Conozco a buenos académicos de las ciencias sociales, con un ojo en los libros y otro en la calle, que saben sentarse con paciencia en las bibliotecas y los archivos y caminar antes y después junto al pueblo en sus luchas por la justicia, usar indistintamente el microscopio y el catalejo, para no confundir lo coyuntural con lo trascendente. Ninguno es aséptico, o imparcial: la justicia, y la verdad que la acompaña, son sus metas. No existen verdades abstractas en la sociedad, ajenas al destino de sus hombres y mujeres. La objetividad es el apego a esa máxima. Por eso no sorprende que los que claman por una mirada descomprometida, acaben por mostrar su compromiso con el opresor, y sus declaraciones sean escandalosamente parciales. Eso ocurre con la propuesta del actual ejecutivo de la sección Cuba de LASA, que ahora circula entre sus miembros y que algunos de ellos, ofendidos, me han hecho llegar. Si alcanzara la mayoría de votos conoceríamos de inmediato el resultado; si por el contrario, fuese rechazada como sugieren las reacciones observadas, ¿lo sabríamos? La democracia de los des/comprometidos tiene la misión de imponer la visión del Poder.

Veamos el contexto: el actual gobierno estadounidense se acoge a un principio propio del reino animal, el que establece la victoria del más fuerte. A estas alturas de la historia humana, situados a un siglo, poco más, poco menos, de las dos Guerras Mundiales, parecería imposible tal regresión, que pretende como entonces la repartición del mundo en esferas de influencia. Hay una verdad sencilla y a la vez de colosal trascendencia —que nadie menciona, como el origen del malestar imperial, pero todos conocen—: la conquista de la independencia real de Cuba en 1959, una pequeña isla a solo noventa millas de los Estados Unidos, después de 57 años de república neocolonial, y ¡su preservación durante los siguientes 67 años, a despecho de un criminal bloqueo, acciones terroristas e intentos de asesinato a sus líderes, ejecutados por la ex metrópoli! Cuba, sin grandes recursos naturales (si no incluimos su mano de obra calificada), pero situada en la estratégica división por mar entre el Norte y el Sur de las Américas, es sobre todo un símbolo de rebeldía y de resistencia.

“…no sorprende que los que claman por una mirada descomprometida, acaben por mostrar su compromiso con el opresor, y sus declaraciones sean escandalosamente parciales”.

En río revuelto, aparecen los pescadores que aprecian la escalada de la confrontación directa y de las amenazas de estrangulamiento o invasión militar de los Estados Unidos sobre Cuba, como una oportunidad de oro para retomar el proyecto neocolonial. La vice burguesía cubana, como llamaba el Che Guevara a las burguesías latinoamericanas dependientes del amo, ya no existe, ahora es parte de la burguesía imperial, perdió el espacio que le otorgaba, no por sus intereses, sino por su ubicación geográfica, el adjetivo de cubana. Y utiliza el nombre de la antigua Patria no como ara, sino como pedestal; no ve a un pueblo heroico que ha conquistado derechos, ve un terreno y una población por explotar. Esa burguesía antinacional, atrae a los que sacan provecho (material o de supuesto prestigio en el mundo hegemónico) de sus capacidades o de su formación intelectual, a los neocolonizados de conciencia, a los explotados que sueñan con ser explotadores y nunca lo serán. No tiene fuerzas, ni prestigio, ni proyecto verdaderamente nacional que ofrecer a los cubanos, solo apuesta por el cansancio, por la desesperación de la gente que habita el país; por eso repite las exigencias del imperio (ese es su programa) y se hace de la vista gorda ante el cerco.

“…la política revolucionaria, asentada en principios, no en cálculos, en su confianza en el pueblo, es el arte de ‘lo imposible’”.

La Sección que debe representar los intereses de Cuba en la mancomunidad académica de las Américas, habla, junto al gobierno totalitario estadounidense, de “totalitarismo” en Cuba, y desconoce las masivas marchas que enarbolan la consigna “Cero Reyes” en los Estados Unidos. No piden la invasión, pero exigen —y de esa manera la respaldan— lo inaceptable: la rendición. Esta declaración espuria, entiende la política como oportunidad, no cree en el pueblo (cree que todos fingen, porque alguna vez ellos fingieron, que todos practican la “doble moral”, porque ellos la practicaron) y calcula que la asfixia provocará lo que les parece natural, inevitable, razonable. Sus autores reducen “lo posible” a lo visible, a lo mediocre. Pero la política revolucionaria, asentada en principios, no en cálculos, en su confianza en el pueblo, es el arte de “lo imposible”, no como acto de magia, sino como ruptura colectiva de los viejos límites: es el imposible de Céspedes, de Maceo, de Martí, de Fidel. Por eso, aunque no lo digan, no descartan la solución extrema: la invasión, la muerte de todos los revolucionarios.

Sus conceptos manipulan la realidad: la crisis es “sistémica”, no la provocan las medidas extremas de asfixia, aunque saben que se nos prohíbe usar el dólar, recibir préstamos, comerciar con otras naciones o empresarios, importar petróleo, como en su momento prohibieron importar respiradores artificiales que salvaban vidas. Hablan de “protestas populares” inducidas desde el exterior, resultado del sostenido castigo que provoca el bloqueo a los cubanos —no pueden explicar por qué esos breves actos de desesperación no se convierten en sublevación nacional contra el Gobierno del pueblo—, y se enfurecen ante la multitudinaria concentración de millones de cubanos en respaldo a la Revolución este Primero de Mayo, la exigencia del pueblo a su Gobierno de no claudicar. La no existencia de la sublevación es “explicada” por la represión; la concentración multitudinaria de los revolucionarios y de los patriotas, y la firma masiva de los ciudadanos del país a favor de la paz y el socialismo ­­—entre ellos, la de los intelectuales y artistas que saben estar junto al pueblo y comprenden su responsabilidad histórica—, porque son obligados. ¡Qué poco conocen al pueblo cubano! Les duele que la Uneac responda con firmeza. Participan de manera indirecta en la guerra de reconquista, aunque digan defender la paz y la soberanía cubanas, y piden con sospechosa candidez que la Revolución no se defienda.

“…se enfurecen ante la multitudinaria concentración de millones de cubanos en respaldo a la Revolución este Primero de Mayo, la exigencia del pueblo a su Gobierno de no claudicar”.

Hay un conflicto mayor, que tiene raíces profundas en la historia patria, advertido y denunciado por Maceo, Martí, Varona, Collazo, Sanguily, Cisneros Betancourt, Gandarilla, Mella, Martínez Villena, Guiteras, Guerra, Roig de Leuchsenring, Echeverría, el Che Guevara, Fidel, entre muchos otros: la apetencia imperial estadounidenses sobre la Isla de Cuba. Los gestores del documento pretenden que nos olvidemos del imperialismo, precisamente cuando este anuncia la posible invasión de la Isla. Hablan de “conflictos internos” sin causas externas. La desesperación que muestran, e incluyo a quienes los acompañan en la cruzada, solo puede explicarse por la no confesada derrota (Diario de Cuba trata de orientar a su claque, dice que la declaración es “torpedeada por agentes de influencia” del oficialismo, y menciona, por cierto, una digna carta de respuesta de Aurelio Alonso) de esa maniobra, muy cercana a la traición. Trump y Marquitos no andan con rodeos, ni justificaciones “humanitarias”: ellos quieren repartir el pastel que simboliza a Cuba, tal como hacían los capos de la mafia en la famosa escena de El Padrino. Los que atizan o construyen contradicciones internas en Cuba que servirían de pretexto para la intervención militar, usan el lenguaje y justifican la agresividad del imperialismo, no pueden reclamar la pertenencia a una nación que sufre las consecuencias de esa agresividad y no claudica, que está dispuesta a morir en defensa de su soberanía. El diálogo nacional que se invoca no podrá incluir jamás a quienes se afilian, en la práctica, a los intereses imperiales. La coincidencia los descalifica.

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