Lorena V. F. inicia su poemario Vasos con fresas (Ediciones La Luz, 2025) con el siguiente verso: “Soy una matrioska de tamaño humano”. Ella sabe que la esencia de intentar ser una matrioska de tamaño humano no es solo parecerse a una matrioska, ese objeto que ha dejado de ser un juguete tradicional ruso para acabar en muchos muebles como un elemento decorativo, un souvenir comprado en tiendas de artesanía o en aeropuertos. Tampoco lo es albergar en el interior una nueva muñeca y esta a su vez a otra y así hasta la más pequeña de las figuras: el fruto de la nuez, el corazón del grano de arroz…

Lo anterior es consecuencia del hecho de ser matrioska y hay que asumir las peculiaridades de lo que se es o se quiere ser. La cuestión, en su caso, no es las muchas figuras que contenga como matrioska, los tantos órganos de su cuerpo contenedor de otros cuerpos, sino la variedad de sus formas. La forma como irreverencia y como singularidad.

El libro Vasos con fresas podría funcionar también como una matrioska.

En las matrioska, sabemos, hay similitud de formas y diseños; pueden variar los elementos decorativos, aunque manteniendo sus madres y sus flores coloridas. Pero no hay similitud de tamaño. Esa es la esencia de las matrioskas. Contenerse. Contener a otra. Expandirse y contraerse. En cambio, la matrioska de tamaño humano de Lorena al abrir la superficie deja ver una forma diferente y otra y luego otra más singular. No son todas —como en las matrioskas rusas— del mismo corte de madera. Al contrario. En la singularidad de estos múltiples yo radica la construcción de identidad y las formas de estos órganos: un cerebro como tijeras de sastre y dentro de este, un corazón en forma de ojo turco y luego, abierto el ojo turco, los pulmones similares a un caballo de carrusel y así… como si el jeroglífico fuera un palimpsesto y para leerlo y llegar a la escritura primigenia, a la raíz de los misterios, hubiera que conocer y leer las capas previas.

Vasos con fresas —ganador del Premio Nuevas Voces de la Poesía 2024, organizado por la Sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín y Ediciones La Luz, cuyo jurado tuve la oportunidad de integrar junto a los amigos poetas Nelson Simón y Laura Ruiz— podría funcionar también como una matrioska. Uno va abriendo un poema y escrutando un órgano. Palpando en la lectura sus formas y sus presagios. Temiendo, al mismo tiempo, que una de las capas esté rota o fragmentada. Pero buscando —porque la poesía es justamente búsqueda— la última y contradictoria figura. Esa que puede resguardar, en el interior de sus cavidades, versos de la belleza de estos:

Se fue temprano, como las madreselvas

y dejó su nombre, palíndromo y católico,

que ninguna de nosotras ha usado todavía.

Lorena arma esta matrioska como si su poesía estuviera surcada por desenfadados filigranas de escritura. Ha maniobrado con los hilos y lo ha hecho con las habilidades de la alta costura, pero los hilos se le revelan mostrándose como hilachas y las palabras se adhieren a ellas: a veces benéficas, a veces enervadas, a veces, lacerantes… Las hilachas dejan entonces poemas agujereados de vida, sangrantes, estriados de memoria pero también de dudas y dolor. Poemas que muestran su imagen fragmentada frente al espejo: hexaedros, triángulos, octágonos coloridos como en caleidoscopio (…) un día en que el pavimento estaba / cubierto por las flores del cedro. La poesía se abre a la intemperie, lanza sus estertores silvestres y nos advierte que si no tienes frustraciones no deberías estar leyendo esto. Por eso este poemario es un “material biográfico” y puede, al abrir otra capa de la matrioska, contener un órgano en forma de caja de zapatos rectangular: con tapa, de cartón común y corriente, en la que faltan las fotos pero caben flores secas y otras extrañezas que no son más que recuerdos familiares, su patrimonio, las formas domésticas y sentimentales de la memorabilia, los anclajes que le permitan reconocerse en cada una de esas capas. Transmutación y metamorfosis. Poiesis.

“Lo suyo son territorios donde florece la poesía en estado casi virginal, en espera de la escritura (…)”.

A Lorena parece no interesarle —y no es que descree de ellos ni de sus herramientas— los grandes relatos ni las narrativas clásicas. Ni la referencialidad para conformar el cuerpo candente del poema. Cuando más, somos partícipes de un diálogo de conocimiento y autoconocimiento con la pintora mexicana Frida Kahlo: Conociéndote, tratarás de salvarme / Conociéndome, me dejaré morir. Ella ha armado otro corpus, uno que es tan íntimo (y por tanto, tan expuesto) como los procesos y sucesos más cotidianos y para muchos, intrascendentes. Lo suyo son territorios donde florece la poesía en estado casi virginal, en espera de la escritura y mirando desde los ojos de un conejo; pero al mismo tiempo, Lorena ha logrado expandirlos y convertir, por ejemplo, la “vulgaridad” de una caja de zapatos en algo que se lleva demasiado consigo, llenando los espacios, de tal manera que se acaba siendo “eso”. Asimilando añadidos y roturas. Creando territorios para el zoomorfismo y el cremamorfismo. O sea, la figura literaria contraria a la personificación. Pues a partir de asociaciones o alegorías, en varios poemas afloran rasgos no humanos que se atribuye a un ser humano. Ya sean de animales o de seres inanimados como base de la comparación. Una matrioska, una caja de zapatos, una cabeza que se prende en la oscuridad o en “Perra pulgosa”: Cogí el hueso en el aire y empecé a perseguir mi propia cola / Tenía celos y pulgas por todo el lomo.

Estos versos de Lorena V. F. son como la matica de bledo de su poema. Es cierto que casi nadie le pide magia a lo cotidiano / ni espera que un milagro le alegre el día / (o la semana). Pero mientras el hombre del carrito de helados se aleja por la calle con su tonada cansina, nos miramos las manos. Las tenemos manchadas despues de la lectura. Los pedazos de flores maceradas están en el suelo. Alguien ha salido a la calle con los pétalos violáceos (y violentados) de la orquídea en su estómago. Miras el vaso de cristal adornado con fresas, el sobreviviente a la caída, los presagios y las partidas; piensas que en ese momento una matica de bledo continúa su crecimiento obstinado / en la intemperie, en el asfalto y que por eso debes cuidar el vaso que quedó. Un vaso con fresas que puede estar en el corazón de la matrioska, haciendo posible que suceda el poema.