Seguro que fui yo quien, luego de leer algunos de los poemas de este libro, gestionó su publicación en La letra del escriba, impactada por su crudeza o su espíritu de denuncia. Pero eso fue hace como diez años y ahora son parte del libro La maquinaria, [1] de Leonardo Guevara, publicado este mismo año por la Editorial Casa Vacía. Su argumento, a la manera que lo enfocaría Montale, es la condición humana considerada en sí misma, no como acontecimiento histórico, condición que abarca a toda la poesía; o ya, para ponerlo en contexto, la deshumanización que caracteriza a la sociedad contemporánea ante un yo–cuerpo que busca acomodo entre el desarraigo y la aventura.

Nos entregan aquí las hojas caídas y las hojas salvadas de un hijo del sol —Ilias— que pone toda su energía en conocer el mundo, que no solo está en su país, y advierte los desafíos del verbo “regresar” —Nostos— vinculado a la palabra nostalgia, asociada al dolor emocional generado por la ilusión o anhelo del regreso al hogar, y los riesgos de la fama, el renombre o la gloria que pudiera alcanzar —Kleos—, o lo que saben los otros sobre ti. Estos tres conceptos nombran las partes de su libro: “Ilias”, la más extensa, “Nostos” y “Kleos”.

El libro sella la experiencia de un viaje físico, espiritual y hasta filosófico. Foto: Tomada de Pixabay

El libro está impreso en una grafía que imita las maneras de las letras de la máquina de escribir, y cuenta con ilustraciones que a veces llegan a ser como propios poemas del mismo, más allá de la apoyatura que le brindan. Son una especie de penetraciones del conflicto del yo lírico. Estas hojas caídas o recuperadas, que sellan la experiencia de un viaje físico, espiritual y hasta filosófico, están marcadas por un profundo sentimiento de desarraigo al que inevitablemente han presidido el reflejo y la reflexión sobre las raíces:

“Gumercinda”

Gumercinda

El sacerdote

_díjole_

el castigo será

hija del infierno

profana, hereje

La peste cub(r)a

tu cuerpo

amonéstole

sin saber que

esclava Gumercinda,

era hija de Congo

con un muerto llamado rompe

piedra.

(Nunca habló la lengua

y prefirió

quedarse mudo)

Esclava, bajaba a su muerto y olía a grajo.

En cada

paso que daba la

tierra movía, hija de Oggún

sin cepo que le doblegara

mataba a sus hijos.

No dar luz, riquezas ni bienes a sus amos.

El látigo

le hizo una marca en la cara

ya el cuchillo le había hecho otra.

Mataba a sus hijos

para romper sus cadenas

antes que llegaran a

prisión.

Esclava Gumercinda, qué nos harías

si nos vieras vivir

como estamos.

Tú comías la carne de tus amos,

sus huesos como

ave de rapiña.

Esclava \Gumercinda\

me toca. Dime

qué me dejan,

dime qué debo hacer

Yo no quiero matar a

mis hijos, no quiero comer

carne

yo descendiente

sin amo

país

no quiero morir

bajo un puñal que diga: muerto por una esclava

que no quiere que su

hijo sea esclavo

(pp. 8–10)

Es un canto a una rebeldía ancestral que siempre ha acompañado la razón de ser de los hijos de esta tierra. Rebeldía absoluta, paradójica y radical que por amor a los suyos el hablante lírico no quiere imitar, aunque proclama la posesión de esa sangre que declara tal rebeldía. En tal sentido reconoce lo fácil que es cometer actos que violen lo que significa ser un real ser humano (p. 12); o ve como alegoría de la sociedad y sus profundas vicisitudes a esos locos que bailan en las calles, a esos seres disminuidos desde el nacimiento. En este mundo deshumanizado que el poeta describe las relaciones de pareja son abordadas en más de una ocasión en el libro:

“Habitante de la pérdida y la cobija”

Pide acostarse sobre el cactus conceptual.

No erótico

tiro lo concreto por la necesidad de permanecer.

Ella da su símbolo en el momento en que posamos sobre el lecho. Amparado

por lo sobrenatural

soy un constructor.

Entre la madera _cuerda-floja_, el techo caerá.

Reparamos nuestras almas con materiales

que hincan la carne.

Lo encontrado desaparece,

nuestros muertos lloran

por el abandono al cual los hemos sometido.

(p. 14)

El desarraigo es parte constitutiva de ese hombre máquina o maquinaria que va a ser descrito una y otra vez en estos poemas. Foto: Tomada de la revista Palabra Pública de la Universidad de Chile.

En ocasiones se trata de una pareja que no puede permanecer anclada en su posible amor, pues le urgen otras fronteras a conquistar, y “reparan sus almas con materiales que hincan la carne”, cuando sienten que han traicionado a sus antepasados. En tal sentido a veces asume una poesía desde la desesperación (p. 32), que según Ángel Lázaro es la expresión más suprema de la poesía. Porque en este libro hay preocupación por una emblemática lealtad a los muertos (religión) y a los antepasados, que se verifica desde el poema inicial y se manifiesta también en el poema de cierre del mismo; y se refleja el hombre, perdido en el aislamiento de su isla, que contempla sin fe el abismo del mar y del horizonte:

“El Parquebote”

El agua sobre el cuello del deseo. La desesperación oliendo a sal, entrando en el Parquebote donde nadie puede merodear más de 30 minutos diarios y lo permitido es mirar el horizonte de proyectos del agua entrando en la nariz.

Tú no reconoces la bandera de estos botes. No puedes entrar al parque donde el patriotismo te decomisa sin ver tierras transatlánticas. Solo te dejan los ojos y un placer mental: no más de 30 minutos diarios para mirar el horizonte.

(p. 20)

Sorpresa grata nos causó y también cierta nostalgia el poema “Para Carlos Augusto Alfonso”: [2]

María Caracoles baila el Mozambique y en la comparsa sale Pello el Afrokán. Montado en los sesenta, el Pello sin hablar, subía y bajaba las manos. El cáncer se lo lleva de las mujeres en minifaldas.

Las negras, mulatas y rubias bailan dándole su última reverencia. Dobla las rodillas el Afrokán sin drogas contra el dolor.

Yo con un ritmo prestado voy a salir a pecho abierto. Detrás de la comparsa con la perga de cerveza en mano, miro el éxtasis del público cuando María Caracoles baila Mozambique.

(p. 22)

Toda una época inscribe el reflejo de Pello El Afrokan en un poema, con su trepidante Mozambique y su espectáculo magistral, televisivo y carnavalesco, una época que fue como un rapto para el buen cubano entre su eclosión y su muerte. Pero el desarraigo es el sentimiento que más asoma en estas páginas. Un desarraigo que construye un insilio ligado a una especie de exilio forzoso:

“País”

La máquina trabaja en nuestros cuerpos, etiqueta y moldea. Nos da unas marcas de por vida _ya fuimos destinados al acto de corroborar_. Las manos del operario nos ponen un sello y embotellan. Luego somos lanzados al mar por la incapacidad del sistema. Tú no llevas mensajes de amor, ni mujeres esperan por mí como a los héroes de guerra. Soy la deformidad _un rellenado de ideología_ rompiendo las fronteras sin contacto con la luz.

Tú y yo no tenemos padres esperándonos ni hijos que maten su ira en los ojos. Solo nos odiamos por nuestra relación incestuosa. Yo nazco de ti en la calle. Cual hijo bastardo te engendro en la costumbre. Tú me das los genes, me heredas en el orgullo. Pero debe existir algo que detenga estos golpes que nos damos en el rostro. Tú o algún dios deben darme una orilla donde asir mis pensamientos y romper el estereotipo que no sé quién creó.

(p. 24)

“(…) el desarraigo es el sentimiento que más asoma en estas páginas. Un desarraigo que construye un insilio ligado a una especie de exilio forzoso”.

El desarraigo es parte constitutiva de ese hombre máquina o maquinaria que va a ser descrito una y otra vez en estos poemas que tributan directamente al título del libro. El hombre máquina se impone sobre el ojo, lo adorna, es parte de su dibujo:

“La maquinaria II”

Me levanto a las 3 de la mañana. Voy a la fábrica, hago la línea entre discusiones y caras resentidas. Como si fueran mi prole, cajas sobre mis manos. El olor a shampoo resbala y desconfía de cualquier sentido.

Me levanto a las 3 de la mañana. Debo cruzar el parque. Me han dicho: “Cualquier disparo busca a un cuerpo”. Yo no veo el peligro que existe y me toca. Las cajas de shampoo me besan como lo haría la muerte; también le dan de comer a mi madre y a su útero extirpado, a la tuberculosis que duerme bajo la nieve. Soy la élite del servicio.

Me levanto a las 3 de la mañana. Paso por la frontera y no me detengo. La máquina está muy cercana a mí. (Yo) hago sus movimientos en cada paso que doy. Me hace odiar a los gansos que buscan sus migajas, mas me inserto en su deuda y sacrificio.

Me levanto a las 3 de la mañana. Soy una máquina más.

(p. 28)

El hecho de ser una máquina también te entrega a una especie de crucifixión, como lo explicitan algunos grabados del libro. Es el excesivo, aberrante e inhumano carácter del trabajo en la sociedad capitalista, donde el yo lírico intenta hablar a los otros, pero solo se comunica con su verdad. Una postal del desarraigo entre imágenes activas y penetrantes:

“El hombre taking a shower

En el sonido del agua vive el Hombre Taking a Shower _tan caliente como el país que dejó_, por la necesidad de lidiar con el frío. Y como a un toro le clavan una banderilla en su lomo, tocando las fibras sensibles de su corazón.

El agua cae tras la cortina que esconde el deslumbramiento. El hombre hace el intento de tocar cuánto resisten sus ojos. Ve el fuego ardiendo al rojo vivo y se pregunta cuándo terminará.

Hirviendo sobrevive con más de 100 grados asfixiándolo días y noches, días y días _toda la repetición ahogándose en su cabeza_ el agua, los shampoos, las cremas para el cuerpo y cuántos productos se necesitan. Todo al alcance de la mano, menos el funcionamiento de sus articulaciones y el recuerdo de un país.

(p. 27)

Porque “la máquina” es “[…] antídoto contra claustrofobia y aislamiento” (p. 34). En La maquinaria abundan textos sobre las obsesiones en una sociedad absurda, sobre su contacto con las tribus urbanas y su mundo peculiar. Entre el desarraigo y la raíz se acomoda el alma y la historia de este hombre que termina por fluir de alguna manera quizá indeseable, quien reacciona ante la fruitiva destrucción del pensamiento. Entonces se refiere a “intelectuales hundidos dentro de la isla y de los ahogados afuera” (p. 41), visión sobre su país y lo que llegan a ser sus ciudadanos fuera en la relación insilio–exilio–desarraigo: “Debo decir ha muerto mi padre, mas no soy su hijo”. Entonces surgen plegarias contra la deshumanización:

R e c a í d a

Ella fue a la iglesia a su reunión.

No quería tomar el camino equivocado.

Ve un hombre en la puerta.

Parece adicto al crack. Piensa.

La forma de mirar y su cuerpo

solo hacen darle la razón.

Otro hombre

que parece padre guarda _o cuida_

puerta, la muestra con su candado.

Dice

no dejes entrar al adicto.

Ella no sabe qué hacer. Solo está preocupada

por llegar tarde. Trata de esquivar

al hombre, hace un movimiento para dejarlo

afuera.

El adicto le mira y dice

no te conviertas así.

(p. 47)

“Romaní”

Mientras esperábamos teníamos conversaciones tontas. Tus ojos sin contacto con los míos. Tú, frente a mí, nómada y cartomántica me construías una historia. Yo veía tus vidas:

mujer, hombre y mariposa. Tú las mías, que nunca dices.

La otra mujer pone los ojos en blanco y cae. No intentamos levantarla, siendo tú romaní, yo extranjero. Después de unos segundos la rica despierta en su compostura, perturbada por mis palabras se aferra a su cartera como si nada hubiese pasado.

(p. 64)

En La maquinaria abundan textos sobre las obsesiones en una sociedad absurda. Foto: Tomada de Pixabay

El yo lírico, a manera de voyeur, narra sus impresiones en la gran ciudad, en la que el sexo, la prostitución y la pornografía son una presencia natural. El libro se mueve entre la experiencia del voyeur y el testimonio del viaje de la conciencia y del cuerpo del yo lírico por el mundo con su carga de placer, errancia y desarraigo, o la narración de experiencias amargas que aluden a un naufragio en éxodo que conllevó a una pérdida existencial:

It was a painful day

Mi hermano sin ser cristiano

ha querido caminar sobre las aguas 4

veces (supongo)

nacimos en un vientre

donde se trastorna el ser humano

y cambia de carácter según la luna.

Somos hijos del agua

los hijos del agua no

deben caminar sobre ella,

diría la madre.

Artefactos que flotan nos han trastornado,

todo es posible para salir

de la tierra y demostrar

que no solo el Cristo tuvo su calvario.

Yo

abandoné su vientre.

Mi hermano debe caminar sus propias millas,

donde un cuerpo demora

los días y el sol quema la espalda.

Vomita, la lengua se seca y

quiere agua sabiendo que es la muerte

entrando en la boca.

La madre del otro lado espera noticias

(pp. 86-87)

Porque “afuera el regreso no significa estar ni volver a nacer” (p. 89). Porque la curiosa, amplia y social significación de la palabra “extranjero” y “extraño” puede extenderse hasta los semas de “mendigo”:

B e g g a r s

Viajar en tren

es la experiencia de la que no se debe

prescindir. El paisaje,

los olores, la comida.

La vista en completo éxtasis.

En cada parada

los mendigos subían a los vagones.

Algunos tocaban mi pelo y pedían

dinero, otros comida. Parecía

yo el blanco a la diana

cual flecha debía llegar.

Un anciano

me enseñó la magia

y el gesto.

Mover la mano en círculo

repetidamente era el antídoto

contra los mendicantes.

Llegando a Sasan Gir

vi a mujeres

de

pañuelos cubriendo sus cabezas.

Movían sus cuerpos

balanceados por el viento

creando música. Bajé del tren,

quise traerlas en la cámara.

Me pidieron dinero,

dije no tener. Me negaron

la imagen y movieron sus manos

en círculos repetidamente.

(pp. 95-96)

En estas indagaciones sobre el desarraigo no faltan observaciones sobre la racialidad, donde confiesa que ser negro es ser la desconfianza (p. 33), y siempre saltar y sobreponerse (p. 69), y que los tipos humanos no dividen a la humanidad, quizá sí la dividan el genio, el talento, que es lo que engendra el gusto. Resaltan por su singularidad en este cuaderno los poemas que se refieren a otros bardos o a ideas vertidas por otros poetas con los cuales establece intertextualidad.

“(…) la poesía es un juego mortal que la misma vida establece con uno, y que, al decir de Pavese, tuyo es solo lo que regresa infinitas veces a tu fantasía”.

Pensemos en el que dedica al poeta suicida Juan Carlos Flores, donde refleja el drama de su vida y la certeza de su total desesperanza en el hombre, y de su propio aporte literario, referido aquí, y que está expreso en uno de los poemas de Flores donde proclama no poder escapar de la tradición, [3] o en su homenaje al gran poeta suicida Ángel Escobar, donde reconoce que su singularidad está armada con el dolor, el desastre, la muerte y la destrucción. También escribe un poema a partir del mulo[4] de Lezama, donde la violencia y la rebeldía de la realidad son apenas reflejadas en la escritura, y sirven de refugio al yo lírico:

Flagellum Dei

La excepción:

Ángel

escoba que

nos

mira y nos deja el

polvo tras

la destrucción.

No hay hierba

que

resista su paso

todo queda estéril,

sin fruto

en el verso

de algún poeta.

(Igualarse a la excepción

es muerte segura)

Entre los bárbaros

nos miramos con

recelo,

tras

el poder de su paso

bajábamos la cabeza

con miedo

a ser dominados por el

Rey

de los hunos.

Él y su poesía

barredora

eran el

Flagellum Dei,

la maldición

buscando

escape

en la tragedia de ver

Ángel

hacía caer

toda acción de

resistir

el dolor cuando

se convierte

en medicina.

Vio a un padre marcharse

con las manos llenas de sangre,

y

como la destrucción

de su psique

calmaba el trauma

que le engendró

en la poesía.

El barredor,

nos llamaba

a

la guerra.

Su conquista

era saber que no

hay poeta que lo iguale,

ni poesía que

nazca del dolor

más potente que la suya.

(p. 77)

El poema dedicado a Lorenzo García Vega profundiza en el hecho de ser aquella una sociedad que ignora el saber de un erudito. El reflejo de la deshumanización de la sociedad contemporánea es el pilar que entretejen los poemas de este libro porque su autor sabe, tal y como afirma Inger Cristesen, que la poesía es un juego mortal que la misma vida establece con uno, y que, al decir de Pavese, tuyo es solo lo que regresa infinitas veces a tu fantasía.


Notas:

[1] Leonardo Guevara. La maquinaria. Editorial Casa Vacía, Richmond, Virginia, 2026. Ilustraciones de Tagles Heredia Lemus. El autor, nacido en 1974 en La Habana, ha publicado Vida en comunión, Letras Cubanas, 2001, y Piramidal, Ediciones Extramuros, 2004.

[2] Hay varios poemas que utilizan una especie de dedicatoria como título propiamente, algo singular en las maneras de este libro.

[3] Véase el poema “Virgilio Piñera” de Juan Carlos Flores.

[4] Me refiero al poema de Lezama “Rapsodia para el mulo”.Javier

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