En que el poeta es un pequeño Dios, como dijo alguna vez Huidobro, pensaba mientras examinaba y escuchaba los poemas del audiolibro Lengua del mudo, de la autoría de Jesús Lozada, que acaba de ser publicado por Cubaliteraria. El volumen integrado por una selección de su creación poética (18 textos) es testigo de la poesía de ese Dios que nunca deja de ser hombre, de ese hombre que se transforma en Dios y atisba y borda con su palabra. Y es así que en el comienzo de este audiolibro emerge y sube la imagen de Martí a través del verde tornadizo del monte, del verde en la luz, y hasta del verde diminuto para por medio del sacrificio aliarse al cielo, esencia que será transgredida y multiplicada en su país:

Fervor de este país
Ya perdido
Recupera
La sombra
El agua hervida en dulce
La cáscara de higo y el zarcillo
Las hierbas humildes
Sus modos de quebrar
Quiébrese el país
Adquiera
La claridad de las cosas celestes

Pobreza en sus ojos.

La imagen de Martí está presente en todo el libro. Imagen: Obra de la artista de la plástica Isis de Lázaro (tomada de la web Cubaperiodistas)

Y termina el cuaderno con un texto donde se muestra a los cubanos como seres que hemos venido de Martí, de la sangre de sus venas y el trenzar de su pensamiento, y aunque mucho hemos perdido de su gloria, seguimos acompañados por su luz, acaso la pobreza irradiante. La ternura entrañable y la volatilidad que señorean el carácter del cubano, y de un modo se refleja siempre signado por la naturaleza de su entorno, se refleja aquí. Así el fundamento de este discurso viene a ser una patria que es una isla que alienta más allá de su posible exuberante existencia, una isla que en su condición de imagen alcanza su definición mejor porque al poeta, como a Ciorán, siempre le ha atraído más lo posible que la realidad, porque sabe que “no es el absurdo lo que se opone al misterio, es la nada. El misterio es señal del ser. Allí donde está indica plenitud oculta.” En esta poesía se cruzan el flujo y lo sagrado, y se reconoce la omnipotencia humana para dar testimonio y ser Dios, en espacios donde se unen comunión, revelación y rebelión, y la poesía tiene de gesto alado. Y la gravitación del verso es lo mismo que el vuelo del verso, esencias concéntricas que descubren la inconstancia, la levedad trascendente de la isla. El verso, como mínima unidad del movimiento del universo, señorea y mira el mundo, y es mirado. El verso en la poesía de Lozada es como un Dios que busca espejos:

Desasido de luz    quemado por la luz
Azorado de luz    Desconocido
Transitando una ciudad ajena    nada vive   
Vacía hasta en la sombra de los campamentos

Maldita    qué feliz ante las fauces del que atrapa
Qué amargo habitar el de la puerta
Arco y cola de las anotaciones    piedra
Columna levantada para desconocerse
Si puedes    conmuévete
Al caer el ascua que vuela y se complace
El orden altera en una danza
De su fardo se sumerge el hombre
Ahora no sabe cuál será la arista
El fruto destinado a despojarse

Presencia allí    donde poblamos el peso de estar
De recomponer el estruendo del agua
Presencia esta que divaga
Converge ante el fuego
Nos lleva escuchando la onda de Scorpio
La herida que brota
Plenilunio en el calor de sangre
Sangre que se hallará en la voz
Tu música
Tu verdadera sierva
Tu constante ebullición

Presencia    he vivido en el soplo
Conozco así también el sabor de la fuerza
¿No podríamos estrangular los remos
No penetrar    no volver sobre nuestros aleteos?

Estamos llamados

Sean las ínsulas.

Porque ser libre es solo ser y Dios está encarnado en el hombre. Esta poesía posee la cualidad del torbellino, del flujo, de la luz que va batiendo sobre nosotros inconstante, como si fuera el aire o el agua que brota, brilla y se prende a lo que no retiene ni los sacrificios: “Correr es el don de nuestra búsqueda” (p. 17) Y hay como una tragedia en el hecho de que el hombre sea el dueño y el mago de su destino, una tragedia legendaria, diría yo, donde el hombre confiesa su misión de volver natural el mundo. Aquí se proclama la autonomía del verso a lo que coadyuva el uso persistente, letánico de la mayúscula al principio del verso procurándole intensidad. Hay algo épico en la disposición de las acciones, de los designios en esta poesía, y algo que se pudiera adjetivar como religioso por el recogimiento con que el hombre acepta su dolor, su derrota y su sacrificio, al tiempo que prodiga comunión. Una honda religiosidad recorre a su verbo como pudor. Aquí está Dios invocado en el hombre, y se respira la solemnidad de los oráculos. Hay algo de salmo, de oración en esta poesía, pronunciar es sagrado tanto como interponer el silencio. Y el hombre tiene la misión de salvar al mundo pese a los hombres. La naturaleza es el hombre y el hombre es la naturaleza. Se respira aquí la solemnidad de las premoniciones o de la contemplación del propio y el ajeno destino, las maneras del himno que va tejiendo la saga de un pueblo que es una isla que es un país que es una patria que es una manera de sentir que fluye al tiempo que se ausculta, y respira su bondad, la que el poeta transforma en cuestionamiento cuasi filosófico y en tejido casi mítico. Entre los designios de la oración y su propio éxtasis fluye o irrumpe la esencia de esta isla, sus mitos y razones, sus diagramas y desafíos, inevitablemente vertidos en la bandera o en la idea de la patria:

Pureza que tendrán las fiestas
En las que el oro
Escucha la pobreza
De estar en el triángulo
Acompañando al púrpura
(p. 18)

Banderas que perfeccionan el azul
Transparentado (p. 17)

Los poemas de Lozada también dibujan la isla, la nación y la patria, semejando un cantar de gesta. Imagen: Obra del artista de la plástica Michel Mirabal (tomada de CubaNoticias360)

Porque la patria es la que nos hace grande a nosotros, no al revés:

Insomne    Insomne
Qué caliente es el cielo
Y sobre tanta vida reaparece
Desciende acompañada
Reposa    de la continuidad de estar

La patria    muere sin nadie

Emerge en las transparencias
Pero no vemos claro
No entendemos que se entrega
Toma inacabable    para que en el fin
Seamos nacidos

La patria
Largamente nos quemamos
De la piedra que es.

A través del verso, del poema como letanía el poeta nos confiesa que el hombre tiene en sus manos el poder de volver natural al mundo. Porque estamos pendientes de un destino, de la isla-patria-nación-país, porque el poeta y el yo lírico están pendientes de un destino, que se hace en su mente y en su boca leyenda y filosofía a un tiempo. La conciencia dibuja las maneras del destino. En esta poesía, donde también el verso alcanza la omnipotencia del Dios, el clamor, el himno, la oración, el salmo, la sentencia, la letanía, la ceremonia, el oráculo dibujan la isla, la nación y la patria, semejando un cantar de gesta, pero como bien me ha dicho el poeta, “es una patria cuyo destino se revela en lo alto, y no en la futuridad de los origenistas, sino en el espacio de los arquetipos eternos. Isla tangible y a la vez imagen de la isla eterna.” Son poemas que, como la historia, al decir de Cintio Vitier, están hechos de una combinación de éxtasis y discurso.