Tuyo es solo lo que regresa infinitas veces a tu fantasía
Seguro que fui yo quien, luego de leer algunos de los poemas de este libro, gestionó su publicación en La letra del escriba, impactada por su crudeza o su espíritu de denuncia. Pero eso fue hace como diez años y ahora son parte del libro La maquinaria, [1] de Leonardo Guevara, publicado este mismo año por la Editorial Casa Vacía. Su argumento, a la manera que lo enfocaría Montale, es la condición humana considerada en sí misma, no como acontecimiento histórico, condición que abarca a toda la poesía; o ya, para ponerlo en contexto, la deshumanización que caracteriza a la sociedad contemporánea ante un yo–cuerpo que busca acomodo entre el desarraigo y la aventura.
Nos entregan aquí las hojas caídas y las hojas salvadas de un hijo del sol —Ilias— que pone toda su energía en conocer el mundo, que no solo está en su país, y advierte los desafíos del verbo “regresar” —Nostos— vinculado a la palabra nostalgia, asociada al dolor emocional generado por la ilusión o anhelo del regreso al hogar, y los riesgos de la fama, el renombre o la gloria que pudiera alcanzar —Kleos—, o lo que saben los otros sobre ti. Estos tres conceptos nombran las partes de su libro: “Ilias”, la más extensa, “Nostos” y “Kleos”.

El libro está impreso en una grafía que imita las maneras de las letras de la máquina de escribir, y cuenta con ilustraciones que a veces llegan a ser como propios poemas del mismo, más allá de la apoyatura que le brindan. Son una especie de penetraciones del conflicto del yo lírico. Estas hojas caídas o recuperadas, que sellan la experiencia de un viaje físico, espiritual y hasta filosófico, están marcadas por un profundo sentimiento de desarraigo al que inevitablemente han presidido el reflejo y la reflexión sobre las raíces:
“Gumercinda”
Gumercinda
El sacerdote
_díjole_
el castigo será
hija del infierno
profana, hereje
La peste cub(r)a
tu cuerpo
amonéstole
sin saber que
esclava Gumercinda,
era hija de Congo
con un muerto llamado rompe
piedra.
(Nunca habló la lengua
y prefirió
quedarse mudo)
Esclava, bajaba a su muerto y olía a grajo.
En cada
paso que daba la
tierra movía, hija de Oggún
sin cepo que le doblegara
mataba a sus hijos.
No dar luz, riquezas ni bienes a sus amos.
El látigo
le hizo una marca en la cara
ya el cuchillo le había hecho otra.
Mataba a sus hijos
para romper sus cadenas
antes que llegaran a
prisión.
Esclava Gumercinda, qué nos harías
si nos vieras vivir
como estamos.
Tú comías la carne de tus amos,
sus huesos como
ave de rapiña.
Esclava \Gumercinda\
me toca. Dime
qué me dejan,
dime qué debo hacer
Yo no quiero matar a
mis hijos, no quiero comer
carne
yo descendiente
sin amo
país
no quiero morir
bajo un puñal que diga: muerto por una esclava
que no quiere que su
hijo sea esclavo
(pp. 8–10)
Es un canto a una rebeldía ancestral que siempre ha acompañado la razón de ser de los hijos de esta tierra. Rebeldía absoluta, paradójica y radical que por amor a los suyos el hablante lírico no quiere imitar, aunque proclama la posesión de esa sangre que declara tal rebeldía. En tal sentido reconoce lo fácil que es cometer actos que violen lo que significa ser un real ser humano (p. 12); o ve como alegoría de la sociedad y sus profundas vicisitudes a esos locos que bailan en las calles, a esos seres disminuidos desde el nacimiento. En este mundo deshumanizado que el poeta describe las relaciones de pareja son abordadas en más de una ocasión en el libro:
“Habitante de la pérdida y la cobija”
Pide acostarse sobre el cactus conceptual.
No erótico
tiro lo concreto por la necesidad de permanecer.
Ella da su símbolo en el momento en que posamos sobre el lecho. Amparado
por lo sobrenatural
soy un constructor.
Entre la madera _cuerda-floja_, el techo caerá.
Reparamos nuestras almas con materiales
que hincan la carne.
Lo encontrado desaparece,
nuestros muertos lloran
por el abandono al cual los hemos sometido.
(p. 14)

En ocasiones se trata de una pareja que no puede permanecer anclada en su posible amor, pues le urgen otras fronteras a conquistar, y “reparan sus almas con materiales que hincan la carne”, cuando sienten que han traicionado a sus antepasados. En tal sentido a veces asume una poesía desde la desesperación (p. 32), que según Ángel Lázaro es la expresión más suprema de la poesía. Porque en este libro hay preocupación por una emblemática lealtad a los muertos (religión) y a los antepasados, que se verifica desde el poema inicial y se manifiesta también en el poema de cierre del mismo; y se refleja el hombre, perdido en el aislamiento de su isla, que contempla sin fe el abismo del mar y del horizonte:
“El Parquebote”
El agua sobre el cuello del deseo. La desesperación oliendo a sal, entrando en el Parquebote donde nadie puede merodear más de 30 minutos diarios y lo permitido es mirar el horizonte de proyectos del agua entrando en la nariz.
Tú no reconoces la bandera de estos botes. No puedes entrar al parque donde el patriotismo te decomisa sin ver tierras transatlánticas. Solo te dejan los ojos y un placer mental: no más de 30 minutos diarios para mirar el horizonte.
(p. 20)
Sorpresa grata nos causó y también cierta nostalgia el poema “Para Carlos Augusto Alfonso”: [2]
María Caracoles baila el Mozambique y en la comparsa sale Pello el Afrokán. Montado en los sesenta, el Pello sin hablar, subía y bajaba las manos. El cáncer se lo lleva de las mujeres en minifaldas.
Las negras, mulatas y rubias bailan dándole su última reverencia. Dobla las rodillas el Afrokán sin drogas contra el dolor.
Yo con un ritmo prestado voy a salir a pecho abierto. Detrás de la comparsa con la perga de cerveza en mano, miro el éxtasis del público cuando María Caracoles baila Mozambique.
(p. 22)
Toda una época inscribe el reflejo de Pello El Afrokan en un poema, con su trepidante Mozambique y su espectáculo magistral, televisivo y carnavalesco, una época que fue como un rapto para el buen cubano entre su eclosión y su muerte. Pero el desarraigo es el sentimiento que más asoma en estas páginas. Un desarraigo que construye un insilio ligado a una especie de exilio forzoso:
“País”
La máquina trabaja en nuestros cuerpos, etiqueta y moldea. Nos da unas marcas de por vida _ya fuimos destinados al acto de corroborar_. Las manos del operario nos ponen un sello y embotellan. Luego somos lanzados al mar por la incapacidad del sistema. Tú no llevas mensajes de amor, ni mujeres esperan por mí como a los héroes de guerra. Soy la deformidad _un rellenado de ideología_ rompiendo las fronteras sin contacto con la luz.
Tú y yo no tenemos padres esperándonos ni hijos que maten su ira en los ojos. Solo nos odiamos por nuestra relación incestuosa. Yo nazco de ti en la calle. Cual hijo bastardo te engendro en la costumbre. Tú me das los genes, me heredas en el orgullo. Pero debe existir algo que detenga estos golpes que nos damos en el rostro. Tú o algún dios deben darme una orilla donde asir mis pensamientos y romper el estereotipo que no sé quién creó.
(p. 24)
“(…) el desarraigo es el sentimiento que más asoma en estas páginas. Un desarraigo que construye un insilio ligado a una especie de exilio forzoso”.
El desarraigo es parte constitutiva de ese hombre máquina o maquinaria que va a ser descrito una y otra vez en estos poemas que tributan directamente al título del libro. El hombre máquina se impone sobre el ojo, lo adorna, es parte de su dibujo:
“La maquinaria II”
Me levanto a las 3 de la mañana. Voy a la fábrica, hago la línea entre discusiones y caras resentidas. Como si fueran mi prole, cajas sobre mis manos. El olor a shampoo resbala y desconfía de cualquier sentido.
Me levanto a las 3 de la mañana. Debo cruzar el parque. Me han dicho: “Cualquier disparo busca a un cuerpo”. Yo no veo el peligro que existe y me toca. Las cajas de shampoo me besan como lo haría la muerte; también le dan de comer a mi madre y a su útero extirpado, a la tuberculosis que duerme bajo la nieve. Soy la élite del servicio.
Me levanto a las 3 de la mañana. Paso por la frontera y no me detengo. La máquina está muy cercana a mí. (Yo) hago sus movimientos en cada paso que doy. Me hace odiar a los gansos que buscan sus migajas, mas me inserto en su deuda y sacrificio.
Me levanto a las 3 de la mañana. Soy una máquina más.
(p. 28)
El hecho de ser una máquina también te entrega a una especie de crucifixión, como lo explicitan algunos grabados del libro. Es el excesivo, aberrante e inhumano carácter del trabajo en la sociedad capitalista, donde el yo lírico intenta hablar a los otros, pero solo se comunica con su verdad. Una postal del desarraigo entre imágenes activas y penetrantes:
“El hombre taking a shower”
En el sonido del agua vive el Hombre Taking a Shower _tan caliente como el país que dejó_, por la necesidad de lidiar con el frío. Y como a un toro le clavan una banderilla en su lomo, tocando las fibras sensibles de su corazón.
El agua cae tras la cortina que esconde el deslumbramiento. El hombre hace el intento de tocar cuánto resisten sus ojos. Ve el fuego ardiendo al rojo vivo y se pregunta cuándo terminará.
Hirviendo sobrevive con más de 100 grados asfixiándolo días y noches, días y días _toda la repetición ahogándose en su cabeza_ el agua, los shampoos, las cremas para el cuerpo y cuántos productos se necesitan. Todo al alcance de la mano, menos el funcionamiento de sus articulaciones y el recuerdo de un país.
(p. 27)
Porque “la máquina” es “[…] antídoto contra claustrofobia y aislamiento” (p. 34). En La maquinaria abundan textos sobre las obsesiones en una sociedad absurda, sobre su contacto con las tribus urbanas y su mundo peculiar. Entre el desarraigo y la raíz se acomoda el alma y la historia de este hombre que termina por fluir de alguna manera quizá indeseable, quien reacciona ante la fruitiva destrucción del pensamiento. Entonces se refiere a “intelectuales hundidos dentro de la isla y de los ahogados afuera” (p. 41), visión sobre su país y lo que llegan a ser sus ciudadanos fuera en la relación insilio–exilio–desarraigo: “Debo decir ha muerto mi padre, mas no soy su hijo”. Entonces surgen plegarias contra la deshumanización:
R e c a í d a
Ella fue a la iglesia a su reunión.
No quería tomar el camino equivocado.
Ve un hombre en la puerta.
Parece adicto al crack. Piensa.
La forma de mirar y su cuerpo
solo hacen darle la razón.
Otro hombre
que parece padre guarda _o cuida_
puerta, la muestra con su candado.
Dice
no dejes entrar al adicto.
Ella no sabe qué hacer. Solo está preocupada
por llegar tarde. Trata de esquivar
al hombre, hace un movimiento para dejarlo
afuera.
El adicto le mira y dice
no te conviertas así.
(p. 47)
“Romaní”
Mientras esperábamos teníamos conversaciones tontas. Tus ojos sin contacto con los míos. Tú, frente a mí, nómada y cartomántica me construías una historia. Yo veía tus vidas:
mujer, hombre y mariposa. Tú las mías, que nunca dices.
La otra mujer pone los ojos en blanco y cae. No intentamos levantarla, siendo tú romaní, yo extranjero. Después de unos segundos la rica despierta en su compostura, perturbada por mis palabras se aferra a su cartera como si nada hubiese pasado.
(p. 64)

El yo lírico, a manera de voyeur, narra sus impresiones en la gran ciudad, en la que el sexo, la prostitución y la pornografía son una presencia natural. El libro se mueve entre la experiencia del voyeur y el testimonio del viaje de la conciencia y del cuerpo del yo lírico por el mundo con su carga de placer, errancia y desarraigo, o la narración de experiencias amargas que aluden a un naufragio en éxodo que conllevó a una pérdida existencial:
“It was a painful day”
Mi hermano sin ser cristiano
ha querido caminar sobre las aguas 4
veces (supongo)
nacimos en un vientre
donde se trastorna el ser humano
y cambia de carácter según la luna.
Somos hijos del agua
los hijos del agua no
deben caminar sobre ella,
diría la madre.
Artefactos que flotan nos han trastornado,
todo es posible para salir
de la tierra y demostrar
que no solo el Cristo tuvo su calvario.
Yo
abandoné su vientre.
Mi hermano debe caminar sus propias millas,
donde un cuerpo demora
los días y el sol quema la espalda.
Vomita, la lengua se seca y
quiere agua sabiendo que es la muerte
entrando en la boca.
La madre del otro lado espera noticias
(pp. 86-87)
Porque “afuera el regreso no significa estar ni volver a nacer” (p. 89). Porque la curiosa, amplia y social significación de la palabra “extranjero” y “extraño” puede extenderse hasta los semas de “mendigo”:
B e g g a r s
Viajar en tren
es la experiencia de la que no se debe
prescindir. El paisaje,
los olores, la comida.
La vista en completo éxtasis.
En cada parada
los mendigos subían a los vagones.
Algunos tocaban mi pelo y pedían
dinero, otros comida. Parecía
yo el blanco a la diana
cual flecha debía llegar.
Un anciano
me enseñó la magia
y el gesto.
Mover la mano en círculo
repetidamente era el antídoto
contra los mendicantes.
Llegando a Sasan Gir
vi a mujeres
de
pañuelos cubriendo sus cabezas.
Movían sus cuerpos
balanceados por el viento
creando música. Bajé del tren,
quise traerlas en la cámara.
Me pidieron dinero,
dije no tener. Me negaron
la imagen y movieron sus manos
en círculos repetidamente.
(pp. 95-96)
En estas indagaciones sobre el desarraigo no faltan observaciones sobre la racialidad, donde confiesa que ser negro es ser la desconfianza (p. 33), y siempre saltar y sobreponerse (p. 69), y que los tipos humanos no dividen a la humanidad, quizá sí la dividan el genio, el talento, que es lo que engendra el gusto. Resaltan por su singularidad en este cuaderno los poemas que se refieren a otros bardos o a ideas vertidas por otros poetas con los cuales establece intertextualidad.
“(…) la poesía es un juego mortal que la misma vida establece con uno, y que, al decir de Pavese, tuyo es solo lo que regresa infinitas veces a tu fantasía”.
Pensemos en el que dedica al poeta suicida Juan Carlos Flores, donde refleja el drama de su vida y la certeza de su total desesperanza en el hombre, y de su propio aporte literario, referido aquí, y que está expreso en uno de los poemas de Flores donde proclama no poder escapar de la tradición, [3] o en su homenaje al gran poeta suicida Ángel Escobar, donde reconoce que su singularidad está armada con el dolor, el desastre, la muerte y la destrucción. También escribe un poema a partir del mulo[4] de Lezama, donde la violencia y la rebeldía de la realidad son apenas reflejadas en la escritura, y sirven de refugio al yo lírico:
Flagellum Dei
La excepción:
Ángel
escoba que
nos
mira y nos deja el
polvo tras
la destrucción.
No hay hierba
que
resista su paso
todo queda estéril,
sin fruto
en el verso
de algún poeta.
(Igualarse a la excepción
es muerte segura)
Entre los bárbaros
nos miramos con
recelo,
tras
el poder de su paso
bajábamos la cabeza
con miedo
a ser dominados por el
Rey
de los hunos.
Él y su poesía
barredora
eran el
Flagellum Dei,
la maldición
buscando
escape
en la tragedia de ver
Ángel
hacía caer
toda acción de
resistir
el dolor cuando
se convierte
en medicina.
Vio a un padre marcharse
con las manos llenas de sangre,
y
como la destrucción
de su psique
calmaba el trauma
que le engendró
en la poesía.
El barredor,
nos llamaba
a
la guerra.
Su conquista
era saber que no
hay poeta que lo iguale,
ni poesía que
nazca del dolor
más potente que la suya.
(p. 77)
El poema dedicado a Lorenzo García Vega profundiza en el hecho de ser aquella una sociedad que ignora el saber de un erudito. El reflejo de la deshumanización de la sociedad contemporánea es el pilar que entretejen los poemas de este libro porque su autor sabe, tal y como afirma Inger Cristesen, que la poesía es un juego mortal que la misma vida establece con uno, y que, al decir de Pavese, tuyo es solo lo que regresa infinitas veces a tu fantasía.
Notas:
[1] Leonardo Guevara. La maquinaria. Editorial Casa Vacía, Richmond, Virginia, 2026. Ilustraciones de Tagles Heredia Lemus. El autor, nacido en 1974 en La Habana, ha publicado Vida en comunión, Letras Cubanas, 2001, y Piramidal, Ediciones Extramuros, 2004.
[2] Hay varios poemas que utilizan una especie de dedicatoria como título propiamente, algo singular en las maneras de este libro.
[3] Véase el poema “Virgilio Piñera” de Juan Carlos Flores.
[4] Me refiero al poema de Lezama “Rapsodia para el mulo”.Javier

