Cuando conocías a Lina de Feria era imposible que te quedaras inconmovible. Su voz aguda, su mirada, que parecía estar desafiando una tormenta, su personalidad controvertida y su alma de niña daban prueba de ello. Siempre se acercó a los poetas más jóvenes y les dio aliento, y hasta escribió sobre ellos. De mí lo hizo varias veces, y aprecié mucho su acercamiento Los cursos imantados, publicado por Ediciones Unión en el año 2001, un libro de poemas sobre la escritura, algo inusitado para aquellos días.
También decía que La Sucesión, Letras Cubanas, 2004, es un gran libro. Lo hizo con sinceridad, con penetración y amor, con el vaticinio y el atrevimiento que conlleva hablar de quienes van llegando al universo de la literatura. Siempre tuvo fe en mi escritura, desde el principio, como Antón Arrufat, Luis Marré o Domingo Alfonso. Era como una niña grande siempre acompañada de su inseparable escudero, su hermana Dulma. Ambas conformaban una pareja muy peculiar: lo que no alcanzaba a decir Lina en las conversaciones, lo apuntaba Dulma, construyendo un criterio certero, lleno de ingenio y picardía.
“Su voz aguda, su mirada, que parecía estar desafiando una tormenta, su personalidad controvertida y su alma de niña daban prueba de ello”.
Fuimos compañeros de viaje en las ferias del libro. Recuerdo una vez en Cienfuegos donde la pasamos muy bien. Una noche, estábamos sentados alrededor de una botella de ron y la conversación fue muy motivada hasta que nos retiramos a descansar a nuestras habitaciones. Allí estaban también Rito y Tony Armenteros. Tony se quedó viendo un partido de pelota por la televisión donde se enfrentaban Industriales y Santiago. Al otro día Tony le dice a Dulma, santiaguera: Ganamos anoche, ganó Industriales”. A lo que espetó Dulma, sin dar motivo a más argumento: “Ya lo sé todo, Kendry, pa la calle, Scull, pa la calle.” Nos morimos de risa. Esa alma cubana que era Dulma siempre acompañó a Lina, y vale dejar constancia de eso aquí. Lina nos dijo una vez que por medio de un poeta muy promocionado en los 90 y en los 2000 la iban a invitar a un evento literario en Canadá, pero no pudo ser porque alegaban que Lina se deprimía, a lo que ella nos decía: “Como si yo no tuviera derecho a deprimirme”.

Sus poemas se abrieron camino solos, por su calidad, como los de Georgina Herrera, pues no hubo una mano fuerte y amiga que los hicieran llegar a su debido tiempo a la editorial o al lector. Sabía dónde estaba la buena poesía y la mala también. De otro poeta muy reverenciado, luego de haber pasado momentos difíciles como ella y no poder publicar decía: “Le estoy muy agradecida, pues no tenía donde enterrar a mi madre, y él prestó su panteón. Pero estoy cansada de decirle que por qué escribe esa poesía tan farragosa?” A lo que acotó Dulma: “Y no escribió uno, sino que escribió tres”. Reconocer el talento joven, ayudarlo, escribir sobre él fue una máxima que en la práctica Lina cumplió con creces, con su alma de niña, su manera nerviosa, y sus raptos de alegría y agudeza intelectual, para quedarse una en nuestros corazones.

