En la geopolítica actual, asistimos a una tensión creciente: la resistencia de un mundo que se empeña en ser unipolar frente al empuje de potencias emergentes y bloques regionales que reclaman un orden multipolar, cimentado en el respeto a las soberanías. En este tablero, la batalla no se libra solo con armas o tratados, sino también en el terreno de las ideas. El perfeccionamiento de los medios de comunicación y la irrupción de nuevas plataformas tecnológicas han otorgado a las naciones hegemónicas una ventaja decisiva en lo que hoy llamamos guerra cognitiva.

Esta dinámica no es inocua. Transforma nuestra vida material y espiritual, distorsiona la percepción del mundo, erosiona valores y condiciona decisiones políticas y sociales. Asistimos, así, a una pérdida acelerada de la diversidad cultural y a una inquietante estandarización de la existencia. Se instala, casi sin que lo notemos, la falacia de que solo existe una manera válida de vivir, de gobernar y de generar conocimiento. Una premisa que, por supuesto, beneficia a los grandes grupos de poder del capitalismo y lastra cualquier intento de gobernanza más horizontal o de diálogo intercultural genuino. Para las naciones del Sur Global, esta crisis de valores no es un concepto abstracto: es el peligro real de ver diluida la identidad propia bajo el peso de una información descontextualizada y un pensamiento acrítico.

Frente a este escenario, la obra de pensadores latinoamericanos como José Martí se revela como un arsenal teórico de urgente vigencia. Su pensamiento, anclado en la ética y la justicia, ofrece herramientas para edificar sistemas de gobernanza más humanos y para reclamar el equilibrio perdido. Pero, ¿qué hay de cierto en la imagen de un Martí deslumbrado por la prosperidad de los Estados Unidos? Durante décadas, ciertos sectores intelectuales, tanto fuera como dentro de Cuba, han promovido esa idea. Sin embargo, un viaje por sus crónicas y cuadernos de apuntes nos devuelve la imagen de un observador agudo, que admiraba el progreso material pero que era profundamente crítico con el alma de esa nación.

El espejismo de la modernidad

Desde el siglo XIX, la joven república del norte se convirtió en un faro para las élites políticas y académicas latinoamericanas. No era para menos: su economía crecía a un ritmo vertiginoso, aplicaba los últimos avances científicos a la producción y la vida cotidiana —especialmente tras la victoria de la Unión en la Guerra de Secesión— y su sistema democrático, al menos sobre el papel, parecía muy superior a las frágiles repúblicas del sur.

Pero ese entusiasmo, aquella avidez por emular al vecino, llevaba a menudo a una apropiación acrítica de prácticas y modos de hacer que tenían escasa o nula relación con la realidad hispanoamericana. Se pasaban por alto, además, sombras incómodas: que la Guerra de Secesión no se libró por la abolición de la esclavitud —sino por imponer el modelo económico y político del norte sobre el sur—, o que la práctica democrática ya entonces distaba mucho de sus principios fundacionales. El resultado era una imagen distorsionada que ponía en riesgo la salud de las relaciones entre Nuestra América y el país de Washington.

José Martí, sin embargo, representa la otra orilla. La mirada crítica del cubano hacia los Estados Unidos es temprana y lúcida. En 1871, con solo 18 años, anota en uno de sus cuadernos:

“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento. Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad… ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos se legislan? (…) Las leyes americanas han dado al Norte grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!” [1]

“La crónica de Coney Island no es una mera curiosidad histórica. Es una advertencia que resuena con fuerza en nuestro presente globalizado”.

No es un arrebato adolescente. Es la intuición de un lector voraz que ya recela del materialismo anglosajón. Diez años después, en 1881, viviendo en Nueva York y con la experiencia de primera mano, su juicio no ha variado en esencia:

“En los fastos humanos, nada iguala a la prosperidad maravillosa de los Estados Unidos del Norte. Si hay o no en ellos falta de raíces profundas; si son más duraderos en los pueblos los lazos que ata el sacrificio y el dolor común que los que ata el común interés; si esa nación colosal lleva o no en sus entrañas elementos feroces y tremendos; si la ausencia del espíritu femenil… endurece y corrompe el corazón de ese pueblo pasmoso, eso lo dirán los tiempos”. [2]

Coney Island: el paraíso de la superficialidad

Esta crónica, publicada en el periódico bogotano La Pluma, es un ejemplo magistral del método martiano. Martí no se limita a describir el famoso parque de atracciones; lo convierte en un microscopio para diseccionar el alma norteamericana. Frente al lector latinoamericano, el cronista despliega un mundo de prodigios tecnológicos: ferrocarriles que mueven masas, electricidad que convierte la noche en día, hoteles que parecen naciones, comedores atestados como ejércitos. Todo es gigante, eficiente, deslumbrante.

Pero bajo ese brillo, Martí hurga en la herida. Encuentra una sociedad donde el ocio es consumo, donde el amor se ha vuelto un espectáculo al aire libre, despojado de pudor y ternura; donde las madres abandonan a sus hijos a criadas irlandesas mientras buscan su propio placer; donde la población negra solo aparece para ser vejada como blanco de tiro en un juego miserable.

Y entonces, el cronista establece el contraste definitivo entre ambas Américas:

“Otros pueblos ─y nosotros entre ellos─ vivimos devorados por un sublime demonio interior, que nos empuja a la persecución infatigable de un ideal de amor y gloria; y cuando asimos, con el placer con que se ase un águila, el grado del ideal que perseguíamos, nuevo afán nos inquieta, nueva ambición nos espolea, nueva aspiración nos lanza a nuevo vehemente anhelo, y sale del águila presa una rebelde mariposa libre, como desafiándonos a seguirla y encadenándonos a su revuelto vuelo”. [3]

Frente a ese espíritu inquieto, el norteamericano solo se turba por el deseo de acumular fortuna. Por eso, advierte Martí, al hispanoamericano, una vez pasado el primer asombro, le embarga una profunda melancolía: «esa gran tierra está vacía de espíritu».

Lecciones para el presente

La crónica de Coney Island no es una mera curiosidad histórica. Es una advertencia que resuena con fuerza en nuestro presente globalizado. Martí no desdeña el progreso material, pero nos recuerda que una sociedad que sacrifica su alma en el altar de la utilidad y la riqueza termina corrompiéndose. Su mensaje es claro: hay que estudiar al vecino del norte, aprender de sus aciertos técnicos, pero jamás imitar su modelo de vida.

En un momento donde el pensamiento único intenta colonizar nuestras mentes a través de algoritmos y redes sociales, la voz del Apóstol nos invita a la rebeldía más esencial: la de pensar por nosotros mismos, la de reivindicar nuestra propia sensibilidad, nuestra historia y nuestros valores. Porque, como él mismo escribió, “no hay ley que pueda regir dos pueblos diferentes”. La diversidad cultural no es un lastre; es nuestra mayor fortaleza frente a la estandarización del mundo.

Fuentes consultadas:

Martí, José. Obras Completas. Tomo 9 y Tomo 21. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.

Vázquez Pérez, Marlene. La vigilia perpetua. Martí en Nueva York. Centro de Estudios Martianos, La Habana.

Notas:

[1] Véase José Martí. Obras Completas. Tomo 21. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, pp. 15-16.

[2] José Martí. OC. Tomo 9. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, p. 123.

[3] Ibídem.