En un tiempo de crisis de identidad, pasar de incógnito es algo poco menos que imposible. Hoy los debates en las redes sociales giran en torno a quiénes somos y qué nos define. Por eso Banksy resulta tan expresivo y a la vez extemporáneo. Por una parte, nos muestra varias de las aristas más incómodas del mundo que vivimos: el vacío creado por el ejercicio de poder, la violencia real y simbólica que se reproduce por todas partes y que conforma la sustancia de la vida contemporánea. Banksy reseña, mediante esa subcultura grafitera, los resultados de un devenir histórico que nos ha robado la posibilidad de ser. No me refiero aquí a la elección inauténtica de una identidad impostada, mayormente construida a partir de los prejuicios y las imágenes que inundan los medios, sino de la elección consciente que nos coloca en una crisis y a la vez nos ofrece lucidez.

El primer trimestre de este año fue conmocionado por la estatua titulada El Patriota, una obra efímera colocada en medio de las avenidas de mayor simbolismo cultural e histórico de Londres. Banksy subió a su cuenta de Instagram un pequeño reel en el cual de una forma sutil y minimalista refleja el origen de la idea, el proceso de montaje y la recepción del público. En el video, surgen de pronto los íconos británicos: jefes de Estado, militares, gestas, el Big Ben, las banderas; de fondo una melodía patriótica que poco a poco sube el volumen. Un camión de madrugada coloca la estatua y se va. Al día siguiente, un anciano mira el objeto artístico y dice que no le gusta, que prefiere las otras, señalando hacia la de Winston Churchill. Con una genialidad elemental, el autor de este proyecto nos está llevando a un plano superior en el consumo. Nos dice que, en realidad, la obra no está sobre el pedestal, sino en las ideas de las personas, en el cuestionamiento generacional y filosófico que el individuo confronta cuando mira hacia su pasado como pueblo y debe juzgar la historia. Ahí hay un choque identitario que lleva a los públicos a asumir una posición que no solo es estética, sino ética. Todo arte es político y Banksy no lo esconde, lo usa como núcleo coherente de sus cuestionamientos.

“Pero, ¿quién es Banksy? (…) Aunque tiene una poderosa presencia en los circuitos de consumo y se proyecta en las redes sociales, no se sabe con exactitud nada de la vida real del artista”.

Las obras de este artista se convierten en ensayos de reflexión en los cuales lo que estamos viendo es lo menos importante, se trata de un vector que se separa del objeto/arte y nos interpela. La construcción no es material en el sentido de la tangibilidad, sino en el propio magma del debate ideológico. Es un arte objetivo, históricamente informado, concebido dentro de una coherencia, pero no apunta hacia el entendimiento falseado, simplista, de la cosa inanimada, sino hacia una porción de historia puesta a funcionar como significante.

Pero, ¿quién es Banksy?, el vacío de identidad resulta consustancial a la obra misma. Aunque tiene una poderosa presencia en los circuitos de consumo y se proyecta en las redes sociales, no se sabe con exactitud nada de la vida real del artista. Sus obras aparecen y desaparecen generando una ilusión que emula con la magia. Hay un mito que se construye a partir de la deconstrucción del objeto/arte mediante el consumo. De manera que todo queda dentro de una performance que trasciende el hecho expositivo. No vas a ver a Banksy, porque no existe como tal. Solo hay una firma, una estatua o un grafiti. No hay una identidad sólida a la cual confrontar, con la cual polemizar o concordar. Por ende, el propio nombre se vuelve apenas una firma y esta última desaparece con la lluvia como algunas flores efímeras.

Las muchas historias que hay en internet sobre este autor no reúnen una versión coherente ni satisfactoria, todas confluyen en lo mismo: le restan importancia a la identidad real, la exponen como difusa, contradictoria, vaga. La voz autoral crece ante la ausencia de ruido mediático sobre su vida. ¿Se trata de una postura consciente en ese sentido? Lo cierto es que, en un mundo donde el contexto del mensaje condiciona el contenido, Banksy ha trasformado el anonimato en un arma, un parapeto desde detrás del cual dispara su arte. Eso lo convierte en un batallador solitario, pero aclamado por una muchedumbre de curiosos, críticos e instituciones que lo estudian y de políticos que miran con ojeriza hacia un discurso irreverente, hecho con inteligencia, lleno de la soltura de la libertad. Porque la identidad ya no nos pertenece y, mientras más expuesta está, resulta más vulnerable, ajena, presa de las interpretaciones y distorsiones, los intereses y las oscuras intenciones. Banksy lo sabe y ha hecho una identidad líquida, moldeable, que a veces se rebela con potencia y luego desaparece. Coloca todo en crisis, pero no responde por el caos.

El público acude a Waterloo Place, en el corazón del centro londinense, para disfrutar de El Patriota. Foto: Tomada de Internet

Yendo de nuevo hacia la obra expuesta en Londres este año, debemos decir que se trata de una provocación en todo sentido. Imaginen cómo la clase elitista británica se tomó la aparición de un hombre que marcha hacia adelante con el pecho erguido y una bandera que le tapa el rostro en el momento justo de caer del pedestal. Sumemos además que la estatua se sitúa no en un callejón, ni en una esquina, sino en la confrontación simbólica con varios íconos del pasado imperialista. Las preguntas saltan: ¿vamos en el camino correcto?, ¿esta es la única alternativa?, ¿no ven que nos estamos hundiendo?, ¿qué representa esa bandera que no nos deja ver hacia adelante? La obra traspasa las lecturas maniqueas en el plano político y cuestiona la noción de ideología como falsa conciencia de la realidad. La bandera no posee símbolos visibles, pero el público se los otorga. Unos verán la enseña nacional, otros a partidos, pero muchos sentirán que el trozo de tela les genera opresión, ruido, tedio, amargura. Los símbolos pesan. No se trata de una presión material, sino histórica.

Hace años, cuando el mundo marchaba hacia este proceso de desasimiento del siglo XXI, pero aún se conservaba un ecosistema marcado por lógicas más convencionales, hablar de identidad era algo mucho más sólido. Usted leía los periódicos en papel, tocaba las cosas y sentía su textura, se movía en un plano tangible, debía enviar cartas o levantar un teléfono para comunicarse con los demás. Ahora todo es más inmediato, casi instantáneo, incluso da la sensación de que se trata de interacciones inexistentes. La virtualidad ha licuado la posibilidad de lo sólido, haciendo que nuestra esencia dependa de procesos que nos superan. El avatar digital de las redes sociales está mucho más vigente de manera pública que el nombre real y las experiencias concretas. Las narrativas definen mucho más que los hechos. Banksy es un poeta de este momento, tanto, que él mismo se ha ocultado. No desaparece, pero aparece apenas como un iceberg, solo vemos una porción que él desea exponer. No solo se está protegiendo, sino que vive con la conciencia de que esa identidad externa se le puede ir de las manos y volverse un bumerán. Así se entiende la lógica constructiva de las obras de este autor. Banksy no se evade, sino que habla desde la visión de una identidad manejable. No te dice que alguien que cree en la patria está equivocado, sino que lleva a los públicos hacia una reflexión más profunda: ¿y si eso en lo cual crees no existe?, ¿y si solo se trata de un pedazo de tela? Las tesis incomodan, duelen. Hay gente que dio su vida por esas ideas, otros estarían dispuestos a hacerlo. Sin embargo, nada de eso puede negar que la ideología —la que sea— no es una conciencia real del mundo, sino un aparato de cohesión y de condicionamiento político.

“Imaginen cómo la clase elitista británica se tomó la aparición de un hombre que marcha hacia adelante con el pecho erguido y una bandera que le tapa el rostro en el momento justo de caer del pedestal (…)”.

Lo que Banksy nos está proponiendo con su pieza es salirnos del lugar común, porque no nos deja ver la verdad y eso resulta peligroso. La caída de la figura puede ser la de un Imperio (como el británico) o de un hombre en concreto. Pero lo que se nos está dibujando como causa del accidente es la ceguera. Una falta de visión que nace de la tela en el rostro, una bandera de la cual casi no podemos escapar y que nos ha elegido como víctimas. Hay otra lectura también interesante en esta pieza: sin la persona que sostiene la bandera, la ideología deja de existir. Por ende, cuando el hombre caiga, todo el entramado se destruye. Existe una lógica perversa en esta lectura acerca de la ideología: la que conduce al fracaso factual de visiones objetivas, emancipadoras y sanas. ¿Quién lleva a quién?, ¿el hombre a la bandera o viceversa?

La paradoja obedece también a un pensamiento crítico, a un acrisolamiento de la conciencia a partir del proceso de consumo del arte. El autor sabe que los valores conservadores lo atacarán, sabe también que no ha hecho una obra para degustar ni para colocarla en una galería. Al contrario, más que la estatua, la verdadera pieza de arte es la provocación. Sin las ideologías externas que se adhieren, nada tendría sentido. El contexto le impone un debate al artista y a la vez intenta definirle una identidad. Ahí es donde el autor ha sido un genio. ¿Se imaginan si el mundo supiera de quién se trata? Ya lo hubieran querido absorber, extorsionar o ponerlo bajo sospecha. La identidad anónima salva, sirve de coartada, diluye la oportunidad de que otros ejerzan poder contra el autor, otorga a la pieza una presencia fantasmal.

“(…) en un mundo donde el contexto del mensaje condiciona el contenido, Banksy ha trasformado el anonimato en un arma, un parapeto desde detrás del cual dispara su arte”.

El Patriota termina siendo un sujeto mediocre, común, patético, cuya marcha carece de sentido y se transforma en un accidente. No hay gloria, el pedestal no lo salva ni lo eleva, sino que lo deja caer. No podemos verle el rostro —con lo cual hay un guiño a la identidad del autor— y por ende tampoco es dable condenarlo, ni salvarlo. La nación o la idea que subyazca a la pieza se vuelven un conjunto significante vacío. El traje convencional, el cráneo que se adivina calvo, la postura un poco vencida a pesar del pecho lleno de energía; nos indican una persona mayor. Sin embargo, todo eso también forma parte de los elementos simbólicos, no apuntan hacia una verdad literal. Se nos dice que las ideologías son un fenómeno viejo, de antaño, que además intentan funcionar como verdades heredadas inamovibles.

Ese hombre está vencido, pero no lo sabe, condenado, pero insiste en seguir. La ideología como falsa conciencia pervive más allá de las leyes racionales como la propia gravedad que hace que él caiga. El pedestal es un abismo y eso indica que la historia puede transformarse en algo peligroso cuando se opera dentro de ella desde el desconocimiento, la ceguera, el fanatismo. Si se va a las guerras, habrá un sinfín de justificaciones e ideas usadas para obligar a los soldados. Desde Dios hasta la patria pasando por cuestiones que nadie negaría como el honor o la familia. Sin embargo, lo que se mide es el resultado y tal cosa apunta a una caída. La muerte requiere justificaciones, porque todos sabemos que de ahí no se vuelve. Entonces la ideología se torna un fantasma, un intento por darle sentido a lo que no existe. Nadie muere por lo que no posee entidad, por ello la entidad se inventa.

El Patriota no es solo una pieza, sino un dispositivo que conduce al desmonte de ideologías”.

Si el arte sirve para algo es para denunciar concretamente cómo y por qué se vive. Banksy lo hace detrás de su parapeto. La crítica ha señalado con probable acierto que la recurrencia a lo anónimo puede apuntar incluso a identidades colectivas detrás de la creación de la firma autoral. Nada de eso empañaría la autenticidad de un discurso que vertebra significantes reales y potentes. Banksy es una obra de arte en sí mismo porque la sola aparición de su firma alude a un aparato conceptual elaborado. Su función como artista va mucho más allá de la belleza, se trata de una gimnasia del pensamiento. Entonces, para la crítica la ausencia de una identidad también contribuye a la sustancia de las obras, el significante comienza ahí, en la firma misteriosa. Hay un cuestionamiento de la función del artista, un gesto que se lee irreverente. De tratarse de genios a veces incomprendidos o locos, de personalidades entre el límite de lo permisible y el abismo, ahora tenemos la nada, la confusión, lo líquido, lo que surge y desaparece. Tenemos el fantasma.

El Patriota no es solo una pieza, sino un dispositivo que conduce al desmonte de ideologías. Y con esto no estoy moralizando la crítica ideológica, sino abriendo la posibilidad de que exista una asunción transparente del fenómeno de la falsa conciencia. Con pocos elementos dice lo necesario. Obviamente, eso molesta. No se hace arte para la comodidad de nadie y por ende todo objeto constituye un grito. Este, además, no es un arte expositivo clásico. Si la estatua no se retira va a desaparecer bajo los efectos del exterior ya que está hecha de resina. La pieza aspira a una materialidad más allá de la materia, una que está hecha de ideas o sea el propio elemento sustancial que se toca temáticamente.

Nadie sabe si la próxima pieza de Banksy será en Londres o en cualquier otra ciudad. El diálogo con los contextos es siempre algo que lo acompaña. Lo cierto es que en una capital como la británica —centro financiero global y de uno de los mayores imperios de la historia— una estatua que cae enredada en una bandera no pasará desapercibida. Digo más, la pieza ha elevado el nivel de cuestionamiento estético y me hace pensar en que la siguiente provocación puede ser más poderosa.