Ernesto Oliva describe su disco como un híbrido, un fenómeno, un resultado que nace en la frontera donde la música popular y la de concierto se miran a los ojos y, en lugar de pelearse, deciden abrazarse. “Literalmente hablando por el tipo de corriente que suele darse en este tipo de trabajo”, dice con la honestidad de quien sabe que está pisando un territorio aún en construcción.

De regreso a la aldea es un DVD grabado en vivo en los Estudios Abdala, con público presente, y concebido como una sola obra, una gran suite que se fragmenta en danzas. El músico guantanamero lo advierte desde el principio: no hay un tema emblemático. Cada oyente elige el suyo, y eso, para él, es el verdadero termómetro del éxito.

El título responde a una necesidad espiritual. Después de Mi aldea (Egrem, 2020), Oliva sintió el impulso de regresar a esa zona de confort donde todo comenzó. “Para atrás ni para coger impulso”, ironiza, pero luego confiesa: el retorno a su tierra, a Guantánamo, es un permiso que se concede para tomar fuerzas y seguir adelante. La aldea no es solo un lugar geográfico, sino un estado del alma, y este regreso, por paradójico que parezca, es movimiento puro.

Un pianista sin fronteras reconcilia el changüí y la cámara en un concierto que es pura celebración. Fotos: Tomadas de Juventud Rebelde

Los géneros que predominan en el fonograma son aquellos que laten en las provincias orientales: changüí, nengón, kiribá. Oliva los reencuentra con la factura pianística y orquestal, algo que —reconoce— es una rareza dentro del canon académico.

El reto principal, explica, ha sido mantener una línea fina entre dos mundos. Si la música se inclina demasiado hacia lo popular, pierde el rigor de la cámara; si se vuelve excesivamente académica, ahoga las ganas de bailar. El balance es un acto de equilibrista, y Ernesto lo sabe. Por eso celebra que, desde la butaca, alguien sienta la tentación de soltarse el pelo y levantarse. Ese impulso, dice, ya es un triunfo.

La curaduría del disco ha sido minuciosa, casi obsesiva. Oliva confiesa que puede pasar horas diseñando el viaje sonoro. El concierto abre con “De regreso a la aldea”, un tema brioso donde cada sección de las cuerdas tiene su solo: primeros violines, segundos, violas, chelos. El contrabajo sustituye a la marímbula como función rítmica, y el piano ocupa el lugar del tres, ese instrumento que define el changüí. A partir de ahí, la travesía se despliega como una jornada campesina. “Café changüiao” evoca una mañana soleada, “Sonengueao” mezcla el son con el nengón —ese último, el más cadencioso, el que se baila sin levantar el talón para no aplastar los granos de café extendidos en el suelo. La imagen es tan hermosa como precisa.

Luego viene un interludio breve, … y “Tu lluvia”, donde el público interviene con chasquidos de dedos para simular un aguacero. Es una pieza pequeña, pero atraviesa el corazón. Habla de aquellos que ya no están y de la necesidad de imaginar la lluvia mojándoles el rostro. Más adelante, “Son del guateque” recupera la fiesta campesina, mientras “Chipa’e tren” —bebida de los años noventa, tan fuerte que si te caes produces chispa— se queda solo con la Camerata Romeu, sin el cuarteto. Es un respiro en la dramaturgia, un cambio de textura que funciona como un guiño visual dentro del DVD.

Ernesto Oliva fusiona lo popular y lo académico en un viaje pianístico de regreso a las raíces orientales.

El compositor reconoce una deuda enorme con Olivia Rodríguez en contrabajo, Alejandro Aguilar y Jesús Estrada en las percusiones. Ellos han desandado el camino con él una y otra vez. Y, por supuesto, con Zenaida Romeu y su Camerata, dirigidas por la maestra que supo leer estas partituras híbridas sin prejuicios. Juntos logran que el oyente sienta ese retorno a casa, ese reencuentro consigo mismo que Oliva propone como experiencia central.

Entre las obras más personales aparece “Pa’ ti”, un son que el pianista llama “mi Yolanda”. Sencilla, pero profundamente especial. Funciona como el clímax del concierto, no por ser la más ruidosa, sino por ser la diferente. Y luego, “Pa’ Pastorita, ¿un guarareaux?”, una versión del “El guararey de Pastora” de Roberto Baute —popularizado por Juan Formell— a la que Oliva añade una terminación francesa y haitiana para jugar con el género y la ironía. El cierre llega con “¿Cañenga?”, una interrogación lanzada al aire. ¿Podrá o no podrá bailar esa vieja cañenga con el ritmo que lleva la pieza? La pregunta queda abierta, como debe ser en todo buen regreso.

El álbum ha obtenido cuatro nominaciones en los Premios Cubadisco 2026: Música de Cámara, Audiovisual (Concierto Largometraje), Diseño de Sonido Ambiente No Controlado (donde destaca la labor del ingeniero Daniel Legón) y Notas musicológicas escritas por Carmen Souto.

Ernesto Oliva lo ha logrado. Su recomendación final para disfrutar el material es clara: un sábado por la mañana, con café, viendo primero el DVD —con su making of, sus explicaciones entre pieza y pieza, su calidez testimonial— y luego dejándose llevar por el audio en Spotify. O, si la magia atrapa, repetir una y otra vez como si fuera esa película que siempre apetece volver a ver porque, al fin y al cabo, De regreso a la aldea no es solo un concierto: es una declaración estética, y también una invitación a que cada cual reconozca la suya.