Conocí a Robinson Rodríguez hace tiempo, cuando ambos pertenecíamos al mismo grupo de jóvenes llenos de inquietudes de la ciudad de Remedios. En un ambiente cultural venido a menos, personas que se interesaran por el arte y que llevaran adelante debates en torno a cuestiones de esa índole eran una rareza. De ese momento de nuestras vidas data mi interés por su obra. Luego la existencia nos ha colocado en distintos sitios y él ha llegado a transformarse en una de las figuras de la vanguardia joven de Villa Clara y uno de los nombres que suenan en salones y eventos. La obra de Robinson es madura, sólida, con una brillantez conceptual y una belleza plástica que sorprenden a cualquier crítico. Su origen en la Octava Villa de Cuba le imprime un sello único, nostálgico, que hace que cada muestra sea una mezcla entre sensibilidad y sabiduría. Por ello, su más reciente exposición, titulada El divino antojo, en la galería Carlos Enríquez de Remedios, es una especie de punto de inflexión. Algo alejado del circuito de arte debido a la crianza de su hija Isla, Robinson ha retomado el camino y quiere como siempre deslumbrar con la profundidad de su mensaje.

“El antojo no solo es algo que depende de un impulso, puede ser una cuestión de vida o muerte. Y encontrar el sentido de la existencia, más que un antojo, es el núcleo de la vida”.

En esta serie priman elementos que difieren de lo que he visto tradicionalmente en este autor. Hay un giro estético que se muda desde lo puramente explícito, que subvierte el orden establecido hacia esta sutileza donde se aprecia una paleta más amable, la cual narra desde un sujeto lírico que, sin obviar el compromiso, se sabe inerte en medio de una realidad que lo supera. Para Robinson, el hombre que debió irse a otras ciudades y latitudes, volver a Remedios es dedicarle un aliento de sobriedad y de paz a ese lecho que lo vio nacer y que le dio sus primeros impulsos. Por eso El divino antojo es una especie de autoconfesión donde está presente el universo de la casa, del hogar, de los amigos, pero todo visto desde una altura abstracta, que no renuncia a sí misma, sino que atrae a ese mundo y lo transforma desde su propia sustancia. Para el artista, que además sabe de las maldades del circuito expositivo y se ha curado de ese espanto, es un divino impulso esta exposición, a la cual acuden los amigos que quedan.

“(…) las encrucijadas parecieran establecer las formas de una casa (…)”. Imagen: Cortesía del artista

Además, la muestra, al tener una existencia también en las redes sociales, se extiende como un correlato paralelo e inmenso que alcanza a los ausentes.

Robinson representa figuras que recomponen un horizonte que el artista ha idealizado. A veces, las encrucijadas parecieran establecer las formas de una casa, en otras ocasiones se observa cierta similitud con una señalética de caminos. Tal como si se perdiera el rumbo y se tratara constantemente de retomarlo. El antojo no solo es algo que depende de un impulso, puede ser una cuestión de vida o muerte. Y encontrar el sentido de la existencia, más que un antojo, es el núcleo de la vida.

Los colores, entre brillantes y mustios, establecen un bello contraste que en su elocuencia dibujan los universos encontrados en el interior del sujeto lírico. Pasado y presente, realidad y sueños, aspiraciones y posibilidad. Las tonalidades no solo se adueñan de la paleta, sino que constituyen una visualidad agresiva desde la cual tratamos de trazar un eje de análisis que nos conduzca hacia alguna dirección. Y es que el artista pareciera abrirnos constantemente los sentidos a un camino que pocos transitan y es el desengaño. No porque no se logren las metas de la vida, sino porque una vez llegados a ese punto, tenemos que reinventarnos y nos percatamos de la fragilidad de dichas aspiraciones. El desengaño no solo opera como una especie de bisturí cortante que nos explora y que revela lo que somos realmente, sino que constituye un necesario ejercicio de sabiduría al cual el artista no le teme.

“Hay remanencias que sopesan la obra de Robinson, que sigue siendo soñadora, irreverente, pero ahora más minimalista, más silenciosa en el plano de lo semántico, pero más íntima y salida de lo más recóndito”.

Si antes, en instalaciones y pinturas, el autor disertaba abiertamente con una realidad agresiva de la cual era refractario, ahora hay que verlo en la pasividad de estudio, en medio de reflexiones que lo deconstruyen también, como hacedor de su propia obra. En este proceso de introspección ya no le interesa la trascendencia, sino que halla en los elementos más nimios el sentido, ya sea en un punto, en una raya, en un color que pareciera estar fuera de sitio, en un trazado que sin mucha elocuencia se sitúa como horizonte y perspectiva existencial. Y es que no le importa si eso es validado o no, si eso es lo correcto o no, si es hermoso a la usanza de los prejuicios del medio o no. El artista posee una dimensión que se escapa de las convenciones de una pequeña villa y va más allá, en un viaje que de alguna manera es el preludio de su esencia. Robinson ya se había ido de Remedios, antes de marcharse físicamente. También, ya había vuelto muchas veces, sin que su pie pisara las calles de la ciudad.

“Los colores, entre brillantes y mustios, establecen un bello contraste”. Imagen: Cortesía del artista

El divino antojo más que un gusto personal que habla sobre la predilección del autor por su medio de crecimiento y formación, es un regodeo, un gozo en el cual Robinson halla aquellas imperfecciones de antaño y es capaz de redimensionarlas desde el éxito parcial e incluso, desde la relativa prosperidad de su presente personal. Nacido en el seno de una familia muy humilde, su maduración como creador ha ido a la par de la creación de ese espacio en la vida como padre y como esposo en el cual hoy se siente a gusto. Un hogar que he tenido el privilegio de conocer y donde él se sienta a crear con toda la placidez. Allí, según me dice, se siente alejado de la falsedad, de los rencores y de las envidias. En ese feudo, donde solo están él y sus amigos, se construye a partir de una limpieza de alma que no permite que accedan otras cuestiones menos sacras.

Hay remanencias que sopesan la obra de Robinson, que sigue siendo soñadora, irreverente, pero ahora más minimalista, más silenciosa en el plano de lo semántico, pero más íntima y salida de lo más recóndito. Existe un peligro en estos períodos de maduración de los artistas y es el de quedarse vacíos. Las búsquedas a la par que oxigenan, agotan las almas creadoras y les dan un cansancio adicional. Por eso quizás, Robinson ha querido callar por un tiempo, pues no siempre se dispone de los recursos de la elocuencia, ni hay ese impulso que es capaz de sobrellevar los problemas cotidianos con su carga alienante. El artista mira a través de la ventana de su estudio y acude a un escapismo que le permite sobrevivir. Existen allí las influencias contemporáneas, el arte abstracto, pero también la pasión por decir y por hacerlo desde unos códigos que no caigan en lo manido, ni que irrespeten la propia savia que precede a la exposición El divino antojo. Porque todo posee una historicidad, un peso, una entidad que lo predetermina y solo los artistas reales son capaces de desprenderse y hallar ese sano momento de reflexión y de goce estético.

En cada pieza se puede disfrutar una recreación del lenguaje visual. Imagen: Cortesía del artista

¿Qué historias nos traen esas figuras que parecieran señaléticas en medio de un pavimento de colores?, ¿se trata realmente de una imagen en movimiento o del movimiento de una esencia que se pierde? Nada hay predefinido en un universo en el cual prima la sabiduría del autor, que ya conoce lo que es bello y sabe llevarlo al pincel y de allí al cuadro. Si el espectador no es sagaz, quedará retrasado en este rejuego en el cual nada es fortuito, sino que posee la complejidad del pensamiento más académico, con ese saber que emana de las calles de Cuba. Con Robinson se puede dialogar lo mismo sobre el precio de uno de los tantos productos afectados por la inflación nacional, que acerca de las tendencias más exigentes del arte contemporáneo. Para él todo está interconectado y posee un peso en la hechura del espíritu de Cuba. Hay en ese gesto una especie de pose si se quiere, que además se agradece, en la cual el hacedor de fantasías no posee reparos en decirnos que conoce perfectamente el mundo que habita. Y es que para él no hay una obra separada de su universo referencial, no hay un escapismo total, sino que al contrario siempre se vuelve a la villa donde todo comenzó, quizás en la más humilde de las condiciones.

Para un crítico siempre será difícil escribir una reseña sobre la obra de un amigo, más aún si se compartieron espacios informales durante la primera juventud. Pero hay que hallar los puntos de interconexión que hacen de la cuestión expositiva un acto serio de consumo y por ende de criterio en torno al mundo del arte. Nada está alejado de lo que vivimos y lo que sufrimos y las experiencias se pueden usar para sacar de estas, el núcleo más significante y hermoso a la par que útil. El divino antojo, con esa lejana referencia a La divina comedia, es un juicio al mundo que sirvió al autor para su crecimiento, es un ajuste de cuentas con el tiempo y también constituye una oportunidad para definir qué va a pasar a partir de ahora.

“El sentido de lo teatral en la obra se adquiere por medio de la propia visualidad”.

La vida de un artista es demasiado sensible para pasar por las aguas de un averno que no está dispuesto a reconocer el valor de los más frágiles y creativos seres humanos. La señalética en los cuadros se nos presenta como una imagen terrible, la cual quisiéramos borrar, pues nos trae otras tantas referencias dantescas. No hay mayor locuacidad que la de ese gesto del autor, no existe un juicio más duro al presente. Y por ello no hay que pasar por alto, sino reforzar el carácter práctico, profundo y analítico de estas piezas.

Si Dante ideó su obra a partir de círculos infernales que se superponían en cuanto a la gravedad de los pecados, para Robinson hay una especie de estaciones que se van diluyendo en una nada, visiblemente trágica. El sentido de lo teatral en la obra se adquiere por medio de la propia visualidad y también cuando se conversa con el autor y se percibe el sentimiento de una abrumadora y seria preocupación por las cuestiones que definen lo cubano, lo nacional y lo comunitario. Remedios está en ese huracán de debates como una de las cosas más cotidianas y domésticas. La galería en la cual descansan las piezas posee toda una historia en la cual, no solo Robinson, sino otras grandes figuras participaron. De alguna forma, la presente exposición es un homenaje, una reminiscencia semántica y un rejuego con la gloria pasada del recinto.

“Para el artista (…) es un divino impulso esta exposición, a la cual acuden los amigos que quedan”. Imagen: Tomada de Cultura de Remedios

No hay que olvidar que el arte posee además una dimensión reivindicativa, que no se olvida, de esas partes más oscuras de la existencia. Y nada como el hogar para rehacer el camino y volver a la carga. Las piezas de alguna forma hablan de esas luchas que emergen y que no son sino elementos de fuerza que matizan la potencia del artista y le otorgan mayor entidad como demiurgo de un mundo. Robinson sigue siendo el joven irreverente que no se detenía ante nada, pero con el peso reflexivo de ser padre de familia y de llevar el destino de ese grupo de seres a su recaudo. Lo minimalista, lo exento de complejidad, son gestos que expresan la enormidad del nuevo camino y la imperiosa imagen que ello le genera al artista.

Nada, como en el Infierno de Dante, quedará fuera de ese fragor, sino que al contrario tendremos que irlo a buscar, como se hallan las pepitas de oro en medio del lodo o de la nada. Y allí, en ese trabajo de orfebre, el crítico que encuentra con el rostro más personal, más frágil, del artista. Por ello, escribir sobre la obra de Robinson es un tour de force que no siempre se asume con comodidad. Hay más de rispidez que de fácil acceso, hay más de esquiva esencia que de singularidades al alcance de la mano. Comoquiera que sea, hay más de una sana búsqueda en estas piezas que de un tufo a pérdida y decadencia, existe un impulso más allá de lo inmediato que es capaz de sobrepasar la cotidianidad más laxa y darnos ese abrazo renovador del arte.

Robinson ha querido que nada pase por alto y por ello, vuelve a Remedios. Ojalá y su antojo no quede del todo satisfecho, pues quienes admiramos lo que hace, queremos que siga pintando y exponiendo.