Mataremos al hijo (Letras Cubanas, 2025) de Leyla Leyva se construye en torno a esta idea de la canadiense Anne Carson: “El dolor no tiene significado. No tiene acantilados puros. El dolor es un horno. Donde las drogas se acaban y el lujo se pierde. Pero el momento duerme. Brilla. La noche se quema lentamente…”. Desde el propio exergo inicial la autora me alerta que el dolor y la noche son los hilos a través de los cuales tejerá el discurso poético.
Estructurado en tres partes: “noche uno”; “noche dos” y “el horno”, en el poemario advierto un juego de contrarios: abierto-cerrado; adentro-afuera; oscuridad-claridad; alivio-dolor. Este último par, unido al horror y la culpa son sentimientos que gravitan en los versos para mostrar una vida que se poetiza desde el dolor y la violencia no expresada que subyace en los gestos cotidianos.
El título, curiosamente, es una trampa: lleva implícito la violencia donde una crueldad aparente anuncia la muerte unida a la maternidad. Sin embargo, “la poeta y quien encuentra asidero en sus páginas, sabe que matar, nunca es, ni en el peor de los casos, matar” [1]. Se trata de una metáfora lúcida que alude al sentido cíclico de la vida; nacer y morir, amor y dolor, otros pares de contrarios.
La obra de Leyla Leyva no solo expone el dolor, sino que lo transforma en un ciclo poético donde la violencia se resignifica y la noche se convierte en un territorio de introspección.
La violencia alcanza en el poemario un matiz atroz, a tal punto que el sujeto lírico dice: “escribir escribir escribir no puedo escribir/pasan los días, los años, los tratos y no puedo/le pongo en un mensaje/ a una mujer con deseos/y sigo”. Incapaz de traducir en palabras esa violencia la voz poemática le escribe a “otra mujer” desde su introspección. La intensidad del dolor es posible vislumbrarla gracias a ese ejercicio de absoluta sinceridad al que convida Leyla Leyva.
El libro, que en fecha reciente se publicó impreso, dos años atrás ya había visto la luz en formato digital (ePub). Actualmente está disponible para su compra virtual en la plataforma Ruth Tienda.
La obra impresa, editada por el poeta matancero Leymen Pérez, cuenta con foto de cubierta de Rolyn Pérez, diseño de portada y dirección artística de Suney Noriega y emplane de Jacqueline Carbó, un equipo de Letras Cubanas que dio ese necesario acabado artístico que merece el objeto libro y además, ofreció al lector el placer de leer un libro sin erratas. Se trata de un cuaderno, que en lo formal, no tiene signos de puntuación, no los necesita porque bastan su ritmo interno y fluidez para identificar las marcas de un discurso poético compacto y fuerte en su unidad.
El enemigo y los perros aparecen como figuras invisibles, metáforas que hacen corpóreo el asedio. Los perros, no representados desde el sentimiento dócil de animal doméstico, sino como fiera cuyo ladrido amenaza y molesta: “una jauría insidiosa/ ladra en mi cerebro y se renueva”. Son “los perros que ladran a la luna vecina de pucará/perros que delatan y martirizan/se internan en el río de metales y siguen/ladrándole/a los pregoneros los vendedores de pan/ de escobas de araganes (…)”. Y el enemigo, como ese otro que no vemos, no sabemos quién es, pero está ahí, lo sentimos.
tendrías
la seguridad
que abandonas
cada tanto
por una utopía
de sal
tendrías
que entrar al nido/casa/domicilio
con el aliento en fiel
y el cuerpo metafísico
dispuesto a sostener
el vacío
del minuto tras la mira
resuelta a disparar
¿a cuál enemigo?
La noche se transforma en el libro no en el espacio temporal donde todo queda a oscuras, sino y sobre todo, en la oportunidad que se da la autora, de dialogar consigo misma, con el otro y con el mundo. La noche como pretexto para compartir un universo de experiencias marcado por el dolor. Este sentimiento va cayendo por su propio peso en cada página del poemario, ya sea para hacerse palpable y sufrible o para transformarse. En este punto, “Todo y nada se ha dicho/con el hacha casi” como dice el poema que da título el libro. Lo valioso acá es la capacidad de la autora para transformar el dolor, reconfigurarlo, resignificarlo y devolver en palabras la poesía del dolor. La autora así lo asegura:
¿seguiré variando?
seguro
tengo mucha tolerancia a los desastres
soy físicamente hábil para la recomposición
después de daños sucesivos me rehago floto en la madera-cuerpo
como aquel juguete mendaz del carpintero de vuelta a casa
luego de haber salido ileso de una mordida cruda
Leyendo Mataremos al hijo confirmo que el dolor es cíclico, continuo y cerrado. Me atrevo a pensar en ello como una de las tesis del poemario. El dolor también como un sentimiento inevitable que nos impulsa a crecer.
la noche más larga es ya otra noche tan larga
como la que dejamos atrás
como si no hubiera comienzo ni fin
sino un continuo acerado que nos permite sufrir
y avanzar
avanzar
y sufrir
en una concha ardiente.
Mataremos al hijo es, sin dudas, un poemario hondo y oscuro, como entrar y salir, para volver a entrar, a un pozo de dolor y noche.
Nota:
[1] Pozo Quiñones, Ismaray “Repetir el viaje”. Publicado el 22 de abril de 2024 en La Jiribilla. Consultado en https://www.lajiribilla.cu/repetir-el-viaje/

