Coetzee y la imposibilidad del imperio sólido
He leído la novela Diario de un mal año de JM Coetzee con un mal sabor en la boca. A diferencia de otras obras más canónicas de este autor, como Desgracia o Esperando por los bárbaros; esta ficción se acerca a la historia a partir de la relación microscópica que el individuo real establece. Si antes tuvimos el drama de una conciencia asediada por ideas que la superan (la moral, la decadencia política, los ciclos de ascenso y caída de los imperios, las crisis socioculturales), ahora se trata del drama de tres personas: un escritor (alter ego del autor) que hace ensayos de corte cultural, una chica mecanógrafa y su novio. En ese tríptico de personajes se desarrolla la trama. Como es habitual en JM Coetzee, la conciencia se va depauperando simbólicamente hacia el final de la novela y se deshace en hilachas para solo mostrarnos algunos rayos de luz. A diferencia de la narrativa contemporánea, la voz persiste en una solidez terca que es la causante de su propia destrucción. Se pierde en la medida que intenta permanecer.
Coetzee se mueve en espacios que lo hibridan como autor. Su tiempo pareciera no ser el presente, sino otro, uno en el cual se habla de categorías duras: conciencia, moral, deber ético del escritor, pertenencia, identidad. Sin embargo, durante la caída en el vacío del presente, la voz se erosiona. La tragedia en cuestión consiste en que se trata de un tiempo en el cual nada importa. Coetzee hubiera escrito perfectamente a inicios del siglo XX. Su visión de la vida encaja en el campo estético de entonces: si bien el mundo sólido empezaba su camino hacia la liquidez, aún quedaban por delante cataclismos, cambios narrativos, volteretas. Ahora ha llegado tarde. Todo el apocalipsis pasó, lo que queda es la irritación de la gente, la pérdida de sentido, la locura que insiste en llamarse lucidez. Por eso, en Desgracia, el protagonista nos da tanta pena: es la historia de un hombre que cree aún en la verdad y la redención en un mundo que lo ha condenado de forma identitaria y para siempre. No está proscrito por algo, sino por ser alguien. Y eso incluye que la etiqueta que lo determina es indeleble.
Uno de los temas universales de este autor es el de la mancha. No hablo, claramente desde una postura moral unívoca, sino desde una conciencia de la movilidad de los valores y su relación con el poder. La noción de autoridad atraviesa el diseño invisible de toda construcción social. Coetzee está consciente. Ha visto cómo en países como Sudáfrica perviven maneras de entender la raza y la conciencia. Su forma de analizar la mancha no es física, no se puede catalogar como algo sólido, sino como parte de la tragedia líquida de la posmodernidad. Cuando hablamos de racialidad o de cualquier otra etiqueta sociológica, la sombra de la mancha está ahí. Más que una cuestión tangible, se trata de un debate ideológico en el cual las posturas dependen de un posicionamiento político. Para él, no obstante, la conciencia intelectual tiene el deber de entender y de ser posible nombrar la tragedia de la exclusión. Un vacío que se le escapa, se torna jíbaro y permanece en la inmaterialidad.

Esta antimateria del drama convierte la estructura narrativa de Coetzee en un caleidoscopio. En primer lugar porque las voces no resisten el roce con el dolor de la no pertenencia. La identidad persiste en la caída. Pero es un agujero negro y no conocemos el final: su propia corporeidad es el misterio. El vértigo que sentimos al leer estas novelas no parte de una posición de altura, ni de un abismo en el sentido de la experiencia humana; sino de la posibilidad de una desmaterialización total. Solo la muerte, licuefacción y desaparición se pudieran colocar al lado de lo propuesto por Coetzee. Pero, claro está, no conocemos qué hay cuando se traspasa hacia esos estados. No accedemos a una conciencia que según lo científico ya no existe. La antimateria se nombra a partir de la ausencia. Creo que ese es el origen de mi mal sabor: no se trata de piezas para leer, sino para caer. Y la caída, aunque uno se quede en la vivencia lectiva, resulta trágica.
Coetzee escribe en un mundo que no entiende o que entiende a medias. Pareciera un lugar trágico, pero en términos de fascinación narrativa ahí reside el dispositivo del cual se sirven sus metáforas. En Diario de un mal año no hay nada fijo, la solidez se pierde, la trama no existe por momentos. La conversación de los personajes se confunde y el lector debe darse a la tarea de delimitar las fronteras entre la conciencia interior de unos y de otros. Imaginemos abrir un sarcófago e intentar separar los órganos deshechos de los ligamentos y los huesos. El desastre, la toxicidad, el peligro estarían al asecho. Algo así sucede con los sucedidos de la obra en cuestión: son trozos de una irrealidad en tanto parten de la percepción incompleta del autor. Aquí no estoy para nada diciendo que el proceso de creación de una realidad novelesca deba ser un ensayo científico que comprenda a partir de una articulación categorial una verdad. En primer lugar, esa no es la funcionalidad del arte y —en todo caso y de manera tangencial— los procedimientos de intelectualización por parte del autor no están exentos de una recurrencia hacia la poesía y la irracionalidad.
Coetzee alude en las páginas finales de Diario de un mal año a la pérdida de la noción del tiempo. Las relaciones humanas mediadas por el prejuicio y las expectativas han licuado la percepción del paso de los días. Se puede observar en la propia patologización que está presente en el cuaderno del escritor (el Señor C). Allí se habla de la sociedad como un cuerpo enfermo. Hay cultura de la cancelación, debate en torno al género y la culpa, racionalización de la mancha como marca cultural. El deseo humano es transformado en un vehículo destructivo. Eros y Tánatos viajan en la misma baranda del barco, mirándose frente a frente como dos adversarios cuyo ADN es el mismo. La corporeidad de la vivencia se compara a la ilusión de la realidad. La obra termina mostrando aquello que la mirada del Señor C. permite, no lo real en sí. El reino de la ficción actúa como un velo que oculta y moraliza desde la oquedad aquello que resulta incómodo. Los debates sociales se convierten en una cuestión doméstica, privada, censurable. La ruptura entre lo interno y lo externo solo es posible mediante el ejercicio de la lectura que en verdad es una deconstrucción subjetiva de la pretendida objetividad de los prejuicios y las percepciones.

Si la literatura existe es gracias a este mal sabor. La obra que no incomode sencillamente no funciona o lo hace al margen del debate escritural. Los márgenes son, como su palabra lo dice, aquello en lo cual casi nada transcurre o lo que ocurre es totalmente prescindible. Lo que Coetzee lleva a la centralidad del debate es la necesidad de una novela que no se quede en los personajes. Realiza este proceso sin culpa, pero intentando que todo no termine atrapado en el arquetipo. De ahí la cuestión de la incompletitud.
Bauman habla sobre la modernidad líquida como una sustancia inevitable. Vivimos un tiempo en el cual lo performático determina la identidad. La disolución de lo sólido corre el riesgo de ser una desilusión también. Una opera en el plano ontológico, otra, en el de las emociones. La frialdad con la cual construye Coetzee su novela nos conduce a la rapidez de una conclusión que tiene que ser imperfecta: el autor sabe que no puede atrapar el momento, conoce que es un incapaz en materia de aprehensión intelectiva y por ende solo dispone de un material que se deshace. La licuefacción del territorio ficcional apunta hacia la necesidad de que el lector acompañe una actividad receptiva cuya falencia está hecha de la misma literatura. La antimateria se adueña de la percepción sensorial y nos deja afuera, en el mundo de las elucubraciones. No quiero con esto decir que no se pueda escribir novelas en el presente, sino que, a lo sumo hay que ser honestos: sus temas no logran apresar una realidad que no existe. Tenemos, eso sí, los relatos, la maleabilidad de lo físico, el molde como huella de lo que pensamos como sólido y real. Pero todo eso entra en el reino de la nostalgia.
La novela tiende a ser, en este tiempo, más que nada una conversación. No pretende el ensayo ni la verdad monumental. El Señor C. sabe que no podrá entregarnos figuras del lenguaje conclusivas, por eso escribe a mano y usa a una mecanógrafa contratada. Por una parte, la letra hecha con tinta y papel funciona como un correlato del mundo perdido que se pensaba sólido. La ayuda de la mujer es un puente con la nueva generación, el intento de no quedarse dialogando solo o de convertirse en un idiota (en la antigua Grecia se les llamaba así a los que la comunidad apartaba, transformándolos en no ciudadanos). En ambos gestos hay una marca política: el vínculo con el pasado muerto y el temblor ante la pérdida de nexo con el presente. El Señor C. es un intelectual que conoce sus limitaciones y las trata de palear, sin éxito.
“La novela tiende a ser, en este tiempo, más que nada una conversación. No pretende el ensayo ni la verdad monumental”.
¿Qué otra realidad ficcional se desprende de la obra de JM Coetzee? La de los imperios que caen. Aquí el paralelismo con Esperando por los bárbaros es total. En esta última obra, la entidad política otrora todopoderosa siente miedo por la oleada de personas que provienen del exterior. El otro cultural amenaza con derrumbarlo todo. Sin embargo, ese enemigo sin rostro ni forma, ahistórico, sigue siendo más débil en fuerza. Su fortaleza es su carácter rizomático, informal, líquido. La invasión de los bárbaros en realidad es una emigración o posee todas las marcas. El discurso que emerge en el plano de lo narrado es el de los oficiales del imperio y su temor. De manera que no habitamos esa realidad líquida, esa verdad cultural otra, a la cual se le asume como bárbara, cuyo sitio es estar fuera de la historia como relato oficial. Coetzee nos dice, con esta metáfora narrativa, que la cuestión del imperio es la de la caída de los paradigmas civilizados y la recurrencia de otros paradigmas desde el margen hacia el centro. Ahora mismo, en países como Reino Unido existe un debate intenso en cuanto a la identidad y su conflicto con la emigración. La “islamización” de Londres aparece con frecuencia en los titulares. Al margen del aumento de la cantidad de personas de la región musulmana en Europa; el imperio como entidad cultural suele ver esto como “invasión” o pérdida de lo propio frente al empuje de lo ajeno. Coetzee nos dice que las invasiones son realidades del lenguaje, nombradas desde estamentos de poder, porque quizás —en dependencia desde donde se las mire— se trata de procesos migratorios, de gente moviéndose por necesidades.
En Diario de un mal año resuena este debate. El terrorismo posee una materialidad inconstante, sin molde y —contradictoriamente— se afinca en una identidad sólida, premoderna: la de la religión islámica. Los seres provenientes de esa creencia habitan la modernidad occidental y se comportan de manera líquida, pero sus presencias son percibidas como amenazas sólidas. El atentado a las Torres Gemelas devela una paranoia cultural ante los musulmanes que será parte intrínseca de la matriz tanto de Europa como del resto del mundo blanco cristiano. Esto determina el ascenso de un pensamiento que posee dos polos magnéticos: el Imperio Romano en tanto identidad unitaria occidental que pasó por un proceso deconstructivo por las sucesivas oleadas externas; el Imperio Británico como entidad multicultural que, no obstante, absorbía las identidades internas y las resignificaba. Coetzee se sirve de ambos momentos en la historia para construir el imperio ficcional de su novela. En el caso de Diario de un mal año se trata de Occidente, lo cual comprende Australia y Sudáfrica. En estos dos últimos casos, el enemigo ya está dentro: son las fronteras legadas por las tensiones coloniales y el expansionismo de antaño. En la otrora isla cárcel de los británicos, el subcontinente australiano, perviven los nativos como una huella existencial dolorosa y amenazante. En Sudáfrica, hay que hablar de la etnicidad de las tensiones entre los grupos que coexisten y cómo eso ha marcado la construcción del espacio de la participación política. Coetzee nos muestra el cadáver de Occidente, licuado por la putrefacción de la historia.
Cuando se le otorgó el Premio Nobel de Literatura, el siglo alboreaba y la conciencia en torno a la ruptura del paradigma de Occidente era más una tesis de academia. La deriva posterior nos habla de la capacidad de Coetzee para la anticipación. Si bien el imperio de sus obras no es exactamente una copia al carbón de lo que hoy vemos, la metáfora nos dibuja algo que atraviesa las relaciones a nivel social: el miedo al otro. No porque el otro sea intrínsecamente malo, sino por desconocido. Y se le desconoce precisamente porque en la modernidad líquida nadie es nada. Una frase que alude —en su propia sencillez— a la ausencia de ser. ¿Es esto posible? Cuando hablé de la antimateria y de la licuefacción de las identidades me referí a la desaparición de un sujeto a partir de sus muchas disoluciones. La sustancia no se pierde, se transforma en magma energético, pero en el proceso la conciencia no es la misma. La propia fluidez de lo líquido hace imposible una identidad. La carencia de identidad crea miedo en quienes están afincados en el centro y ven avanzar a los bárbaros.
“Diario de un mal año, Desgracia y Esperando por los bárbaros conforman una trilogía mediada por la desesperanza en lo sólido”.
La “islamización” para unos es una respuesta de vida o muerte ante un entorno donde los márgenes se deshacen como una distopía. Pensemos en la vida en países como Libia post Gadafi. No hay de otra que huir, emigrar, “islamizar”. Para otros, en cambio, es como el punto de vista de la aristocracia romana viendo llegar las hordas de godos con sus costumbres bárbaras y el irrespeto ante los altares. Esta imagen es un poco nietzscheana. Habría que analizar en otros acercamientos esa genealogía entre la voluntad de poder y la mirada de Coetzee.
Diario de un mal año, Desgracia y Esperando por los bárbaros conforman una trilogía mediada por la desesperanza en lo sólido. En los tres textos pervive una visión que no es capaz de tomar materia, porque su naturaleza está fuera de tiempo. Al tratarse de conciencias asediadas por lo líquido, la funcionalidad de estos territorios ficcionales depende del acompañamiento y de una lectura atenta. Todo se deshace, se tambalea, tiembla y se derrumba. En ocasiones el tiempo se licúa hasta ser otra sustancia. Otras veces, el espacio se torna raro, irreconocible, amenazante. Siempre hay un proceso de deconstrucción que no muestra hacia dónde va. El territorio de JM Coetzee es el de la interminable avenida de la desustanciación.
Como los cadáveres, la licuefacción acontece bajo tierra, en panteones, en lo oscuro. Como lectores solo tenemos acceso a la conciencia del autor. El filtrado de los hechos nos convierte en arqueólogos de la vivencia imperfecta. A diferencia de los muertos reales, la ficción no para de ser líquida, nunca se solidifica, nunca llega a quedarse en los huesos o a tornarse polvo y mortajas. A fin de cuentas, estamos hablando de la desmaterialización como sustancia en sí misma, no como aparato transicional hacia algo sólido. Lo líquido funciona como bucle, es parte de su comportamiento. Cuando la novela pasa, nos queda, si acaso su olor y una sensación que no podemos llamar recuerdo. La sinestesia apunta hacia una limitación sensorial y humana. Hemos traducido la obra con lo que tenemos y como podemos.

