La identidad cultural en Martí, más allá de un concepto
“Martí, (…) como todo genio, llevaba en su mente la esencia de todos los mestizajes de las ideas, las cuales se encuentran en los abrazos de las culturas del mundo”.
Fernando Ortiz
Conceptualizar la identidad ha sido objeto de estudio para múltiples investigadores, sobre todo para aquellos que se han dado a la tarea de enmarcar este proceso tan amplio y polémico a la moldura de nuestras sociedades, convirtiéndose así en tema teórico de obligatoria referencia para las ciencias sociales.
La identidad cultural es entendida como el conjunto de valores, orgullo, tradiciones, símbolos, creencias y modos de comportamiento que funcionan como elementos dentro de un grupo social y que actúan para que los individuos que lo forman puedan fundamentar su sentimiento de pertenencia que hacen parte a la diversidad al interior de las mismas en respuesta a los intereses, códigos, normas y rituales que comparten dichos grupos dentro de la cultura dominante.[1]
La construcción de identidades es “un fenómeno que surge de la dialéctica entre el individuo y la sociedad” (Berger y Luckman, 1988: 240). Las identidades se construyen a través de un proceso de individualización por los propios actores para los que son fuentes de sentido (Giddens, 1995) y aunque se puedan originar en las instituciones dominantes, solo lo son si los actores sociales las interiorizan y sobre esto último construyen su sentido.
“Desde los orígenes de la modernidad hasta nuestros días, el fenómeno identitario ha sido empleado por las burguesías para alcanzar sus fines económicos y políticos…”
Parece existir una coincidencia apreciable entre los estudiosos acerca de las categorías de la identidad. A saber, la individual, la particular —siempre colectiva, abarca cada una de las posibles identidades grupales incluida las nacionales— y la global, referida a la humanidad en su conjunto.[2]
Desde los orígenes de la modernidad hasta nuestros días, el fenómeno identitario ha sido empleado por las burguesías para alcanzar sus fines económicos y políticos. Durante la conformación de los Estados Nacionales, la identidad derivada de quienes compartían una lengua y un territorio fue usada para consolidar las fronteras de dichos Estados como alcances de mercados en los cuales imponerse. En el devenir de los tiempos este contenido ha sido tomado como una táctica de la burguesía transnacional para apuntar hacia un mercado más abarcador o planetario, que encuentra un freno relativo en esas identidades nacionales, de donde se derivan los ataques contemporáneos a las mismas. La identidad cultural puede ser erosionada paulatinamente y a la larga llevar, a un cuestionamiento de la propia creación o supervivencia del Estado Nacional.

En el siglo XIX, Martí manejó conceptos y criterios muy adelantados para su tiempo. Sus ideales de libertad e independencia fueron mucho más allá de simples postulados o discursos para una época donde esas palabras sonaban como agudas campanillas al oído. Se aprecia una paulatina evolución del pensamiento a través de sus textos, siendo el ideario martiano una de las fuentes elementales para los pensadores latinoamericanos que lo sucedieron.
(…) La persona de José Martí, excepcionalmente dotada del don de conocer y mejorar, se nos entra en el alma mucho antes de que hayamos podido comprender a cabalidad la trascendencia de su obra… nos va revelando la magnitud de un hombre cuyo mayor secreto fue la insólita completez de sus capacidades.[3]
Al analizar la obra martiana encontramos dos textos fundamentales que nos permiten ver dentro de la dimensión de su pensamiento el tema de la identidad más allá de su propia conceptualización: ellos son “La república española ante la Revolución Cubana” (1873) y “Nuestra América” (1891). Aunque escritos en diferentes períodos de su vida, en ellos se evidencia que no existe fragmentación en su pensamiento, sino un crecimiento hacia una voluntad unificadora de los hombres en particular, en su Patria y de nuestros pueblos americanos, con las peculiaridades que nos tipifican, pero por sobre todas las cosas un profundo respeto a la independencia y libertad de acción de cada uno de ellos.
En ambos textos para Martí la palabra Patria toma una connotación abarcadora. Esto se evidencia en “La república española ante la Revolución Cubana” al expresar:
(…) Patria es algo más que opresión, algo más que pedazos de terreno sin libertad y sin vida, algo más que derecho de posesión a la fuerza. Patria esa comunidad de intereses, unidad de tradiciones, unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de amores y esperanzas.[4]
Evidenciando así que desde su mundo interno Patria es el todo, alrededor del cual gira su vida misma, se debe significar la frase unidad de tradiciones, si consideramos que la tradición se entiende como lo que se transmite y difunde de una generación a otra, constituyendo un proceso dinámico y cambiante caracterizado por la historicidad, creatividad colectiva, continuidad intergeneracional y vigencia; la unidad de estas, desde la visión martiana, garantizaría el futuro de la patria, la preservación de la cultura desde lo identitario y la libertad y el bienestar común de los pueblos.

El Dr. Rolando González Patricio, en su ensayo “Las relaciones interculturales en la valoración de José Martí” expresa que en Martí (…) las fronteras de la reflexión en torno a la cultura sobrepasan el horizonte de la creación artística, van a las profundidades espirituales de cada ser humano, y sobrepasan las cumbres del quehacer político.[5]
La cultura es entendida como un modo de vivir que incluye las prácticas económicas, políticas, científicas, jurídicas, religiosas, artísticas, discursivas, comunicativas y sociales en general. Algunos autores prefieren restringir el uso de la palabra cultura a los significados y valores que los hombres de una sociedad atribuyen a sus prácticas como expresión de la identidad de cada pueblo. En la opinión de Cintio Vitier:
Cuando estudiamos a Martí (…) pasamos sin sentirlo de su prosa a su verso, de su palabra a su acción, de su vida pública a su intimidad; podemos estudiar su doctrina política, filosófica, educacional, poética, crítica y aún estilística, como un todo continuo…. No hallamos en él fisura y no acabamos nunca de ver todos los aspectos de su rostro, que sin embargo nos mira desnuda y sencillamente a los ojos.[6]
Abordar la cultura y la identidad desde su visión, a partir de las vivencias acumuladas en los periodos más importantes de su vida, es tema recurrente en su obra. Nos permite de esta manera conocer la historia, no solo de Cuba sino de aquellos pueblos donde fue dejando su huella, en especial los de América. Desde este registro que deja se pude vivenciar parte del proceso del choque de culturas que se produce con la llegada de los colonizadores y las consecuencias que esto produjo en nuestros pueblos.
“La cultura es entendida como un modo de vivir que incluye las prácticas económicas, políticas, científicas, jurídicas, religiosas, artísticas, discursivas, comunicativas y sociales en general”.
Sufre en carne propia los horrores de una Cuba colonizada por España y como testimonio de ello refleja en “El presidio político en Cuba”
(…) El alegato denunciador de los horrores del sistema colonial español, va directamente al alma de la raza, al tuétano de lo hispánico, al concepto ancestral de la honra.[7]
Completando la dura experiencia del presidio (1870) con la desgarradora visión del exiliado en España (1871), y luego de haber estado en varios países palpando más de cerca el drama de la colonización, desde la Guatemala de 1877, en su artículo “Los Códigos nuevos”, Martí comenta:
(…) Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la injerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia.[…] Nosotros, con todo el raquitismo de un infante mal herido en la cuna, tenemos toda la fogosidad generosa, inquietud valiente y bravo vuelo de una raza original fiera y artística.
Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá, pues, inevitablemente el sello de la civilización conquistadora; pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia distinto.[8]
Más allá del concepto revolucionario, ese texto lleva implícito los nuevos caminos por los que, a su juicio, necesitaba transitar América. De esta manera, está exhibiendo, todo un programa de liberación cultural latinoamericano, de identidad propia, conformada sobre la base de la mezcla de las diversas culturas que incidieron en el proceso de nacimiento de un nuevo pueblo que ha de luchar por su autenticidad y reconocimiento.
… para Martí no existía condición alguna que dividiera a los hombres, nada que los apartara o distinguiera a unos de otros, sino un deseo constante de unificar, palpitante en cada frase, en cada texto que escribiera”.
En “Nuestra América” encontramos la más elevada expresión del amor a la identidad nacional nacida de la diversidad, a la fe en sus pueblos y a la defensa de lo autóctono en cada una de las naciones que conforman nuestra Patria Grande.
(…) El alma emana igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y color. Peca contra la humanidad, el que fomente y propague la oposición y el odio a las razas. Pero el amasijo de los pueblos se condensa, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición.[9]
Aquí Martí propone toda una conceptualización acerca de la identidad cultural latinoamericana, de esa rica mezcla no solo de signos genéticos heredados sino de una exquisita gama de tradiciones, doctrinas e imágenes que se cruzan para conformar una nueva latinoamericana. En “Nuestra América” encontramos una frase de total belleza que ilustra lo anteriormente planteado: “…Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo vinimos, denodados, al mundo de las naciones”.[10]
Y es que para Martí no existía condición alguna que dividiera a los hombres, nada que los apartara o distinguiera a unos de otros, sino un deseo constante de unificar, palpitante en cada frase, en cada texto que escribiera.
(…) Ni siquiera olvida Martí los elementos étnicos que se trenzaron en su propia estirpe, probablemente de predominantes oriundeces semíticas, y advierte la insignificancia de la racialidad como signo inequívoco del carácter humano, porque sobre la sangre heredada vuelan los espíritus de la historia y de los pueblos, que en cualquier ambiente social hacen de la humanidad un hervor de carnes y mentes, con los sabores de los mestizajes infinitos.[11]

Ricaurte Soler, en su ensayo “De nuestra América de Blaine a nuestra América de Martí”, publicado en Valoración Múltiple. José Martí, tomo 1, al referirse al proyecto martiano plantea que (…)
La propuesta martiana de “fundar” a nuestra América desde las raíces del pueblo confería a la anhelada “unidad nacional” un carácter programático que superaba viejas manifestaciones. Por ello, desde Martí, la nación latinoamericana es inseparable de una nueva conciencia de identidad, afirmada en la historia, y de una nueva exigencia de racionalidad.[12]
Consideremos que, para Martí, conocedor de la triste historia fundacional de los pueblos de América, es imprescindible la preservación de los valores autóctonos de cada uno de ellos:
(…) Estos países se salvarán, porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la naturaleza con el continente de la luz… – le está naciendo a América en estos tiempos reales, el hombre real… El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores la vincha y la toga, ─en desestancar al indio, ─en ir haciendo lado al negro suficiente, ─en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella.[13]
En otro rincón de su obra, defensor de los derechos, sin ningún tipo de distinción, desde un pensamiento de avanzada, apunta: “todo lo que divide a los hombres, todo lo que los específica, aparta o acorrala es un pecado contra la humanidad.”[14]

La visión martiana reconoce la identidad por encima de los cánones establecidos para su época, no se resigna a lo heredado y asume la creación de una identidad propia, que cohesione y aglutine lo más original de nuestros pueblos, una identidad creadora que se construya y reinvente con los nuevos códigos de esta raza naciente.
(…) El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastiones de oro. Ni el libro europeo ni el libro yankee, daban la clave del enigma hispano-americano… se empieza como sin saberlo a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan y unos a otros se van diciendo cómo son…las levitas todavía son de Francia, pero el pensamiento comienza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear, es la palabra de pase de esta generación.[15]
Crear una forma de pensamiento y de acción construida sobre la base de las vivencias del pasado, pero enriquecida y mejorada en el presente, una nueva forma que distinga y tipifique al “pueblo natural”, concepto que retoma una y otra vez en sus textos para identificar al nuevo hombre americano.
En su carta a La República (1886), señala:
En nuestros pueblos nacientes fuerzan a los hombres de cultura inútil a oficios de parásito o a oposición interesada … ¿qué habían de hacer nuestros pueblos nuevos, bautizados en la ignorancia y en el odio, caldeados por el sol del cielo y el del espíritu, pecadores de entusiasmo, ágiles, como la raza nativa que los puebla, sedientos de una libertad sin límites como su luz y su hermosura? ¿…y bregar con la pujanza del instinto por ajustar la cultura ficticia, nominal y vana de las escuelas viejas, a los trabajos sólidos, varoniles y reales que requiere el desarrollo de los países que acaban de salir, como esmeraldas enormes, con las luces ocultas y las fases veladas, de las entrañas de la naturaleza?[16]
Hace una reflexión profunda sobre la necesidad de una existencia libre y honrada de lo propio de una nación, haciendo una vez más un llamado a la defensa de la identidad de los pueblos y de la construcción de políticas que no respondan a intereses ajenos ni los subyuguen o sometan a una dependencia cultural, privados de autenticidad y autonomía.
“Cuando estudiamos a Martí (…) pasamos sin sentirlo de su prosa a su verso, de su palabra a su acción, de su vida pública a su intimidad; podemos estudiar su doctrina política, filosófica, educacional, poética, crítica y aún estilística, como un todo continuo… No hallamos en él fisura…”
La defensa de la identidad sigue siendo hoy un tema de total vigencia para lograr la preservación de nuestro patrimonio vivo en concordancia con los deseos martianos de fundar y crear sin perder la esencia de lo que somos y partiendo de un conocimiento real de nuestras culturas y nuestras tradiciones, mantener la continuidad del pensamiento martiano y sus aspiraciones reales; de esa “paz libre y decorosa del continente y la felicidad e independencia de las generaciones futuras.”[17]
Un siglo después, la contribución martiana a la comprensión del fenómeno identitario responde al compromiso de quienes hoy asumen, como él, los retos del camino de la plena realización humana.
Notas:
[1] García Alonso, Maritza. Identidad cultural e investigación, Ed. Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Cultura Juan Marinello, La Habana, Cuba. 2002, pp. 9-37.
[2] Rojo, Grínor. Globalización e identidades nacionales y postnacionales… ¿de qué estamos hablando?, Fondo Editorial Casa de las Américas. La Habana, 2009.
[3] Vitier, Cintio. Vida y Obra del Apóstol José Martí, La Habana, Cuba, Ed. Fondo Cultural del Alba, 2006, pp 9-10
[4] José Martí, Obras Completas, Centro de Estudios Martianos, La Habana, Cuba, versión digital, 2002. t, 1. pp, 93 (en lo sucesivo OC)
[5] Rolando González Patricio, “Las relaciones interculturales en la valoración de José Martí”, Honda, No. 1, 2000, pp. 34-43.
[6] Cintio Vitier, Vida y Obra del Apóstol José Martí, La Habana, Cuba, Ed. Fondo Cultural del Alba, 2006, pp 23.
[7] José Martí, Obras Completas, Edición crítica, La Habana, Centro de estudios Martianos, t. 1, pp. 22 (en lo sucesivo EC).
[8] OC, t, 7, pp.98.
[9] OC,t. 6 pp. 23.
[10] OC, t. 6 pp 21.
[11] Valoración Múltiple, José Martí 1, pp. 106.
[12] Ídem, pp. 456.
[13] OC, t. 6 pp. 21.
[14] OC, t. 2 pp. 298.
[15] OC, t.6 pp. 21.
[16] Roberto Fernández Retamar, Política de Nuestra América. La Habana, Cuba, Ed. Fondo Cultural del Alba, 2006, pp 78-79.
[17] José Martí. Obras escogidas en tres tomos, t.3, pp. 161.
Bibliografía:
Fernández Retamar, Roberto. Política de Nuestra América. Ed. Fondo Cultural del Alba, La Habana, Cuba. 2006
García Alonso, Maritza. Identidad cultural e investigación, Ed. Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Cultura Juan Marinello, La Habana, Cuba. 2002, pp. 9-37.
González Patricio, Rolando. “Las relaciones interculturales en la valoración de José Martí”. Honda, No. 1, 2000, pp. 34-43.
Martí Pérez, José. Obras Completas, Edición crítica, Centro de estudios Martianos, La Habana, 2001
Martí Pérez, José. Obras Completas. Centro de Estudios Martianos (Versión Digital), La Habana, Cuba. 2002
Martí Pérez, José. Obras Escogidas en tres tomos. Ed. Ciencias Sociales, Centro de Estudios Martianos, La Habana, Cuba. 2007
Mejunto, Margarita y Guanche, Jesús. La Cultura popular tradicional conceptos y términos. Ed. Adagio, Centro Nacional de escuelas de Arte. La Habana, Cuba. 2007
Toledo Sande, Luis. Valoración Múltiple, José Martí 1. Ed, Fondo Editorial Casa de las Américas. La Habana, Cuba. 2007
Vitier, Cintio. Vida y Obra del Apóstol José Martí, Ed. Fondo Cultural del Alba, La Habana, Cuba. 2006.

