Ya sabemos que ha muerto Ozzy Osbourne, y pudiera ser cosa menor si nos circunscribimos a la anécdota de que ha fallecido un individuo, pero adquiere otra densidad persistente si con ello, de alguna manera, termina una era. No será la primera vez, probablemente tampoco la última, que la muerte de un ser se trastoca en un símbolo del fin, o al menos del comienzo del fin, como mismo puede ser de un inicio, o del comienzo de un inicio.

Regresando al hecho y dejando de un lado, por el momento, las otras derivaciones, Black Sabath fue la realización original de esa potencialidad que el rock, joven, prometía del lado norteamericano pero que vino, necesariamente a realizarse del lado británico. Entrado ya el tercer año de la escalada imperialista en Viet Nam, la escena contracultural de los Estados Unidos gravitaba a sonidos que apelaran a una militancia antibélica y ello había adoptado la forma de un sonido traido por las formas de Joplin, Hendrix y Creedence Clearwater Revival.

“Black Sabath inventó el heavy metal tanto como Led Zeppelin”. imagen: Tomada de Internet

Se necesitaba otro contexto para gestar un sonido crudo definitivo, definitorio, de otra tesitura contracultural. Fue la ciudad obrera de Birmingham donde comenzaron bajo otro nombre hasta que, en 1969, al ver el nombre de Black Sabath, una película de horror con Boris Karlov, en la acera de enfrente del lugar de ensayo, cambiaron el nombre por última vez, y como dirían los anglosajones, el resto es historia. Pero en esos inicios sus músicos tenían que terminar la jornada laboral en las metalurgias de la ciudad industrial para ganado el pan, hacer el verso. Black Sabath no fue el producto de jóvenes de clase media aburridos con la vida mediocre que les prometían sus padres, sino la respuesta a un estado de cosas que poco había cambiado, en su esencia de última instancia, desde que la describiera Engels en Las condiciones de la clase obrera en Inglaterra.

Hay que tener cuidado con los reclamos de pureza. La nostalgia de algunos por la originalidad es para los contemporáneos, con aquello que se referencia, la corrupción sobre otros tiempos más anteriores aún. No terminemos como Winton Marsalis, buscando el paraíso perdido como una quimera que nunca ocurrió en la práctica.

Black Sabath inventó el heavy metal tanto como Led Zeppelin. Y cada uno llegó a esa fundación desde caminos distintos, algunos dirían que opuestos. Los de plomo buscando el virtuosismo, los maldecidos encendiendo un horno de fundición. Pero apesar de las perspectivas disjuntas, ambos llegaron al mismo punto donde Paganini tuvo que pactar con el diablo. Y pactaron. Ellos son los originales, o al menos el pináculo de los originales, entendido esto como la pureza construida desde la impureza, a fuerza de pasadas destilaciones. Es bueno rememorar toda esta historia para que la nostalgia no nos embote los sentidos y, en medio del espectáculo, se nos pierda lo que realmente se estaba despidiendo el pasado 5 de julio en El regreso a los comienzos.

“Y mientras haya metal, habrá Ozzy”.

Ozzy murió diecisiete días después. Tal como si vista cumplida la profecía de una vida, el cuerpo hubiese dicho: ya he hecho lo que había venido a hacer, tiempo de morir. Detrás quedaban dislates que la muerte, como manto, se encargará de su olvido. Pero el metal, ese hierro que tanto más mata como muere, ese no quedará olvidado. Y mientras haya metal, habrá Ozzy.

Termina una era, sí, como un ciclo virtuoso que ya no podrá ser otra vez recorrido. Como las aguas del río de las que solo se tiene una oportunidad de beber en ellas el mismo momento singular. Y ya sabemos que aquello condenado a ser irrepetible tiene  una levedad que abruma al ser, como mismo nos dispensa la necesidad de justificar la nostalgia. Solo lo que sabemos que será único merece el recuerdo. Eso sí, hagamos como humanidad, del ejercicio de la memoria, conciencia de la necesidad de seguir andando.