El domingo 26 de julio se cumplieron seis años de la partida de Sigfredo Ariel a esa rara estancia que llamamos eternidad.

Poeta, radialista, dibujante, ceramista, guionista para la radio, la televisión y el cine y conocedor, como pocos, de temas esenciales para la cultura, especialmente la música cubana.

No retengo fechas, pero Facebook me las recuerda. Y el tener a mano sus libros y sus dibujos en casi todas las paredes de la casa y la imposibilidad de escuchar música sin que recuerde algún suceso, comentario o anécdota relacionados con él, me hacen tenerlo presente casi que permanentemente, tal y como si la fecha del domingo fuese falsa.

Todavía recuerdo su tono de voz, la manera sosegada de leer sus poemas, con una ronquera de fondo y la mano izquierda reposada en su pecho, y ese encanto de hacernos creer que todo estaba bajo su control, que lograba conmover incluso a quienes aparentaban no importarles su versátil y descomunal obra.

“…da luz, brother, da luz a esa penumbra que intenta desaparecernos”.

Trató siempre a sus amigos por igual, con una gracia con la que parecía poseer el poder de convertirlos a todos en sus afectos. Fuesen compañeros de escuela, colegas de los varios oficios que ejerció, los altos o medianos funcionarios o a los escritores, incluso los venerados, les dijo los mismos chistes, utilizó la misma mirada y las mismas caricias. Como si se hubiese propuesto alinearlos a todos frente a su particular manera de dar afecto y cariño desmedido.

No por gusto cruzó fronteras sin crear conflictos, fue acogido por bandos contrarios, aceptado por personas abiertas y muy complicadas, por prejuiciosos y por adelantados.

Fue renacentista en su manera de crear, vivió a plenitud como si hubiese sabido de siempre que partiría tempranamente.

Vivió por igual la gloria de ser uno de los grandes poetas cubanos, poeta querido y tenido en cuenta y el comportarse con pasmosa tranquilidad ante una cotidianidad tan absurda como la vivida por cualquiera de nosotros.

“Trató siempre a sus amigos por igual, con una gracia con la que parecía poseer el poder de convertirlos a todos en sus afectos”. Ilustración: Sigfredo Ariel / La Jiribilla

A veces profundo, otras muy simpático, conversador y de una memoria de elefante para lo esencial, dejó un amplio anecdotario que muy a menudo repaso. En esos cuentos del Sifre siempre repito uno que hoy voy a dejar por escrito por primera vez.

Una noche en que estábamos sentados en el Malecón habanero y eran más de las doce, teníamos mucha hambre. Vivíamos entonces el mal tiempo que conocimos por Período Especial y no había cafetería alguna abierta. Alguien recordó el olor a pan recién salido de los hornos de las panaderías, otro invocó el recuerdo de las frituras que vendían en muchas esquinas y creo que yo hice saber que pocas cosas podían ganarles a las ricas croquetas que años atrás se podían comprar en las Casillas.

Sigfredo, que era el único que había permanecido callado, hizo saber que a él no se le iba de la cabeza el jamón de conejo con fresa. Algo tan exótico en esos días de hambre dejó en silencio a todos. Cuando pude preguntarle dónde había degustado esa exquisitez me dijo con naturalidad: “Aún no lo he comido, pero en una entrevista a Carpentier él hizo saber que ese jamón envuelto en fresa era exquisito”.

Ahí están sus libros, sus dibujos y su aporte a la música cubana, sobre todo en los muchos discos que produjo. No lo dejemos ir definitivamente, su poderosa mirada, da luz, brother, da luz a esa penumbra que intenta desaparecernos.