socio Manolo. La investigadora Inés María Martiatu asistió a un ensayo previo al estreno del montaje, dirigido por Silvano Suárez, donde compartía el escenario con Pedro Rentería:

Después de haber leído ese texto, de habernos asombrado y conmovido con el descubrimiento de la legítima humanidad de Manolo y Cheo y de habernos deslumbrado sin remedio con el ritmo y la riqueza metafórica del lenguaje siempre lleno de sorpresas capaces de producir el más legítimo goce estético (si lo percibimos desprejuiciadamente), confieso que me conmovió el ensayo en que vi por primera vez a Mario Balmaseda entrar en contacto con la letra, aún libreto en mano. Me sorprendió la certeza de que aquel texto que animaba al actor hubiera sido escrito por alguien ajeno a su persona y que se correspondiera con su forma de decir tan orgánica. Aunque se ha dicho demasiadas veces, tal parece que Eugenio Hernández Espinosa concibió a Manolo pensando en ese actor. (Inés María Martiatu: “Notas anticipadas a Mi socio Manolo”. Tablas 3, 1988)

Pero antes de llegar a la puesta en escena donde ambos actores recibieron los premios en el Festival de Teatro de Camagüey, Mario Balmaseda fue miembro de las Brigadas Covarrubias. Uno de sus compañeros en aquella aventura que llevaba el teatro a los rincones más apartados del país, Alfredo Ávila, recuerda que trabajaron desde 1962 hasta 1970, y Mario dirigió Permiso para casarse, texto de su autoría; El hombre que nunca morirá, de Berrie Stavis; y el espectáculo Che vive.

El Teatro Nacional de los años 60 fue su casa, la que perdió cuando su familia salió de Cuba. El espíritu creativo que se vivía en la institución —donde convergían las investigaciones etnológicas de Argeliers León y sus discípulos, las coreografías de Ramiro Guerra, la Orquesta sinfónica, el Seminario de Dramaturgia, los estrenos teatrales, los trabajos de Extensión Teatral, los Festivales de artistas aficionados— influyó en su vida futura. Allí se permeó de una visión abarcadora de la cultura cubana, aprendió a interactuar con públicos diversos, forjó duraderas amistades.

“El Teatro Nacional de los años 60 fue su casa (…) Allí se permeó de una visión abarcadora de la cultura cubana, aprendió a interactuar con públicos diversos, forjó duraderas amistades”.

Sobre su colaboración con el maestro Roberto Blanco no se encuentra mucha documentación. Se conocieron en las Brigadas Covarrubias, para las cuales Roberto montó obras. Luego Mario trabajó en el grupo Ocuje, donde se recuerda su desempeño en El alboroto, de Goldoni, y en Divinas palabras, de Valle Inclán, ambas bajo la dirección de Roberto.

Y después Mario entró al Grupo de Teatro Político Bertolt Brecht, y llegó el suceso de comunicación que fue Andoba, texto de Abraham Rodríguez, dirigido por Mario y protagonizado por Luis Alberto García padre, que provocó el regreso masivo del público al teatro. Fue en 1979.

En 1979, Andoba provocó el regreso masivo del público al teatro. Foto: Tomada de Escenarios de dos mundos

El teatrólogo y actor Roberto Gacio asistió al estreno:

Andoba habla de asuntos candentes por cuanto es un hombre perteneciente a la marginalidad que quiere huir de ella, pero el “ambiente”, los antiguos amigos y socios de la delincuencia no le permiten que se incorpore socialmente. El personaje muere por decisión tomada en el propio montaje. (…) Andoba y su puesta quedan como un momento de álgido debate productivo al sacar a la luz un asunto hasta ese momento tabú. (Roberto Gacio: “Grupos y directores de la escena cubana. 1959-2006”. Tablas 2, 2006)

Según datos aportados por la investigadora Rosa Ileana Boudet, después de dieciocho funciones habían visto la obra en el Teatro Mella veinticinco mil espectadores. Con música de Pablo Milanés, el elenco lo integraban Celia García, Elvira Enríquez, Samuel Claxton, Litico Rodríguez, entre otros.

Liliam Vázquez, teatróloga, valoró el impacto que tuvo Andoba en los espectadores:

El hecho dio lugar a vivas polémicas y discusiones, tanto entre críticos y periodistas como dentro del público que esperaba horas frente a la taquilla del Teatro Mella para obtener entradas. Algunos atacaban la pieza, otros la defendían, pero lo cierto es que, desde el estreno de María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa y dirigida por Roberto Blanco en 1967, no había existido entre nosotros otro hecho teatral que deviniera fenómeno sociocultural de tal envergadura. Entre estos dos hitos de nuestra escena habían transcurrido doce años. (Liliam Vázquez: “Abraham Rodríguez: teatro y afirmación de identidad”. Tablas 3, 2005).

Ella fue observadora participante en el proceso de montaje y subrayó la interacción entre el autor y el director, hecho que aportó fuertes matices al texto:

Pero tan interesante como los resultados había sido el proceso de trabajo. Andoba tenía como presupuesto una seria investigación que borraba las fronteras estáticas entre texto y escena, y que permitía la violación por parte del director y del dramaturgo de sus respectivas zonas de creación. Interminables discusiones del equipo de dirección conformaban el diálogo preciso, los movimientos escénicos y el propio sentido de la pieza. Porque la puesta en escena de la obra de Abraham Rodríguez postulaba la asunción de un código genuinamente popular, traducido en la visión sobre la eticidad de una tabla de valores que por primera vez se presentaba con coherencia de sistema en nuestra escena. (Ídem)

“(…) desde el estreno de María Antonia, (…) en 1967, no había existido entre nosotros otro hecho teatral que deviniera fenómeno sociocultural de tal envergadura (…)”.

El tema de la marginalidad en Cuba revolucionaria alcanzaba trascendencia en el teatro:

Si bien es cierto que en la década de los setenta hubo intentos de llevar a escena la temática de la marginalidad —Al duro y sin careta (1976), dirección y versión teatral de Mario Balmaseda sobre un guion cinematográfico de Sara Gómez y Tomás González—, es solo un hecho teatral como Andoba, dentro de esa curva de creación, el punto que logra trascender íntegramente el peligro de un reflejo naturalista y estereotípico de la zona de la realidad estudiada. (Ibídem).

Con el Teatro Político Bertolt Brecht, que Mario dirigió en su momento de esplendor, asumió personajes que quedaron en la memoria teatral, como el Lenin de El carillón del Kremlin; o el Bolívar de Humboldt y Bolívar, obra de Klaus Hamel, dirección de Mario Balmaseda y Hans Perten.

También con ese grupo estrenó La permuta, idea de los cineastas Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, que este último llevaría al cine protagonizada por Rosa Fornés y Mario Balmaseda. La película devino un clásico, la puesta en escena fue un éxito de público.

El crítico Mario Rodríguez Alemán enjuiciaba la representación teatral:

La connotación cómica del espectáculo es lo más importante y su puesta en escena se consigue con una diversa y dinámica cantidad de recursos, nada nuevos, por cierto, pero eficaces; el teatro dentro del teatro, una movilidad escénica de viva imaginación; una coreografía sencilla, pero funcional; una música intencionada y popular (…); un vestuario versátil, de vivo colorismo y de un diseño apropiado al tono popular de la obra. (Mario Rodríguez Alemán: La permuta, en Mural del teatro en Cuba, Ediciones Unión, 1990).

Mario cursó estudios en el Berliner Ensemble, el mítico grupo fundado por Brecht en Alemania, hecho que recordaba el teatrólogo Amado del Pino cuando asistía a la reposición de La panadería, el texto del alemán que Mario protagonizó, catalogado por el crítico como rescate de la memoria teatral:

El ritmo de la puesta en escena que nos ocupa descansa en el delirante juego actoral del propio Mario Balmaseda como protagonista. El espectáculo sirve para ratificar su profesionalidad como intérprete y la creatividad de su gestualidad. Con mucho de chaplinesco y portador de una contrastante esencia brechtiana, su desalmado burgués de la década del veinte alcanza tintes universales y cercano al público de ahora. (Amado del Pino: “El melancólico olor de La panadería”. Tablas 1, 1998).

Con Teatro Buscón, bajo la dirección de José Antonio Rodríguez, Mario protagonizó Los asombrosos Benedetti, una teatralización de relatos del escritor uruguayo que recibió numerosos elogios. Ileana Azor expresaba:

Mario Balmaseda alcanzó su mayor expresividad en “Almuerzo y dudas”, cuento al que aportó un tono donjuanesco y divertido, contrastante con el dramatismo de su narración para “Los pocillos”.(Ileana Azor: “Los asombrosos Benedetti”. Tablas antológico 2002)

Alto riesgo fue escrita y dirigida por Eugenio Hernández Espinosa, quien convocó a Mario para que compartiera escenario con la entonces debutante María Teresa Pina. Una vez más, un texto de Eugenio despertaba la polémica a partir de su mirada incisiva a la realidad social. La obra fue muy aplaudida durante el Festival de Teatro cubano. El crítico Freddy Artiles se pronunció: “Mario Balmaseda demuestra una vez más su calibre de actor (…)”(Freddy Artiles: “En Camagüey… el teatro”. Tablas 3, 1996)

Sin plumas fue un montaje de Mario a partir de textos del cineasta Woody Allen, que se presentaba en el Delirio Habanero del Teatro Nacional, siempre a las diez de la noche. El elenco lo conformaban Rigoberto Ferrera, Osvaldo Doimeadiós, Néstor Jiménez, Bárbaro Marín, Carmen Daisy Rodríguez, Pedro Fernández y Geonel Martín.

Amado del Pino saludó el trabajo de los actores, que sostenían el peso de la puesta en escena, y recordaba la influencia de las reflexiones de Brecht sobre el cabaret teatral en el director del montaje.

Con el Teatro Político Bertolt Brecht, Mario Balmaseda interpretó el personaje de Lenin de El carrillón del Kremlin, que ha quedado en la memoria del público. Imagen: Tomada de Escenarios de dos mundos

En 2019, se le entregó el Premio Nacional de Televisión; en 2021, le fue otorgado el Premio Nacional de Cine. En 2006, Mario Balmaseda recibió el Premio Nacional de Teatro. Como otras veces en su carrera actoral, en esa ocasión lo acompañaba Sergio Corrieri, también agasajado con el más alto lauro que reciben en Cuba los artistas. Su amigo Gerardo Fulleda, poeta y dramaturgo, elogiaba al actor: “Versátil, apasionado y lúcido creador. En las cerca de 30 obras de teatro en que ha actuado, Mario ha dado muestras de una tenacidad y desbordada imaginación y un rigor expresivo poco común (…)”. (Fulleda, Gerardo: “Columna de luz. Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2006”. La Jiribilla, octubre, 2022). Y aplaudía al director: “Él ha sabido siempre encontrar en sus puestas en escena el ángulo novedoso, la percepción social adecuada (…)”.(Ídem).

Mario Balmaseda recibió tres Premios Nacionales: el de Teatro, en 2006, el de Televisión, en 2019, y el de Cine, en 2021.

Tuve la suerte de ver a Mario Balmaseda en el teatro. Guardo en mi memoria esas imágenes de la escena: Los asombrosos Benedetti, La panadería, Mi socio Manolo, Alto riesgo. Ahora que el actor se ha despedido de este mundo arropado por el afecto de sus hijas, agradezco su fidelidad al teatro y a su país. Y como sé que le gustaban los aplausos, le dedico una larga ovación.

Bibliografía:

Artiles, Freddy: “En Camagüey… el teatro”. Tablas 3, 1996

Ávila, Alfredo: “Reuniendo a las Brigadas Covarrubias”. Tablas 2, 2000

Azor, Ileana: “Los asombrosos Benedetti”. Tablas antológico 2002

Boudet, Rosa Ileana: “Andoba, al duro y sin guante”, en En tercera persona, Ediciones Gestos, USA, 2004

Espinosa, Norge: “El teatro es un juego de a morirse”. Entrevista a Mario Balmaseda. La Jiribilla, octubre, 2022

Fulleda, Gerardo: “Columna de luz. Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2006”. La Jiribilla, octubre, 2022

Gacio, Roberto: “Grupos y directores de la escena cubana. 1959-2006. Tablas 2, 2006

Martiatu, Inés María: “Notas anticipadas a Mi socio Manolo”. Tablas 3, 1988

del Pino, Amado: “Andoba paga una deuda con los jóvenes”, en Acotaciones teatrales, Ediciones Unión, 2005

del Pino, Amado: “El melancólico olor de La panadería”. Tablas 1, 1998

del Pino, Amado: “Plumas dispersas y risueñas”. Granma 26 de agosto de 1999

Rodríguez Alemán, Mario: La permuta, en Mural del teatro en Cuba, Ediciones Unión 1990

Vázquez. Lilian: “Abraham Rodríguez: teatro y afirmación de identidad”. Tablas 3, 2005

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