El unipersonal El nombre de Juana cerró su larga andadura y más de una temporada (en el Bretch, El Mejunje villaclareño y sobre todo en la sede del grupo que lo presentó, Nave Oficio de Isla) de la mejor manera, en el lugar perfecto: el Teatro Martí —un escenario improvisado dentro del lunetario por reparaciones generales del coliseo—, justo en el recinto donde a fines de los años 1940 ocurrió el debut de la artista en la que se basa la obra: Juana Bacallao, nombre que adoptó para la escena aquella showgirl que fue inscrita como Neris Amelia Salazar (1925- 2024) en su partida de nacimiento.
El director de Oficio…, el actor y comediante Osvaldo Doimeadiós, escribió y dirigió ese monólogo para la actriz Monse Duany, quien ya ha interpretado exitosamente a otras mujeres famosas de la farándula (entre ellas La Lupe).
“Sabía bien Doime que Juana distaba de ser solo la representación sainetera, la diva del burlésque y el vernáculo, la reina del cabaret, la gran parodiadora musical, la respetable intérprete…”
Doimeadiós logra un raro equilibrio en la dualidad tonal que caracteriza el texto: tras investigar exhaustivamente vida y obra de la legendaria cantante y en buena medida colega (Juana, como sabemos, fue una humorista nata), de beber en fuentes fidedignas —entre ellas el reciente y valioso libro de testimonios Juana la Cubana, de Lázaro Caballero Aranzola—, esgrafió una pieza donde la primera persona es sustituida a veces por el distanciamiento brechtiano, o la escisión actriz/ personaje de sello Stanislavski, el diálogo imaginario justo con el mencionado autor, pero siempre con un sentido de la dualidad que marcó la existencia de la figura, dentro y fuera de la escena.
Sabía bien Doime que Juana distaba de ser solo la representación sainetera, la diva del burlésque y el vernáculo, la reina del cabaret, la gran parodiadora musical, la respetable intérprete que como han opinado músicos y expertos manejaba el tono justo y la afinación correcta, aunque su dicción fuera tan silvestre y libérrima como su proyección coloquial.
También había mucho dolor, mucho sacrificio y sinsabores en su larga vida, lo cual emergía a veces detrás del personaje, del famoso teléfono fijo anticipando el celular, las pelucas, lentejuelas y risas (aparentemente) permanentes.
La puesta conservó esa bitonalidad, esa alternancia de las máscaras comedia/tragedia, que en ella trascendieron el disfraz para, como decía Pessoa, pegarse al rostro.
La elocuencia semántica de las pelucas —símbolo y literalidad—, la expresividad del vestuario (Ismael de la Caridad en el juego rojo que sintetiza épocas con imaginación y gracia; Angela Kadimq en los otros, no menos representativos y certeros), la explotación creadora del corto espacio que sin embargo se multiplica y diversifica, y en gran medida, el empleo de la música (extra/ intra diegética; Jean Bruno (jB Meier) / Alexis Bosch, Alessandra Moura (DJ Ale) como resorte dramático de gran eficacia para las estaciones del relato, más allá del escenario representado.
Por ejemplo, el mix con Edith Piaff, Tina Turner y otros referentes incorporados a una plataforma rítmica de discoteca para ilustrar importantes anécdotas de la trayectoria narrada por la propia artista (qué importa si desde el mito o la realidad) constituye uno de los altos momentos del espectáculo, también favorecido por un encomiable trabajo de luces (Tony Hurtado) que conforma determinadas atmósferas dramáticas esenciales en el devenir escénico (como el que rodea el ingenioso hipertexto sobre La Caperucita Roja).

Y por supuesto, está el principal factor del éxito en la puesta: la actuación de Monse.
Ella entendió esos claroscuros del enfoque, esas gradaciones en el carácter y la hoja de vida que transita las luces y las tinieblas: así lo proyecta de principio a fin.
Incorpora todo el arsenal histriónico de Juana: desde su espíritu caricato, su inspiración en los bufos, sus disparates que muchos sospechamos bien estudiados y conscientes, su inagotable vis cómica encauzada en aquella poderosa y variopinta facialidad, pero también las desgarraduras y el dolor disfrazados muchas veces con el sarcasmo y el doble sentido, que en ciertos contextos se mostraban desnudos.
Monse encara esa compleja personalidad con envidiable riqueza de matices y contrastes; desde la sensualidad y la ironía, desde la confesión y la insinuación, desde la audacia o la cautela que tuvo la artista en su azarosa y fructífera vida.
El maquillaje de Yudmila Hernández y las aludidas virtudes del vestuario ayudan también para que sintamos a Juana rediviva, frente a frente.
De modo que este homenaje rinde el tributo necesario, esperado, diríase imprescindible, que merece Juana Bacallao, emblema de cubanía y arte legítimo, a ciento un años de su nacimiento.

