El presente testimonio lo publicó Manuel Carnero hace 40 años, en agosto de 1978, hasta donde sabemos por única vez, en la revista española Tiempo de Historia [1]. A su hijo Manolo, amigo de la infancia, y a su familia les agradezco haber podido organizar estas cuartillas. Su hija Dolores me escribió las siguientes líneas, que resumen mejor que nada el espíritu que me motivaron a compartir con otros estas memorias comentadas: “En estos tiempos en que muchos desgraciadamente olvidan nuestra Historia, es (necesario) recordar que hombres de cualquier época y de cualquier país entregaron su juventud, sus ilusiones y su rebeldía para lograr una patria mejor, ya sea creando el Quinto Regimiento en España, haciéndose a la mar para (trabajar por) Cuba o combatiendo en cualquier lugar del mundo…”.

Del Cuartel de la Montaña al Quinto Regimiento

Manuel Carnero Muñoz

Las calles de la barriada de Cuatro Caminos que convergían en la Glorieta, ofrecían un aspecto desusado en aquellas noches de julio de 1936. Cuando las familias regresaban de los cines de perra gorda que se instalaban en los solares, o cuando se acababan las tertulias en los aguaduchos, en que se hacía horchata o agua de cebada, aparecía una nueva especie de noctámbulos que, en pequeños grupos, iba de esquina en esquina, recorriendo Pablo Iglesias o Raimundo Fernández Villaverde, bajando por Santa Engracia o Bravo Murillo, estableciendo contacto con otros grupos que estaban por Quevedo o por la Glorieta de la Iglesia, o llegando, en un incansable caminar, hasta Tetuán.


Era extraordinario el trajín de aquellas largas noches, en las que el cierzo del Guadarrama calmaba un poco el calor agobiante. Aquellas porciones de pueblo madrileño, hombres de 20 a 50 años, junto a muchachuelos que apenas llegaban a los 15, eran ejemplo de seriedad y serenidad. Había republicanos, comunistas, socialistas que tenían a Largo Caballero por un Lenin, jóvenes que habían forjado en aquellos días su unidad en la JSU, procedentes de las dos vertientes políticas obreras.

Edición número 45 de la revista Tiempo de Historia.


Todos ellos eran conscientes del grave peligro que atravesaba la patria. No hacía mucho habían asistido al entierro de Juanita Rico, la joven socialista, asesinada cuando volvía de una excursión dominical y habían presenciado con profunda emoción, como el aviador Arturo González Gil, arrojaba desde su avioneta un ramo de rosas sobre el féretro de Joaquín de Grado, secretario de la Juventud Comunista de Madrid, también asesinado. La sangre de Juanita y de Joaquín, había sido basamento para la unidad de los jóvenes.

Se esperaba, se tenía la seguridad, de que iba a ocurrir algo muy grave y se comentaba, mientras montábamos la guardia en la barriada, la conducta sorprendente —calificada por algunos con adjetivos muy duros— de las autoridades republicanas.

El día 11, Rodríguez, un abogado que era secretario del Radio 10 de la JSU, comentaba con preocupación que el jefe del Gobierno, Casares Quiroga, después de escuchar la exigencia de los jefes parlamentarios del Frente Popular de que se adoptasen medidas contra los que preparaban la sublevación, afirmó que él estaba plenamente seguro de que no la habría.

Pero los acontecimientos iban precipitándose. Al día siguiente, a las 9 de la noche, pistoleros fascistas, abatieron a tiros al teniente de asalto, José Castillo. Por toda España se repetían los atentados a gentes de izquierda, en medio de la mayor impunidad. La indignación crecía por momentos.

El jefe del Gobierno, Casares Quiroga, tuvo una actitud de vacilación ante el alzamiento militar y no quiso entregar armas al pueblo.

El día 13, dirigentes del PSOE, PCE, JSU y UGT se entrevistaron con Casares para exigir, ante la inminente amenaza fascista, que se armase al pueblo. El inconsciente jefe del Gobierno se negó nuevamente a tomar las medidas oportunas. La espiral de violencia parecía incontenible y el pueblo, la clase obrera, permanecían desarmados, sin poder hacer frente de una manera efectiva, al golpe que estaba a punto de producirse. En la madrugada del 13, guardias de asalto pertenecientes al grupo del asesinado teniente Castillo, secuestraron a José Calvo Sotelo, considerado como uno de los más caracterizados jefes de la sublevación y le dieron muerte. En las tensas noches de espera llegaban noticias traídas de boca en boca. Se hacían cábalas. Cada uno contaba los hechos a su manera.

—¿Se sublevará Cabanellas?

—No, si siempre ha sido republicano.

—Y Aranda, ¿también es republicano?

—Parece que sí y también es republicano o lo fue Queipo de Llano.

—Quién sabe, quién sabe. Yo no me fiaría de ninguno. Nos va en ello la vida…

Con estos comentarios y preocupaciones se pasaban las noches. Con la espera anhelante de las armas que no llegaban. Y al amanecer unos íbamos al trabajo, tras haber echado un simple pestañazo allí, en la misma calle, mientras otros se mantenían vigilantes. El 17 se despejó la incógnita. Ya no había duda. En Marruecos había estallado la sublevación. Supimos de la reunión del Consejo de Ministros. Esperábamos una decisión firme. Pero Casares quitó importancia al hecho. La inconsciencia seguía dominando. Una delegación del Frente Popular le visitó para exigirle, otra vez más, que se armase al pueblo. Ya se había sublevado Queipo de Llano en Sevilla. Casares contestó: “No me opondré a que les entreguen las pocas armas de que disponemos. Pero, antes, yo dimito”.

Esa misma noche, Pasionaria habló por Unión Radio de Madrid, llamando a republicanos, socialistas, comunistas, a todo el pueblo a la lucha.

Casares dimitió. Parecía una trampa preparada. Efectivamente, en la madrugada del 19, a las 3:30 se anunció la formación de un Gobierno presidido por Martínez Barrio. Y se supo que ya se había hablado con los generales sublevados.

—Nos van a entregar atados de pies y manos —decía la gente.

Dolores Ibárruri, Pasionaria, llamó a republicanos, socialistas, comunistas y a todo el pueblo a la lucha.

Pero el pueblo no se acobardó. Se lanzó a la calle para impedir la capitulación. Aquella mañana dominical del día 19, la Puerta del Sol era un hervidero. Por todas partes llegaban hombres y mujeres, de Cuatro Caminos, de los Carabancheles, de las Ventas, de Vallecas… Se gritaba contra el Gobierno de capitulación y se exigían armas. A las 4 de la tarde se anunció la constitución de un nuevo Gobierno, presidido por José Giral.

Volvimos a Cuatro Caminos. Había prisa. Se sabía que Fanjul estaba en el Cuartel de la Montaña, que durante la noche habían entrado falangistas en el mismo, que se aprestaban al combate. Estábamos preocupados con las noticias de Campamento, de Carabanchel, de Cuatro Vientos. Y pensábamos que no podíamos estar inactivos.

Con una sensación de alivio recibimos la noticia. Se acababa de constituir la Comandancia General de Milicias. Su jefe era el comandante Barceló, un militar que merecía confianza. Supimos que se había acordado constituir cinco batallones de voluntarios, que estarían dotados de 300 fusiles y dos ametralladoras cada uno. No era mucho, pero era algo.

Estrechamente unidos, comunistas, socialistas, los jóvenes socialistas unificados empezamos a planear la organización del Quinto Batallón de Voluntarios, que debía tener como base de reclutamiento la zona de Cuatro Caminos.

Hacia esa barriada, a su centro, casi a la misma Glorieta, en un callejón sin salida, a la casa que cerraba esa salida, llegaron un comandante del Ejército y dos capitanes, Miguel Gallo, el que conocíamos desde la sublevación de Jaca, en la que ambos habíamos participado y Arturo Arellano, que estaba retirado y que venía como una especie de uniforme deportivo de pana. A ellos se unió otro militar, Francisco Galán, hermano de Fermín, también retirado, militante comunista muy popular y querido. El comandante era un militar cargadísimo de prejuicios y sobre todo con un santo temor a los comunistas. A la casa llegó también el armamento y la munición.

El pueblo celebra en Madrid la toma del Cuartel de la Montaña.

En esa noche histórica, cálida, con apretadas discusiones, estaba naciendo el Quinto Batallón de Voluntarios. El parto fue difícil. El comandante se resistía. No quería que los comunistas fuésemos parte del batallón. Discutíamos acaloradamente. Los dirigentes socialistas, Rodríguez, secretario de la JSU, Santiago, organizador del Radio Norte del PCE, Gallo, Arellano, Galán, todos le hacíamos ver la urgencia que teníamos, que ya se había producido la sublevación, que era necesaria la unidad más estrecha. Y abajo, en la calle, centenares de hombres se apretujaban a la espera de las armas.

El comandante Barceló envió a Cuatro Caminos al teniente Justo López Mejías, su ayudante, otro oficial de los de Jaca, para inspeccionar cómo marchaban las cosas. Le explicamos con claridad la situación planteada, la inactividad del Batallón, aún en estado ultrauterino, mientras, según nos informaba el propio Justo, ya deberíamos estar saliendo hacia el Cuartel de la Montaña.

La autoridad que López Mejías traía, obligó al comandante a aceptar la decisión justa. Los fusiles se dieron a los miembros de las organizaciones antifascistas. Las dos ametralladoras a los que sabían manejarlas. El jefe de esos equipos fue el dirigente comunista del Metro, Esteban Díaz, que había sido en el ejército soldado de ametralladoras.

Gallo, Arellano, Galán y los que habíamos hecho el servicio militar, enseñamos al resto de los voluntarios el manejo de los fusiles. Una enseñanza muy elemental y rápida. Cómo poner en el peine las balas, cómo mover el cerrojo, cómo disparar. Y casi nada más. En esa afanosa enseñanza transcurrirían los últimos minutos hasta el alborear.

Y cuando ya se encendía el sol por el horizonte, unos cuantos tranvías chirriantes, los famosos 17, cargados con el batallón, bajaron por Bravo Murillo hacia Quevedo y enfilaron la calle de San Bernardo. En esa calle, al llegar a la esquina de Quiñones, desde los tejados de la iglesia nos hicieron nutrido fuego de fusil y pistola. Los hombres se arrojaron de los tranvías y quisieron asaltar el edificio que había dejado de ser santo para transformarse en un reducto faccioso. Trabajo costó —¡cuántas voces tuvimos que dar!— para que los tranvías siguiesen su marcha, sin hacer caso al pequeño obstáculo que trataba de impedir que se cumpliese el objetivo de llegar a la Montaña.

Instantes del asedio al cuartel.

Y al fin se llegó. Y allí los hombres de Cuatro Caminos se unieron a otros que venían de todos los rincones de Madrid y allí unos y otros presenciamos la llegada del cañón que lanzó las primeras granadas sobre el cuartel de la calle de Ferraz. Y se observó al avión que arrojó unas bombas sobre el edificio. Todo el mundo se lanzó hacia las puertas. Y penetró dentro. Y derrotó, con el empuje de sus cuerpos a los fascistas encabezados por Fanjul. No podemos olvidar, por lo significativo que fue en aquellos momentos, que junto a los hombres del Quinto Batallón de Voluntarios, había un destacamento de la Guardia Civil que cumplió con su deber, contribuyendo a la toma del cuartel.

Los hombres del Quinto Batallón tenían ya su bautismo de fuego. No sabemos cómo volvió cada uno. Pero triunfantes y jubilosos nos reunimos de nuevo en la Glorieta. Mandando la tropa estaban Gallo, Arellano y Paco Galán. Analizamos lo que había que hacer. Adiestrar a los milicianos, organizarlos, ponerlos en condiciones de combatir, pues aunque algunos creían que todo había acabado, muchos pensábamos que la lucha iba para largo.

No sé cuál de los militantes dijo que necesitábamos un cuartel. Se nos dijo que el convento de los Salecianos, sito en la calle de Francos Rodríguez; había sido abandonado días antes… Inicialmente, cuando lo “ocupamos” nos pareció un sitio ideal para cuartel de un batallón. Un patio amplio, un edificio al fondo, formando una “L”, una iglesia a la entrada.

Milicianos del 5to Regimiento. En la bandera, el nombre de Juanita Rico, joven socialista asesinada por el fascismo.

Por todo Cuatro Caminos había corrido la noticia de que en el convento de los Salecianos se estaban entrenando las milicias. Continuamente llegaban hombres y mujeres para enrolarse. Al dominarse la sublevación de Madrid, la Comandancia de Milicias había decidido, con el material capturado, intensificar el armamento del pueblo. Nos dieron una orden para recoger 3,000 fusiles y 12 ametralladoras. Sinforiano Diéguez fue a recoger el armamento. En Francos Rodríguez se iban concentrando hombres y mujeres de todo Madrid. Y empezaban a llegar dirigentes comunistas. Allí estaban Pepe Díaz, Pasionaria, Checa. Se empezaron a montar oficinas. En el patio se iniciaba la instrucción de los milicianos, la enseñanza del manejo de las armas. Alguien, creo recordar que fue Checa, comentó viendo la afluencia entusiasta de futuros combatientes:

Esto ya no es un batallón. Parece un regimiento.

En aquellos momentos, de una manera natural, todos empezamos a sustituir la palabra batallón por regimiento. Y así nació el Quinto Regimiento que ha pasado a las tradiciones heroicas de nuestro pueblo. De allí, el cuartel de Francos Rodríguez, empezaron a salir las primeras milicias organizadas, para cortar el paso a los que querían ocupar Madrid. La guerra no la había querido el pueblo español. Pero a ella fue obligado. Y es una página de gloria y de honor. Somos conscientes de que no debe repetirse, de que nunca más debemos combatir los españoles entre nosotros. Pero hoy, debemos recordar el esfuerzo extraordinario que hubo que hacer para resistir en una guerra de 32 meses. Y en esa resistencia jugó un papel excepcional el Quinto Regimiento.

Desde los 300 fusiles y las dos ametralladoras iniciales, hasta los 60,000 hombres que tenía el Quinto Regimiento, el 27 de enero de 1937, cuando se autodisolvió para fundirse en el Ejército Popular, hubo un intenso proceso de superación organizativa, política y militar. Un camino continuamente ascendente. Las Compañías de Acero. Los cuatro batallones que popularizara la canción. Las seis primeras brigadas mixtas.

La verdad de esa historia fue cantada en todos los frentes con la música de “Las bodas de Luis Alonso” del maestro Jiménez y a sus ecos, marchaban los hombres a la victoria en los momentos más duros de la guerra: Una mañana de julio/ en el patio de un convento/ el Partido Comunista/ formó el Quinto Regimiento.


Referencia:

[1] Manuel Carnero Muñoz: “Del cuartel de la Montaña al 5º Regimiento”, Tiempo de Historia, 45, (agosto 1978), 4-11.