…Muchos asisten por primera vez al teatro, como Andrés Cruz, olubatá, nieto de un esclavo africano. ¿Cómo verán sus ojos antiguos este espectáculo donde sus relegados dioses, son los protagonistas? [1]

El Teatro Nacional de Cuba (TNC) es una de las primeras cinco instituciones culturales fundadas por el Gobierno Revolucionario mediante la Ley No 379 del 12 de junio de 1959, que establecía entre sus misiones la de “llevar a cabo labor de fomento y desarrollo que el Estado Cubano debe realizar en lo referente al teatro, música, ballet, ópera y actividades artísticas en general”.

El Teatro Nacional de Cuba se convirtió en un centro que produjo y gestó gran parte del patrimonio cultural de nuestra nación.

La Ley propició que este feudo de la cultura, bajo la dirección de la Doctora Isabel Monal, se convirtiera en un centro que produjo y gestó gran parte del patrimonio cultural de nuestra nación desde sus departamentos de Folklore, Danza, Teatro, Música —que incluía una orquesta sinfónica y un coro (que se convirtieron respectivamente en la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Nacional). Estos departamentos estaban dirigidos por prominentes figuras de la cultura de la época, quienes desde el intercambio de sus saberes, fomentaron el surgimiento y desarrollo de valores patrimoniales, y desde sus respectivas especializaciones, incentivaron además el desarrollo de las artes visuales y manuales.

La Doctora Monal recuerda las palabras del entonces ministro de Educación, Armando Hart con relación al teatro: “Isabelita, mira ese elefante blanco, mira a ver qué haces con él…”. Y durante dos años se convirtió en artífice de un movimiento que irradió a toda la cultura cubana, acompañada de un equipo de reconocidos intelectuales. Juntos hicieron realidad el sueño de la Revolución de abrir “las puertas del teatro al pueblo”. Y el pueblo respondió, y Fidel asistió junto al pueblo a las funciones del Teatro Nacional de Cuba, tal como aparece en un plegable promocional de la institución en los primeros meses de 1960.

En una sola noche, desde que la roja cortina de la Sala Covarrubias se abrió ante un público expectante y quizás un poco descreído, hasta que se cerró con la última salva atronadora de aplausos, la danza cultivada como arte en nuestro país se situó en medio del siglo XX, y esa noche avanzamos exactamente 40 años…[2]

El reconocido etnólogo, musicólogo, compositor y pedagogo Argeliers León fue nombrado al frente del Departamento de Folklore, y continuó investigando para ofrecer la más completa representación folklórica de cantos y danzas de origen afrocubano, del pueblo y ¡para nuestro pueblo!, base de la creación posterior del Conjunto Folklórico Nacional. Inicia estas presentaciones folklóricas en la Sala Covarrubias y en la Biblioteca Nacional. En 1960, desde el Centro de Estudios del Folklore del TNC, Argeliers publica las Actas del Folklore y funda el Seminario de Estudios de Folklore, en colaboración con la Comisión Cubana de la Unesco.

Se trata ahora de tomar las expresiones de nuestro pueblo y, sin desvirtuarlas, ofrecerlas de nuevo. En estos casos nos apartamos de la privacidad y particularidad de lo religioso y tratamos de presentar los puros valores de canto, de baile y de poesía. Los trajes los conservamos en su forma más exacta y solo cuidamos su uniformidad, regularidad y hechura. Solo cuando hay ausencia de trajes rituales se recurre a la fantasía del diseñador.[3]

Ramiro Guerra dedicó todo su trabajo a la investigación de la danza, a la búsqueda y la consolidación de este género con un carácter nacional. Al frente del Departamento de Danza funda el Conjunto de Danza Moderna del Teatro Nacional (Danza Contemporánea de Cuba). En sus salones crearon una técnica de la danza auténtica e identitaria, se fundó una “escuelita” creando las bases para la fundación de la Escuela Nacional de la especialidad, se fomentó el intercambio cultural y académico con creadores de otras partes del mundo, y en el tiempo dio lugar a que se generaran otros proyectos danzarios en nuestro país, a la vez que se formaron grandes intérpretes, coreógrafos, maestros y diseñadores que han sido merecedores entre otras distinciones del Premio Nacional de Danza, como Ramiro Guerra (1999), Eduardo Rivero (2001), Santiago Alfonso (2006), Lorna Burdsall (2008), Isidro Rolando (2009), Rosario Cárdenas (2013), Miguel Iglesias (2018) y Eduardo Arrocha (2022). Este último posee además los Premios Nacionales de Diseño y de Teatro. También han sido premiados Rogelio Martínez Furé (2002), Alberto Méndez (2004), e Isabel Bustos (2012), quienes en su carrera artística han estado vinculados a la compañía nacional.

Fidel, el Che y la Doctora Isabel Monal en una función de la Ópera de Pekín, 1960. Imagen: La Jiribilla

Fermín Borges, quien había asumido la dirección de Teatro de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo (1953), fue el director del Departamento de Artes Dramáticas. Creó y dirigió el Seminario de Dramaturgia José Antonio Ramos (1960)[4] que tenía el objetivo de formar futuros autores teatrales, y fundó además la escuela de teatro para la formación de actores y diseñadores.

Del Seminario de Dramaturgia salieron autores que aportaron textos significativos que definen nuestro teatro, como Santa Camila de La Habana Vieja, de José Ramón Brene; La noche de los asesinos, de José Triana; El robo del cochino y La casa vieja, de Abelardo Estorino; María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa; entre otras reconocidas obras. Se formaron en este seminario los Premios Nacionales de Teatro Mario Balmaseda (2006), Gerardo Fulleda (2014), Nicolás Dorr (2014), René Fernández (2007) y José Milián (2008), además de los ya mencionados Estorino (2002) y Hernández Espinosa (2005).

La odisea del teatro comenzó con la puesta en escena de La ramera respetuosa para inaugurar la Sala Covarrubias, bajo la dirección de Francisco Morín y las actuaciones estelares de Miriam Acevedo y Pedro Álvarez, la cual fue pospuesta porque la sala aún no estaba terminada. Fue estrenada durante la visita de Jean Paul Sartre a Cuba, quien asistió acompañado de su amiga Simone de Beauvoir y Fidel Castro. A este acontecimiento teatral de la época le suceden otras representativas puestas en escena como Santa Juana de América(Premio del Primer Concurso Literario de Casa de las Américas) bajo la dirección de Eduardo Manet. El Ministerio de Educación y el TNC auspician las puestas Los habladores y El retablo de Maese Pedro, dirigidas por Vicente Revuelta, en ocasión de la primera publicación de la Imprenta Nacional de Cuba, El Quijote. Humberto Arenal se encarga del teatro de Virgilio Piñera (El filántropo), Heberto Dumé dirige Los fusiles de la madre Carrar y El lindo ruiseñor (referenciada como una de las más bellas puestas teatrales del teatro para niños) en versión de José Martí sobre un cuento de Hans Christian Andersen, y Yerma, bajo la dirección de Adela Escartín.

“Del Seminario de Dramaturgia salieron autores que aportaron textos significativos que definen nuestro teatro”.

El Departamento de Música puso especial interés en difundir la música de autores cubanos, mediante primeras audiciones o ejecuciones continuas de obras poco conocidas. El cargo de director del departamento fue asumido por Carlos Fariñas, Enrique González Mantici como director de la Orquesta Sinfónica, y Serafín Pro como director del Coro. Lo que fueron la Orquesta Sinfónica y el Coro del Teatro Nacional de Cuba se convirtieron, respectivamente, en la Orquesta Sinfónica Nacional y el Coro Nacional de Cuba.

En julio de 1960, los del Teatro Nacional son los protagonistas en la organización, producción y puesta en escena de la Gala por el Séptimo Aniversario del Asalto al Cuartel Moncada, conmemorada en la Sierra Maestra (Las Mercedes), con la asistencia de alrededor de 1 millón de personas, la mayoría de ellos nunca habían visto un espectáculo artístico.  A propuesta de Miriam Acevedo, Humberto Arenal dirige el poema épico de Pablo Armando Fernández “Cantata a Santiago”, que ellos habían estrenado en New York (1958).

Los actos del Teatro Nacional estaban a cargo de la Doctora Isabel Monal, que ya hacía varios días que iba y venía de La Habana a El Caney con motivo de los preparativos. La vi incansable en su traje de campaña, durmiendo cuando podía. La ayudaba el director artístico Fermín Borges con el coro, la orquesta y el folklore, que sumaban entre todos unos seiscientos. Ayudaron también el pintor Julio Matilla, que diseñó la escenografía, Ayala, Rafael López, Fuentes, y Manolito…

Allí estábamos todos trabajando intensamente en los ensayos, Ramiro Guerra con sus bailarines; Serafín Pro con el coro; González Mántici y Fariñas con la orquesta; Argeliers León con el folklore…[5]

El escenario se alzó al aire libre. Tres plataformas: la mayor al centro y dos menores a los lados. La mayor tenía una cortina en forma de acordeón, que se desplegaba hacia los lados; y mientras en las pequeñas se desarrollaba un espectáculo, detrás de la cortina mayor se preparaba el siguiente.[6]

El Teatro Nacional de Cuba, para satisfacer las demandas de las puestas en escenas, había fundado los primeros talleres de carpintería y vestuario, este último incluía los departamentos de zapatería, sombrerería, tintorería, peluquería y atrezo, práctica que se ha sistematizado por más de sesenta años para satisfacer las necesidades de las artes escénicas cubanas.

La actriz Miriam Acevedo junto a los intelectuales Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, autor de La ramera respetuosa. Foto: Tomada de Internet

Irene Relova, desde el Departamento de Extensión Teatral, estaba a cargo de crear centros para la enseñanza de la danza moderna en Pinar del Río, Matanzas y Santa Clara, y atender la superación técnica de los aficionados a las artes escénicas, que se concreta en el Primer Festival Obrero Campesino en marzo de 1961. Para llevar la cultura a las áreas rurales, a cooperativas, granjas y centros laborales, Isabel Monal y Fermín Borges idean la Brigada Teatral Revolucionaria, liderada por Jesús Hernández, que en 1962 toma el nombre de Brigada de Teatro Francisco Covarrubias.

En la especialidad de Diseño aparece registrada la figura de Zilia Sánchez (diseño de interiores del TNC y como escenógrafa). Nombres como Andrés García, Julio Matilla, Esteban Ayala, José Miguel Rodríguez, Raúl Oliva, Salvador Fernández, y Eduardo Arrocha, avalan a la escenografía y el vestuario. Ramiro Maseda, Clara Ronay y Armando Carzola, en las luces.

El arte gráfico se desarrolló y enriqueció desde el Teatro Nacional de Cuba, por la propia necesidad de promover la revolución que se estaba protagonizando en ese recinto en las artes, y en particular en las escénicas. Ricardo Vigón[7], quien fuera jefe de Propaganda, creó un equipo de trabajo de diseño que tuvo como director artístico al artista de la plástica Pedro de Oraá e integrado por los creadores Umberto Peña, Carlos Manuel Díaz Gámez, Roberto Guerrero, Rolando de Oraá y José Manuel Villa. Tony Évora colaboró con el diseño de los programas que informaban de las actividades que estaban en cartelera en las instalaciones culturales; siendo esta la fuente originaria de donde surgieron los primeros carteles con soluciones instructivas para educar al público en la apreciación de las artes visuales. Desde las artes escénicas se potenció y desarrolló el uso del cartel con una proyección artística-comunicativa, siendo uno de los más hermosos, y portador de los nuevos atributos, el diseñado por Rolando de Oraá (julio de 1960) para la promoción de la Ópera de Pekín; rico en su descripción pictórica, de naturales líneas y atractiva imaginación, fue impreso en un taller de serigrafía que poseía su hermano Pedro.

“Desde las artes escénicas se potenció y desarrolló el uso del cartel con una proyección artística-comunicativa”.

El cartel cultural del Teatro Nacional de Cuba, y su continuidad desde el Consejo Nacional de Cultura (1961), formó parte de una diversidad de medios de propaganda, con el empleo por primera vez de la serigrafía de gran colorido y belleza, portadora de mensajes culturales, para promover el arte en las ventanillas de los ómnibus urbanos.

El ambiente de trabajo en los predios de la instalación fue enriquecido por la contribución de las artes plásticas. En los interiores del teatro y los jardines fueron instalados murales y esculturas de reconocidos artistas plásticos como René Portocarrero, Raúl Martínez, Sandú Darié, Alfredo Lozano, Eugenio Rodríguez, Roberto Estupiñán, Rolando López, Gabriel Sorzano, Tomás Oliva, y Rita Longa. Más tarde se le incorporan piezas de Osneldo García, Agustín Drake, Umberto Peña, Pedro Pablo Oliva, Flavio Garciandía, y Adigio Benítez, entre otros.

Pieza de Osneldo García emplazada en los jardines del Teatro Nacional. Foto: Tomada de Artcrónica

Desde este emplazamiento en la Plaza de la Revolución, los creadores cubanos han sido testigos y han tenido una participación activa en la epopeya de nuestro pueblo en estos 64 años de soberanía nacional, sus vínculos con la poética revolucionaria han sido notables. Por ejemplo: una noche en la que Fidel fue tribuno de la entonces Plaza de la República, a la par, los Abakuá daban a conocer parte de sus ritos ¡mostrables!; o, mientras que el Conjunto de Danza Moderna se preparaba para cumplir la invitación del  Festival de Teatro de las Naciones (abril de 1961), muchos de sus integrantes se alistaban para defender a la Patria ante la invasión por Playa Girón, y gracias a la victoria pudieron llegar a París con el tiempo justo para mostrar al mundo, por primera vez, una danza moderna signada por lo cubano. Según el testimonio de la Doctora Isabel Monal, en entrevista concedida a Marianela González (La Jiribilla, La Habana, Nro.587, año XI), el Conjunto Folklórico Nacional tiene sus antecedentes en el 1960 del pasado siglo, en el Teatro Nacional de Cuba.

Le acompañaron músicos que formaban parte del grupo de trabajo de Argeliers y que apoyaban esa pieza en particular. La acogida fue muy calurosa, tanto a las coreografías de Ramiro como a las pequeñas presentaciones que estos músicos hicieron entre una puesta y otra. Aquella recepción fabulosa fue un elemento decisivo en la propuesta de fundar el Conjunto Folklórico Nacional. El genio de Ramiro tuvo una influencia decisiva en ello.

En 1961 se funda el Consejo Nacional de Cultura, y he aquí una gran contradicción. Todo el trabajo titánico desarrollado por los fundadores de ese movimiento cultural que se gestó y desarrolló desde el Teatro Nacional de Cuba, comenzó a desarticularse desde marzo de ese año. La Doctora Isabel Monal ha hecho énfasis en intereses mezquinos de una micro fracción de militantes del Partido Socialista Popular, al frente del Consejo Nacional de Cultura, que daban al traste con el trabajo desarrollado por el TNC. A finales de 1962 sus dos salas fueron dedicadas a almacén de escenografía y vestuario.

En el año 1962 el Icaic filma Historia de un Ballet,[8] y tal como aparece en sus créditos es “un documental del Teatro Nacional de Cuba”, el cual inició su reconocimiento mundial al ser ganador del Gran Prix Paloma de Oro en el V Festival Internacional de Documentales y Cortometrajes de Leipzig de ese año.

Ensayos de Decálogo del Apocalipsis, coreografía de Ramiro Guerra. Foto: Tito Álvarez

El Teatro Nacional de Cuba abre sus puertas oficialmente el 3 de septiembre de 1979, para la Gala de la VI Cumbre de Países No Alineados. A pocos meses de su definitiva inauguración, en sus salas Francisco Covarrubias y Gertrudis Gómez de Avellaneda se protagoniza uno de los sucesos más importante de la cultura cubana de la segunda mitad del pasado siglo, ¡el Primer Festival de Teatro de La Habana! que daba a sus protagonistas (actores, dramaturgos, directores, diseñadores), a toda la gente de teatro, la posibilidad de que se iniciara un proceso de justicia y de sanación de una contradictoria década anterior. Para reunificar a ese movimiento herido y disperso se le pide a Roberto Blanco que dirija la puesta en escena de Perro huevero…, y él selecciona a actores de diferentes grupos, estigmatizados o no, solo amantes del teatro; y, como a Perro huevero, aunque le quemen el hocico…, ese 18 de enero de 1980 en la Sala Covarrubias, a una sola voz se escuchó: “¡Viva la tierra que produce la caña!”. La entrega de los premios en la Sala Avellaneda y la clausura del Festival de Teatro fueron una gran fiesta para la escena cubana, muchos retornaron a su único trabajo y espacio posible, ¡al teatro! Otros no se pudieron recuperar.

“Ramiro Guerra dedicó todo su trabajo a la investigación de la danza, a la búsqueda y la consolidación de este género con un carácter nacional”.

Desde el Teatro Nacional de Cuba han dialogado diferentes personalidades de las artes escénicas, la política, la literatura y las ciencias sociales y humanísticas. Estadistas de la talla de Fidel Castro, figuras del arte como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Maurice Béjart, Mats Ek, Mijail Baryshnikov, Azari Plisetski, y Osvaldo Dragún, entre otros.  En sus escenarios se han presentado importantes artistas como Alicia Alonso, Leonid Kogan Aram Jachaturián, Marian Anderson, Leo Brouwer, Franca Rame, Bibi Andersson, Antonio Gades, Cristina Hoyos, Vasili Vasiliev, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Julio Bocca, Denise Stoklos, Carlos Acosta; compañías como la Ópera de Pekín, el Ballet Bolshoi, el Teatro de Títeres de Obraztsov, Ballet Nacional de Cuba, Ballet Nacional de España, La Candelaria, Rajatabla, la Sinfónica Nacional de Cuba, el Conjunto Folklórico Nacional de Cuba, el Ballet de Montecarlo y Danza Contemporánea de Cuba. Hay que destacar el Ciclo de Teatro Clásico Cubano bajo la dirección de Armando Suárez del Villar, y las diferentes exposiciones de diseño de escenografía y de vestuario que, en más de una oportunidad, se apropiaron de los vestíbulos de las salas Avellaneda y Covarrubias.

El Teatro Nacional tiene un honroso pasado, un presente. ¿Por qué no aspirar a un luminoso futuro?


Notas:

[1] Massip, José. Historia de un ballet. Documental del Teatro Nacional de Cuba, en colores. Año 1962. Icaic

[2] Casey, Calvert. “El Teatro Nacional hace Historia”. Lunes de Revolución. Año. Nro. 53, abril 4 de 1960, pp. 16-17

[3] León, Argeliers. “La expresión del pueblo en el TNC”. Actas del Folklore. Centro de Estudios del Folklore del TNC. Enero 1961, Año I, Nro. 1, La Habana, Cuba: Págs. 13,14 

[4] Sánchez, Miguel. Esa huella olvidada: El Teatro Nacional de Cuba (1959-1961). La Habana, Cuba: Editorial Letras Cubanas; 2001.pp. 190-198.

[5] Acevedo, Miriam. “En la Sierra con Fidel”. En Lunes de Revolución. Nro.70 pág. 27.

[6] Ibídem. P. 28

[7] Morales Campos, Reinaldo. “A medio siglo del Teatro Nacional de Cuba: evocación a sus carteles” en www.rebelión.org, 22 de mayo de 2009. Cultura.

[8] Massip, José. Historia de un ballet. Documental del Teatro Nacional de Cuba, en colores. Año 1962. Icaic