La utilidad de la virtud: José Martí y la ética republicana
En la visión martiana de república, desde sus años de juventud, la idea de la virtud ocupará un lugar central, no solo como principio ético individual, sino como fundamento ontológico de la nación. Martí concibe que las naciones solo pueden ser verdaderamente virtuosas en la medida en que estén constituidas por ciudadanos imbuidos de esos valores. Si bien durante su etapa en España (1871-1874) su discurso sobre el ideal republicano se centra prioritariamente en la cuestión de la independencia cubana y no desarrolla aún con sistematicidad otros elementos que posteriormente abordará con mayor profundidad durante su etapa mexicana (1875-1876), es significativo que la cuestión de la virtud, tanto en su dimensión nacional como individual, emerja como una premisa desde estas primeras formulaciones teóricas.
Esta concepción no es casual, sino que responde a un humanismo integral que trasciende lo político para anclarse en lo moral. Dicho humanismo lo impulsa hacia una búsqueda tridimensional: justicia social como horizonte, equidad como método y equilibrio como condición sine qua non. El joven revolucionario demuestra una perspicacia notable al comprender que la edificación de una república nueva, independiente, soberana y auténticamente democrática, requiere simultáneamente dos pilares interdependientes: por un lado, la armonía dialéctica entre todos los sectores sociales, y por otro, la formación de una ciudadanía consciente, cuya virtud cívica no surja espontáneamente, sino que sea resultado de un proceso deliberado de educación política y ética.
“Para alcanzar este ideal, Martí insiste en que no basta con reformas jurídicas o cambios estructurales; se hace imprescindible un proceso pedagógico-social capaz de inculcar la virtud cívica en los ciudadanos”.
Este presupuesto, a su vez, se enmarca en la necesidad histórica de forjar un pensamiento colectivo que trascienda los individualismos propios de la ideología liberal. Es en este contexto que el concepto de bien común emerge dentro del corpus martiano no como una mera categoría accesoria, sino como el eje articulador que otorga coherencia sistémica a los demás conceptos fundamentales de su pensamiento.
Para alcanzar este ideal, Martí insiste en que no basta con reformas jurídicas o cambios estructurales; se hace imprescindible un proceso pedagógico-social capaz de inculcar la virtud cívica en los ciudadanos. Es aquí donde la cultura —entendida en su sentido más amplio como el conjunto de creaciones materiales y espirituales que definen a una sociedad [1] — adquiere un rol protagónico. La cultura, en la visión martiana, no se reduce a manifestaciones artísticas o tradiciones, sino que engloba aquellas prácticas, instituciones y dinámicas mediante las cuales los seres humanos interpretan, reproducen y, sobre todo, transforman su orden social. En otras palabras, actúa como el sustrato simbólico que permite administrar, renovar y reestructurar el sentido mismo de lo colectivo. [2]
Por consiguiente, una sociedad que aspire a ser verdaderamente descolonizada debe emprender transformaciones profundas en cuatro ámbitos estratégicos e interrelacionados. El Tradicional-Religioso con el fin de superar dogmatismos para fomentar una ética compartida basada en la solidaridad. El Educacional que implica desarrollar un modelo pedagógico integral que combine la formación crítica con el compromiso social, donde la enseñanza de las humanidades y las artes sea tan relevante como las ciencias, pues ambas son pilares para la formación de ciudadanos sensibles y conscientes. El Comunicacional para garantizar que los medios de difusión promuevan el diálogo racional y no la manipulación ideológica, democratizando el acceso a la información y fomentando una esfera pública donde el arte y el debate de ideas convivan como expresiones complementarias de la libertad. Y el Artístico que implica institucionalizar mecanismos de apoyo a la creación artística, entendiendo que el arte —desde la literatura hasta las artes plásticas— no es un adorno marginal, sino una herramienta fundamental para simbolizar los valores republicanos, cuestionar injusticias y estimular la imaginación política.

Solo mediante esta transformación integral —donde lo tradicional-religioso, lo educativo, lo comunicacional y lo artístico converjan en un proyecto ético-político— podría surgir una ciudadanía capaz de ejercer su soberanía de manera virtuosa, es decir, guiada por el bien común y no por intereses fragmentarios. La república martiana, en definitiva, no se construye solo con leyes, sino con símbolos, relatos y prácticas culturales que encarnen sus ideales. Como advirtió el propio Martí: “Un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas: no tiene el derecho de ser respetado hasta que no tenga la conciencia de ser regente: edúquense en los hombres los conceptos de independencia y propia dignidad: es el organismo humano compendio del organismo nacional: así no habrán luego menester estímulo para la defensa de la dignidad y de la independencia de la patria”. [3]
Para Martí existe una la profunda dicotomía que fractura a las sociedades latinoamericanas —secuelas del colonialismo— y subraya la imperiosa necesidad de superarla como condición para construir una nación auténticamente libre. En su lúcida crítica, advierte: “Somos a la par miserables y opulentos; hombres y bestias; literatos en las ciudades, y casi salvajes en los pueblos: las naciones no se constituyen con semejante falta de armonía entre sus elementos: todo debe repartirse equitativamente: un pueblo es tanto más grande cuanto que sus partes componentes están más cercanas a la posible igualdad: sobre todo, una nación libre necesita estar formada por un pueblo de hombres”. [4]
“En el pensamiento del Apóstol destaca la necesidad de constituir una nueva identidad, reflejo fiel de la sociedad emergente. Esta identidad nacional, eco de las características más auténticas del pueblo que la conforma, debe consolidarse como cimiento de la nación. En este sentido, comprender la relación entre religión, tradición y arte constituye un paso fundamental”.
A partir de esta misma reflexión, Martí evidencia la íntima relación entre ética y desarrollo social como fundamento para construir una sociedad más justa y progresista. Simultáneamente, interpela la dignidad y el sentido de responsabilidad cívica cuando escribe: “No perderemos nosotros de vista los progresos de la Sociedad: la aceptamos con entusiasmo: la auxiliaremos en cuanto en nosotros quepa, y ayudaremos a tributar aplausos a los que no sean perezosos para hacer el bien, y a sentir natural vergüenza de nosotros mismos si tan patriótica idea no tiene esta vez el éxito que la generosidad, nuestra buena fama y nuestra venidera grandeza reclaman”. [5]
En el pensamiento del Apóstol destaca la necesidad de constituir una nueva identidad, reflejo fiel de la sociedad emergente. Esta identidad nacional, eco de las características más auténticas del pueblo que la conforma, debe consolidarse como cimiento de la nación. En este sentido, comprender la relación entre religión, tradición y arte constituye un paso fundamental.
En primer lugar, comprende la necesidad humana de venerar, adorar, honrar a algo que se muestra sagrado ante lo común del hombre. Es por eso que, sin minimizar el papel de la religión como elemento inherente a las culturas, se muestra a favor de un culto no ya racional, sino uno en el cual el deber a la patria es el más sagrado; en este sentido escribió:
El culto es una necesidad para los pueblos. El amor no es más que la necesidad de la creencia: hay una fuerza secreta que anhela siempre algo que respetar y en qué creer.
Extinguido por ventura el culto irracional, el culto de la razón comienza ahora. No se cree ya en las imágenes de la religión, y el pueblo cree ahora en las imágenes de la patria. De culto a culto, el de todos los deberes es más hermoso que el de todas las sombras. [6]

Martí no rechaza la función psicológica/social de la religión, sino que la redirige hacia un ideal cívico. La “fuerza secreta” de creer se traslada a la patria, haciendo del deber republicano un acto trascendente. La nueva identidad republicana requiere redefinir lo sagrado desde lo autóctono, no importar modelos ajenos. En este sentido resalta dos elementos: en primer lugar, la celebración de fiestas nacionales; y en segundo, mantener viva la memoria de los héroes de distintas formas. Se enfoca en el valor que tienen en la construcción de una memoria colectiva aunada por el cumplimiento del deber patrio —atado a la gloria clásica que convierte al hombre común en héroe eterno— y, al mismo tiempo, promueve valores patrios como la dignidad y el sacrificio. Así, aprovecha las celebraciones mexicanas como motivo y escribe su visión de la importancia de este tipo de festividades para la consolidación de la idea patria republicana:
Bien hace el pueblo mexicano en celebrar fiesta el día en que el enemigo de su libertad fue atacado y abatido: esta fiesta no significa odio, esta fiesta significa independencia patria. Lo que se celebra aquí no es la vergüenza de los que cayeron: es la enseñanza provechosa del cumplimiento de un deber, encendido por el valor, alentado por la patria, coronado y bendecido por la gloria. Se olvida a los caídos, pero se premia a los héroes. [7]
En la construcción republicana es fundamental consolidar el vínculo emocional con la patria, y la celebración de estas no solo crea una conciencia colectiva referente al pasado común, sino que aúna en la convivencia del presente. En este sentido escribió: “Las fiestas nacionales son necesarias y útiles. Los pueblos tienen la necesidad de amar algo grande, de poner en objeto sensible su fuerza de creencia y amor”. Sin embargo, el objeto sensible de creencia y amor debe ser la veneración al cumplimiento del deber patrio. Está claro para el Apóstol que las transformaciones sociales implican la transformación de las costumbres que consolidará la idea de una patria nueva; por tanto, expresa que “Nada se destruya sin que algo se levante. Extinguido el culto a lo místico, álcese, anímese, protéjase el culto a la dignidad y a los deberes. —Exáltese al pueblo: su exaltación es una prueba de grandeza”. [8]
“Un elemento fundamental en la concreción de una identidad nacional autóctona va a ser el desarrollo de las artes”.
Un elemento fundamental en la concreción de una identidad nacional autóctona va a ser el desarrollo de las artes. Las artes deben ser un reflejo de las esencias culturales e históricas de la nación; su función va más allá de la estética, se dirige a la consolidación de una cultura propiamente nacional y con ello contribuir a la consolidación de la independencia. En este sentido, la necesidad de una literatura propia de las naciones de América Latina va a ser considerado por el Apóstol desde su experiencia mexicana como un paso más en el camino hacia la verdadera emancipación.
Dedica especial interés a dos de las artes decimonónicas: la literatura y el teatro. A través de sus criterios sobre estas, se puede inferir la importancia que le concede al desarrollo de ambas desde un carácter autóctono, para contribuir a la construcción de una república —la independencia de las mentalidades del pueblo como garante de la independencia económica y política—. Así se evidencia en sus textos cuando escribió: “Y como en nosotros, en toda la América del Sur. No somos aún bastante americanos: todo continente debe tener su expresión propia: tenemos una vida legada, y una literatura balbuciente. Hay en América hombres perfectos en la literatura europea; pero no tenemos un literato exclusivamente americano”. [9]
El nacimiento de una nación independiente implicaría el surgimiento de una producción artístico-literaria que respondiese a los nuevos intereses nacionales, pues “un pueblo nuevo necesita una nueva literatura”. [10] Esta idea se basa en que se deben expresar en la literatura los nuevos caracteres de la nación, sus anhelos y contradicciones, tal como cuestiona Martí: “Toda nación debe tener un carácter propio y especial: ¿hay vida nacional sin literatura propia? ¿Hay vida para los ingenios patrios en una escena ocupada siempre por débiles o repugnantes creaciones extranjeras? ¿Por qué en la tierra nueva americana se ha de vivir la vieja vida europea?”. [11]

La educación es una dimensión esencial en cualquier análisis que se realice sobre la cultura. Aludiendo a esta, desde una perspectiva didáctica, habla de una forma de enseñar propiamente americana pues “las naturalezas americanas, necesitan de que lo que se presente a su razón tenga algún carácter imaginativo; gustan de una locura vivaz y accidentada; han menester que cierta forma brillante envuelva lo que es en su esencia árido y grave. No es que las inteligencias americanas rechacen la profundidad: es que necesitan ir por un camino brillante hacia ella”. [12] La forma de educar también debe ser representativa de los caracteres culturales propios de la nación, aquí nuevamente se refleja la visión de una nación autóctona cuya emancipación va más allá de la simple declaración de la independencia política, sino que debe ser reflejada en todos los sectores de la sociedad.
Está claro para el Apóstol que la primera educación se recibe de la familia, puesto que “el ser se ha desenvuelto al calor del hogar, antes que una atribución del ser se desarrolle con el contacto de los libros y por tanto violentando las fuerzas nobles en el ánimo de los niños, no se forman hijos fuertes para las conmociones y grandezas de la patria”.[13] La educación en valores también sale del hogar, “preferentemente deben cultivarse desde la infancia los sentimientos de independencia y dignidad”. Además, la labor educativa debe asumir a las nuevas tecnologías y los medios de comunicación como medios reales de enseñanza, portadores de contenido, no solo desde la teoría sino de la praxis diaria. “debe acariciarse la noble vanidad humana: debe educarse el criterio, y dirigir bien el orgullo: dese a cada hombre la estimación de sí mismo, lograble solo con la instrucción, y los crímenes y errores serán menos”. [14]
Por tanto, la educación debe garantizar también la formación de una ciudadanía que sea capaz de poner en práctica los derechos básicos de la sociedad democrática, puesto que “cuando todos los hombres sepan leer, todos los hombres sabrán votar, y, como la ignorancia es la garantía de los extravíos políticos, la conciencia propia y el orgullo de la independencia garantizan el buen ejercicio de la libertad”. [15] Para Martí la vía más efectiva de mantener las libertades alcanzadas y contribuir al sostenimiento de una república democrática es la educación; puesto que “una vez conquistada la libertad por el sentimiento de la independencia, dése el medio de asegurarla con el desarrollo de la educación. Dénse las bases del derecho a aquellos que lo han de defender”. [16]
“…la educación debe garantizar también la formación de una ciudadanía que sea capaz de poner en práctica los derechos básicos de la sociedad democrática…”
Por otro lado, en cuanto a los vínculos reales de comunicación entre dicha ciudadanía y el Estado y el Gobierno, la prensa va a desempeñar un papel determinante por su doble condición comunicadora y educativa. Para Martí la prensa no debe acogerse a un papel pasivo de simple difusora. Debe ser un ente activo dentro de la sociedad civil. No solo ejercer como mediadora entre los que gobiernan y las masas sino desde el cuestionamiento crítico favorecer el análisis de los problemas que atentan contra el consenso entre todos los elementos de la sociedad.
Concluyó que la función de la prensa en una República es la de ser juez justo y guía. Debe hacer uso de su libertad para contribuir al mejoramiento de la república, la vio como un eslabón más para contribuir al progreso de una nación, así escribió: “Abierta está la prensa; libre es, y así acaba de ejercerse, el derecho de acusación a los actos del gobierno: libre el derecho de reunir al pueblo y explicarle forma mejor que la actual para desenvolver sus derechos y asegurar y afirmar su prosperidad y ventura nacientes”.[17] Para Martí el papel de la prensa era fundamental sobre todo en su proyecto revolucionario, no solo como una especie de barómetro para medir el camino correcto en el desarrollo de la república sino también como soldado que permite su construcción y su mantenimiento. En México profundizó en su idea de cómo debe ser la prensa en Latinoamérica.
La ética de la comunicación reflejada en valores como veracidad, precisión, objetividad, imparcialidad, equidad y transparencia, sin los cuales resulta imposible la práctica del periodismo honrado. De esta forma “ayude la prensa periódica a los que gobiernan, señalando y presentando estudiadas las cuestiones que han menester más seria y urgente reforma. La prensa no es aprobación bondadosa o ira insultante; es proposición, estudio, examen y consejo”. [18] La cotidianidad ha demostrado que la “aprobación bondadosa” de los periodistas ante determinados temas resulta perjudicial a la credibilidad no solo de los medios de comunicación sino del aparato estadual y del Gobierno así como un veneno que va corroyendo la confianza del pueblo. De la misma forma, la ausencia de examen minucioso y consejo atenta contra las posibilidades reales de transformación, progreso y desarrollo; y los convierte en objetivo de la indignación de quien confía en su juicio imparcial.
En este sentido, en la construcción de una sociedad democrática, participativa y de justicia social, según Martí: “tiene la prensa periódica altísimas misiones: es la una explicar en la paz, y en la lucha fortalecer y aconsejar: es la otra hacer estudio de las graves necesidades del país, fundar sus mejoras, facilitar así la obra a la administración que rige, y ya que tantas graves cuestiones preocupan en una nación que asciende de una situación vacilante y anómala, a la de tierra dueña y libre. [19] Como resultado la labor del periodista va más allá del saber hacer, no se trata de llevar a la patria en la palabra, sino en la mente. Ejercer la crítica constructiva, transformadora es el deber más alto del periodista y nunca dejarse llevar por el facilismo o incluso escribir para satisfacer intereses banales. Así escribió el Apóstol: “hacen mal los jóvenes—e incluso los no tan jóvenes— que se entretienen en morder con dientes envenenados el virgen seno de la patria: esa prensa es la impotencia de los espíritus ambiciosos y pequeños: mueven la lengua, porque les cuesta menos trabajo que mover los brazos. [20]
Así, en tanto, se asumiera la educación como un proceso en el cual están inmersos todos los elementos de la sociedad se podrían llevar a cabo, y se pueden llevar a cabo, las transformaciones necesarias en las mentalidades de la sociedad civil que permitan garantizar desde su participación activa en los asuntos públicos las transformaciones políticas y económicas que toda nación requiere en su constante camino de construcción.
Esta concepción ética fue practicada por Martí de manera coherente a lo largo de su vida. En obras como Ismaelillo (1882) reafirmó su fe en la utilidad de la virtud y el mejoramiento humano. Su poesía, especialmente los Versos Sencillos, refleja estos ideales: el poema XXIII proclama su deseo de morir de cara al sol como símbolo de integridad, y el XXXVI exalta la redención moral al hacer bien, asociando la acción virtuosa con un baño de luz. Así, su obra y vida ejemplifican una ética de utilidad, sacrificio y honradez como pilares de la existencia digna [21].
Para Martí, la virtud era cumplimiento del deber y garantía del bienestar serio de los pueblos, articulándose con valores como la libertad, la justicia y el amor. Su concepción de patria como porción de la humanidad que nos toca y la república como espacio de dicha colectiva, transformó la virtud en un proyecto de liberación nacional. Además, consideró la virtud como un valor fundamental para los seres humanos, vinculándola estrechamente con la honradez, la utilidad hacia los demás y la dignidad. Destacó que solo las virtudes garantizan el bienestar serio y constante de los pueblos, enfatizando que el deber del hombre virtuoso no se limita al cultivo personal, sino a luchar por su triunfo colectivo.
Notas:
[1] Cfr. Néstor García Canclini: Ideología, cultura y poder. Argentina, Oficina de Publicaciones del CBC Universidad de Buenos Aires, 1997
[2] Cfr. Néstor García Canclini: Ideología, cultura y poder. Argentina, Oficina de Publicaciones del CBC Universidad de Buenos Aires, 1997
[3] José Martí: Colegio de Abogados.—Sesión inaugural.—El señor Lerdo.—El señor Martínez de la Torre. El señor Méndez.—Justo Sierra.—Delgado.—Ituarte. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, pp. 50
[4] José Martí: La civilización de los indígenas. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, pp. 266
[5] José Martí: La civilización de los indígenas. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, pp. 266
[6] José Martí: “Boletín. Cinco de mayo—Estudiantes.—Memoria rara.—Fiestas de Tlatalpan”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, pp. 28
[7] José Martí: “Boletín. Cinco de mayo—Estudiantes.—Memoria rara.—Fiestas de Tlatalpan”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, pp. 28
[8] José Martí: “Boletín. Cinco de mayo—Estudiantes.—Memoria rara.—Fiestas de Tlatalpan”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, pp. 28-30
[9] José Martí: El proyecto de instrucción pública.—Los artículos de la fe.—La enseñanza obligatoria. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2010, tomo 2, p.211
[10] José Martí: “Boletín. El Liceo Hidalgo.—Monumento.—Vuelta a las escuelas.—Empresa patriótica.—Teatro mexicano”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2010, tomo 2, pp. 36-39
[11] José Martí: “Boletín. Cosas de teatro.—Consideraciones generales.—La patria viva sucede a la doctrina muerta.— Teatro propio.— Literatura propia”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2010, tomo 2, pp. 62-65
[12] José Martí: “Boletín. Clases orales.— Ciencia y derecho.— Lecturas. — Discursos hablados.— La forma accidentada excita la atención”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, p. 77
[13] José martí: “Boletín. Monumento a Hidalgo.— El c. Francisco Rodríguez.— Colegio de las Vizcaínas.— El Congreso y la Corte”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, p. 41
[14] José Martí. “Boletín. Elecciones”. En: Obras Completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, p. 293
[15] José martí: “Boletín. El proyecto de instrucción pública. —Los artículos de la fe. —La enseñanza obligatoria”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, p. 210
[16] José Martí: “Bien por Sinaloa”. En: Obras completas, edición crítica.
[17] Ibíd., p. 70
[18] José Martí: “Boletín. Elecciones.— Jalisco y Monterrey. — Deberes de la prensa.— Conflicto grave en Nuevo León”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, p. 111
[19] Ibíd.
[20] José Martí: “Boletín. México, antaño y hogaño.—Libertad para el fundamento; trabajo para la conservación.— Juventud activa.—Algunos jóvenes”. En: Obras completas, edición crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, tomo 2, p. 191
[21] Victor Pérez Galdós: La virtud: un valor esencial en la vida de José Martí. Emisora Habana Radio, 2018

