No puede decirse que el más reciente título de Ediciones Matanzas, Sigfredo Ariel: La vida en un trapecio sea un libro más, un número añadido a su siempre cuidada colección, ni una simple contribución al catálogo, porque es muchísimo más, desde todo punto de vista. Más que homenaje, más que tributo, y ciertamente más que un puñado de testimonios alegóricos al entrañable artista que al cabo de seis años de perderlo seguimos necesitando y añorando, este libro representa una simbología que debe advertirse desde el mismo inicio, más allá del disfrute que provoca la contemplación de los dibujos, viñetas, capitulares, y trazos que el broder de la luz prodigara sin darle mayor importancia a uno de sus descomunales talentos, que fue el arte visual.
Nueve amigos (de los cientos que cultivó a lo largo de su vida breve pero intensa), tenemos la dicha de haber sido escogidos para dejar fe de quien fue y sigue siendo un imprescindible en la cultura cubana, y ya desde la arrancada emergen los símbolos, porque nueve no es una cifra cualquiera. En numerología representa el amor incondicional, a la vez que se considera el número del humanitario, siendo a la vez la cifra venerada en el hinduismo, toda vez que se considera un número perfecto, completo y divino. También el nueve representa la realización, la plenitud, la iluminación y el crecimiento espiritual. El verso retamariano “La vida adora las teatralidades” me llega justo al instante en que redacto esta suerte de presentación, segura de que a Sigfredo le hubiera encantado la coincidencia de tantos atributos encerrados en los nueve textos de este libro simbólico sin pretenderlo.
“(…) este libro representa una simbología que debe advertirse desde el mismo inicio (…)”.
Maylan Álvarez se cura en salud en la introducción bajo el feliz título “Una nota en clave de sol”, el cual no solo alude a la musicalidad sino también a la irradiante presencia del muchacho en el trapecio, cuando advierte “Faltan voces en este libro y siempre faltarán en cualquier otro si de escribir sobre y para Sigfredo se trata”.
Antes de esbozar brevemente cada uno de los testimonios recogidos con delicadeza de encaje, y finalizar con un regalo inesperado, regreso a la significación del volumen, esta vez refiriéndome al título, otro misterio insondable que motiva a la búsqueda de esos tesoros que por escondidos, deben descubrirse como quien devela secretos sorprendentes, únicos y fascinantes.
William Saroyan, escritor y dramaturgo armenio estadounidense (1908-1981) escribió su primer libro de cuentos en 1934, llamado El joven audaz sobre el trapecio volante, cuya lectura fascinara a Sigfredo y a su querido pape Reynaldo González, luego del tutelaje formador que le ofreciera Pepe Rodríguez Feo al poeta nacido en Santa Clara cuando apenas salía de su adolescencia. No sólo el título del volumen que con tanto esmero regala hoy Ediciones Matanzas alude a esta lectura de Saroyan, sino que ambos, Sigfredo y el armenio coinciden, sin saberlo, en el desprecio hacia lo material, para concentrar las energías en múltiples actos de creación. El armenio cometió la increíble osadía de rechazar un premio Pulitzer argumentando que el comercio no debería patrocinar el arte, y justamente Sigfredo le confesó a Reynaldo “el dinero y yo pasamos sin saludarnos”. Si a esto sumamos el constante balanceo entre la vida y la cultura hasta fundirse en una sola expresión, ese Sigfredo trapecista saltando del verso a la música, del grabado al testimonio, del rescate de raíces populares al más elevado poema, del amor a la muerte, en fin, la comunión entre Eros y Tánatos, hallamos la clave (en sol, como es lógico) del título a este cuaderno de nueve textos salidos del alma.

Reynaldo González, su pape como ya dije, nos retrata al poeta de la luz desde sus inicios hasta sus más íntimas confesiones, en un recorrido que se inicia con el creador de Orígenes y de Ciclón, atraviesa la formidable labor radialista y musical de Sigfredo y nos regala no a una figura estatuaria sino al corpóreo poeta cuya amistad filial llegó a cultivar como de padre a hijo. Otro tanto nos brinda Marta Valdés, una de las más reverenciadas músicas de todos los tiempos, además de Elena Burke, Barbarito Diez, Carlos Embale, Benny Moré, y por supuesto al preferido de Ariel, el conjunto Septeto Habanero. “Música y verso son mi pasión y mi delirio”, declaró Sigfredo, y ello explica la fusión de ambas expresiones artísticas en todo su quehacer. Marta Valdés, fiel a su cuerda culta y popular, a su tono desenfadado y auténtico, tituló su contribución “Sigfredo, el mío”. Aunque a golpe de vista parece que nos habla del poeta suyo, personal, también se sumerge en la expresión criolla, casi orillera al decir “el mío”, como quien dice the only one, el que es, Sigfredo el tipo, el suyo que es nuestro, del pueblo. Alfredo Zaldívar, otro de los más íntimos, con su aseveración de una tregua entre tirios y troyanos para llorar por la luz, se contiene a lo largo del recorrido que ofrece desde que Sigfredo llegó a Matanzas cargado de propuestas que redescubrían o descubrían autores olvidados o novísimos, siempre con el afán de hacer fluir publicaciones ya fuera en la Vigía original o en Ediciones Matanzas (ambas casas fueron de Sigfredo, nos dice) para concluir con la unión de dos poetas líricos, Eliseo Diego y el propio Ariel. “Eliseo nos dejó el tiempo, todo el tiempo”, nos dice, “y el broder Sigfredo nos dejó la luz, sólo la luz y no otra cosa”, aludiendo al más conocido verso del hijo del imprentero de Santa Clara. Decía que Zaldívar se contiene. No menciona detalles de su estrechísima relación de hermandad con quien le endilgara el título nobiliario de alcalde, quizás por modestia, o porque intenta eludir el sentimentalismo que le causa el hondísimo penar de la ausencia, la imposible aceptación de la muerte del más audaz de los trapecistas. Llega entonces un nuevo misterio: Alcalde es un vocablo que proviene del idioma árabe y significa no solo representante legal o jefe de órgano ejecutivo, sino sobre todo significa juez. Así, con tino, Sigfredo consideraba que su sempiterno colega Alfredo juzgaba, seleccionaba, ejercía magnetismo con su olfato de movilizador cultural que pocas veces equivoca el rumbo de sus decisiones. Ello explica el prestigio que gana el alcalde matancero con cuanto hace, y los incontables premios que acreditan los libros que edita, publica y distribuye. Los textos de Arístides Vega Chapú y de Laidi Fernández de Juan, ambos desde la perspectiva del Sigfredo artista pero sobre todo humano, muestran diferentes momentos de su existencia. Si el santaclareño hace hincapié en la niñez y la adolescencia que compartieran ambos, Laidi resume los instantes finales de esa vida trunca prematuramente, momentos en los cuales a pesar de la proximidad de la parca, el poeta conserva no sólo la felicidad de vivir aunque sea postrado en una cama de hospital, sino que mantiene intactas sus ilusiones de nuevos proyectos, nuevos poemas con inusitada energía. Edelmis Anoceto y Derbys Dominguez ofrecen lecturas con carácter ensayístico, insertando a Ariel en ambos casos como uno de los más elaborados poetas de su generación, aquel que respeta las raíces pero escapa de ellas, logrando la originalidad genuina, picaresca y honda que todos conocemos y admiramos.
Dos mujeres cierran el volumen, en un admirable contrapunteo desde el punto de vista poético en ambos casos, pero con diferentes perspectivas. Laura Ruiz, amiga personal de muchos años, lamenta el dolor de continuar la vida en el mismo lugar donde ya Sigfredo no estará más, y Nathaly Hernández, 28 años más joven, se pregunta por qué todos amaban tanto al poeta de camisa floreada, para responderse ella misma “Los poemas celebran tu paso por el mundo. Creo que la gente aún te quiere mucho.” Dos mujeres que lloran la ausencia del poeta sin importar que entre ellas exista más de dos décadas de distancia: comparten la orfandad.
“A Sigfredo hay que recordarlo pero sobre todo hay que leerlo”.
Me gustaría finalizar la presentación a este exquisito cuaderno, con una última sorpresa, y cumplir con el deseo conminatorio del Juez de Matanzas, el Hado, el Alcalde Alfredo Zaldívar quien sentenció “A Sigfredo hay que recordarlo pero sobre todo hay que leerlo”, reproduciendo el último de los poemas que escribió el joven audaz del trapecio, escasos meses antes de caer de la cuerda que lo sujetaba en el circo de su vida. Nótese el postrer símbolo al hablar del equilibrio, como si intuyera que un día, seis años más tarde, nacería este libro suyo, plagado de símbolos para, por y sobre su encandilada existencia:
“El amor fuerte”
Arrástralo contigo, muéstrate
con él cuando te muestres, date
mano y ojo suyo, date al rayón
que llaman horizonte sin mirar
por donde vas, por donde pones
el ponte vechhio que llamas
equilibrio. No hagas contrapeso
déjate en paz, que el líder diga
dónde, que decida si cae
la reina, muere el rey o se deslíen
las torres como agua. Dibújalo
contigo al lado, pásale la mano
por el hombro, pide su lengua
frente al respetable público. De todas
formas van a hablar, oh madre,
madre, cómo vengo este año.
Agosto, 2026
