La vergüenza no se fabrica en factorías, ni con inteligencia artificial, ni se compra en los supermercados; se cura, como el buen vino, en los hornos del alma fecundada por saberes de hondo perfil. La inversión de esa fórmula conduce a la egolatría de quienes, por poseer más objetos que el resto, se proclaman reyes.
En Cuba padecimos reyes durante todo el periodo colonial: los reyes de España. En los cincuenta y siete años de república mediatizada fuimos considerados súbditos, y como tales se comportaron nuestros gobernantes. En la metrópoli no se concebía otro rol para nosotros. Hoy tenemos, a escasas noventa millas, a alguien que se autoproclama rey y a nosotros nos considera esclavos. Él sabe bien que está afuera, pero se encontró con una piedra en el camino y tal vez su destino sea rodar y rodar.
Ser el amo supremo del mundo ha sido sueño de tantos, desde tiempos inmemoriales, pasando por Gengis Kan, Atila, Alejandro Magno, Napoleón, Adolfo Hitler hasta llegar a esta actualidad en que el viejo anhelo cobra forma concreta con un emperador que ignora fronteras y se atribuye el derecho de cambiar a capricho nombres de locaciones, asignar categoría de subhumanos a personas, practicar la rapiña del vencedor como si la Humanidad no hubiera establecido reglas de convivencia y concertación capaces de sostener, dentro de las diferencias, la paz y el respeto entre los pueblos.
“Ese ser patético que se cree con derecho a avasallar ―amparado en la amenaza de sus mosquetes nucleares― a quienes, como nosotros, proclaman su soberanía (…)”.
Ya no somos aquellos indefensos pobladores originarios fáciles de conquistar con bisutería. Somos muchos los dispuestos a defender lo que con sangre e inteligencia hemos sabido construir. Ese ser patético que se cree con derecho a avasallar ―amparado en la amenaza de sus mosquetes nucleares― a quienes, como nosotros, proclaman su soberanía, no podrá imponer su lógica de corsario tan alegremente como lo hicieron aquellos conquistadores europeos de hace cinco siglos: los pueblos son otros y el mundo también es otro. Los saberes acumulados a lo largo de la historia deben servir de sostén para ponerle freno al desenfreno imperial. Algunos bajan la cabeza, pero la mayoría la yergue y no se doblega. El signo de los tiempos es conjurar el retorno a las cavernas.
El genial compositor mexicano José Alfredo Jiménez compuso el tema “El rey”, cuyo protagonista se considera con derecho a hacer lo que se le antoje con dinero o sin dinero porque su palabra es la ley. Así mismo piensa el Señor Zanahoria, solo que elimina esa parte de “sin dinero” porque es una de las pocas cosas que le sobran para sostener sus galimatías y desbarres contra el derecho de otros a existir como se les venga en ganas.

También dispone “su majestad”, aunque con menos magnitud, de esos aduladores y cobardes que aplauden sus gags y callan, aunque saben que ese rey está desnudo. Cabizbajos, refrendan su andar por los mares del mundo hundiendo barcazas, saqueando países, secuestrando presidentes y proclamando, tras el destrozo que provoca, que “el ganador se lo lleva todo”, como si jugara una partida de póker con amparo y asistencia del demonio.
Con lenguaje de verdulero este autoproclamado rey aspira a plantar su estandarte en los más insospechados rincones del planeta; tuerce las comisuras y convoca a las zonas más tenebrosas del alma humana a seguir sus invectivas. Se clona en bufones que lo imitan, corta cabezas y devalúa con histeria la historia; asalta bancos sin cubrirse la cara y se apropia de la fortuna de otros; insulta a quien lo cuestione aunque lo hubieran increpado con toda la sutileza del mundo. Tal vez no se percate de que su mueca, al pronunciar discursos y firmar órdenes ejecutivas, esboza el símbolo de los desprecios múltiples, el holocausto de la diplomacia, la cremación de la decencia.
“Se impone devolverle lógica y cordura al devenir humano y ponerle fin al caos con que ese señor piensa hacer grande su reino again. No hay tarea más urgente para nuestra generación”.
El colonialismo fue derrotado en América en el siglo XIX. Entre las varias etapas por las que pasó nuestro renco capitalismo poscolonial está el nunca conseguido Estado de Bienestar ―utopía de los pragmáticos―, el neoliberalismo depredador y las esporádicas experiencias de izquierda gobernante de finales del siglo XX y algunos años del XXI. Con la llegada del troll de ascendencia irlandesa al trono, los fundamentos teóricos de cualquier opción alternativa naufragaron en el mar de las vicisitudes. Se impone devolverle lógica y cordura al devenir humano y ponerle fin al caos con que ese señor piensa hacer grande su reino again. No hay tarea más urgente para nuestra generación. Un futuro diferente debe ser construido.

