En el afán de luchar contra una visión preconcebida, que llevó al poeta Domingo Alfonso en los últimos veinte años de su vida a hacer antologías de su obra y agregarles, como apéndices, libros nuevos, me sitúo, y someto a examen esta vez su libro En la ciudad dorada, publicado en 2002 por Ediciones Unión en el volumen Antología casi final y En la ciudad dorada. La sensación de estar viviendo los últimos años de su vida lo hizo repetir esta disposición, esta maniobra, mucho antes de la fecha de su muerte, ocurrida en octubre de 2025. Ya “ubicada” allí, Domingo Alfonso nos demuestra que escribir poesía puede significar “la plenitud o, si se quiere, el vacío de la vida o, al menos, su cualidad sin dimensiones”. [1] Como dice Charo Guerra en el prólogo del libro, lo desvela el hallazgo de lo excepcional, aunque lo excepcional sea tan desolador como la muerte, en suma, la percepción indeseable de la verdad. Desde el primer poema del cuaderno podemos hallar la obsesión, la recurrencia con el tema de la muerte, y el canto sostenido a lo erótico y la sexualidad, dos temas capitales en la poética de Domingo Alfonso. La reflexión sobre la muerte aparece junto a la idea de que la existencia es dictada y preconcebida acaso por alguien en los territorios del misterio y la predestinación, disponiendo la desgracia y la infelicidad. Es la omnisciencia humana queriendo saber todo del misterio:
“Algo vendrá después”
Algo vendrá después.
¿Cómo serán mis días por venir?
La muerte. ¿Cómo será?
Días envueltos en una tiniebla parda
Con la novela impresa de nuestro crepúsculo
Pues Alguien ha filmado las infinitas historias
Entrecruzadas de manera que cada gesto
Está predicho de antemano
Y es ejecutado por actores inconscientes.
Nada puede cambiarse.
¿Ir a la terraza o bajar las escaleras?
Solo una acción es posible.
Falsa ilusión de decidir mis actos
Pues esta forma de cruzar las piernas
O el diseño de mis manos en el aire
Al escribir el título y las palabras de este poema
Fue dispuesto antes del Caos Inicial.
(p. 183)

Es la vida dando brazadas entre el sueño y el misterio. Véase el poema “Alguien” (p. 197). Es la premonición y el temor de la muerte, donde el yo lírico es el enfermo y el que mira y juzga a los enfermos, el que llega y se va en este curioso retrato, género cultivado por Domingo con frecuencia en su obra:
“Visita al hospital”
Ahí está nuestro hombre, aquel que ayer no más decía:
– Estás un poco confundido (perdido políticamente).
Ahí está, barbudo, recién operado.
(Su esposa lo acompaña en silencio, para ahuyentar
la soledad.)
¿Y aquel anciano de ochenta y tres años que me cuenta
cómo su padre salvó del hambre a la mujer abandonada
con cinco niños que alimentar?
Una de aquellas fue La China
que lo cuidó en el Hospital de Pinar del Río
cuatro semanas antes de que el cáncer diera fin a su vida.
La sala del hospital, llena de penumbras;
afuera la tarde, viuda sin sol
y yo mismo, agujereado por los años
bajo como un pan mohoso las escaleras.
¿Acaso no será mañana, huésped de las mismas salas?
Con mi piyama de rayas azules,
hurgando por la ventana en el aire de la tarde;
queriendo huir de la cuadrada habitación
llena de orines, de sangre, donde la muerte puede pasar
en busca de un alma llena de miedo y tristeza.
(p. 206)
“Desde el primer poema del cuaderno podemos hallar la obsesión, la recurrencia con el tema de la muerte, y el canto sostenido a lo erótico y la sexualidad, dos tema capitales en la poética de Domingo Alfonso”.
Refiere aquí, como en sus otros libros, el carácter efímero, fugaz y cambiante de la existencia, donde se manifiesta la ley del movimiento y transformación constante del universo, ley dialéctica. Consúltese “Este camino es mío” (p. 203), en un mundo donde el poeta, a modo de recuento y balance de una vida, atesoró el amor y no la fama, [2] y que lo desveló el anhelo de absolutos y la búsqueda de lo imposible. [3] El canto a la pasión física y la sexualidad es una constante que define el ángulo más personal de la lírica de Domingo Alfonso, y que de un libro a otro se va haciendo más exacta, más descarnada. Fijémonos en este poema que es como una visión o un retrato, dando prueba de que su poesía es a un tiempo directa, sensual, sugestiva y voluptuosa:
“La visitante”
Ha visitado mi casa.
En el pasado
yo amé en silencio a esta mujer.
Sus manos gruesas terminadas en laca roja
con dedos que ahora se cierran
sobre el falo de su esposo.
Sus pechos que palpitan:
Sus nalgas, colinas perfectas
y sus pies, empapados de sexo:
Dos lirios
abiertos en la tarde.
(p. 184)
Otro retrato de concisión admirable es “Hombre mirando al mar” donde sobresale el protagonista, el retratado, y el voyeur, el que actúa y el que mira ante el espectáculo del mar:
“Hombre mirando hacia el mar”
Parado, de frente hacia el mar
el hombre que ofrece dos nalgas
tiene detrás
a un negro y su barra caliente
penetrándolo con violencia.
La tarde cayendo hacia el oeste,
los pies hundidos en la arena;
la amenaza de lluvia
oscureciéndolo todo.
Manos y brazos oprimen sus caderas
-como si fuese una mujer -.
Temblor, imagen confusa de miedo,
placer y sensualidad
en un minuto inolvidable.
(p. 220)

Este canto sostenido a lo erótico y la sexualidad es entregado con la misma naturalidad que ese instinto o inclinación nace en los seres humanos, donde a veces aflora el carácter irruptivo y efímero de la pasión y el placer. Porque “fuera de los dominios restringidos, Domingo nos entrega la certeza de lo real, buscando una prueba que valide esa certeza pudiéramos detenernos en la zona erótica de su poesía, donde mira hacia sí mismo, o hacia otros con un naturalismo descarnado. Aborda el tema de la pasión sexual, y del sexo puro, con humor, y desprejuiciadamente se empeña en penetrar con vicio lo mundano. Transgrede, pero a pesar de la energía que despliega en el tema, nunca toca lo grotesco.” [4]
El triángulo de desboque en la armonía martiana, que está conformado en su base por la vida de un lado, la muerte en el otro, y en su cima el amor, vuelve a tener sentido en la obra poética de Domingo Alfonso, que alcanza sus mayores esplendores a caballo entre el amor y la muerte. Entre la verdad sensible y la conceptual Domingo desata su juego totalmente específico, recordando la idea de Gadamer sobre el arte, e indicando, al decir de Ramuz, que la poesía es una florescencia de lo que es.
Notas:
[1] John Ashbery. Entrevista ofrecida a Peter Stitt. Confesiones de escritores. Poetas. Los reportajes de The Paris Review, El Ateneo, Buenos Aires, 1997, p. 20.
[2] Consúltese “Ante la puerta final” (p. 204)
[3] “Para esa alma, que leerá estos renglones”
Escribo para esa alma
cuyas pupilas, en medio de la angustia
leerán despacio mis pobres renglones.
Para este desconocido, con zozobra que veo
tal vez un poco derrotado
-¿podrá enseguida poner los pies sobre la vía?-.
Escribo estos renglones.
Sus manos recorrerán estas páginas
Y esa persona lejana
-acaso una réplica de mí mismo –
será mi justificación.
Sus ojos
recorriendo las letras dispuestas
suyas, unas después de las otras
a fin de que descubra
Aquello que he buscado
toda mi vida en vano.
[4] Charo Guerra. “Sobre una poesía que es angustia”. Prólogo a Antología final y En la ciudad dorada, Ediciones Unión, La Habana, 2002, p. 10.


Excelente artículo para tan grande poeta.