A diferencia de la literatura italiana y la inglesa —con libros en los que el erotismo mueve los hilos de varios relatos de “sobrecargada sensualidad”, abriendo incluso las puertas al humanismo renacentista, como lo son, respectivamente: Decamerón (1351-1353) de Giovanni Boccaccio y Los cuentos de Canterbury (1387-1400) de Geoffrey Chaucer—, las letras hispánicas mantuvieron por siglos un tratamiento “tímido” de lo erótico.

El director y escritor italiano Pier Paolo Pasolini no hubiera podido filmar las peripecias de sus personajes —muchas veces regidas por la plenitud del eros— ni el desparpajo de la burguesía que comenzaba a fraguarse en ciudades italianas como Florencia, si hubiera buscado en los libros que se escribieron en esos años en la extensión de la península hispánica. Quizá hubiera encontrado algunos pasajes con estas características en el Libro del buen amor del Arcipreste de Hita, en el Cancionero de obras de burlas provocantes a risa (1519) y en ejemplos de la siempre sugerente y astuta poesía popular. Pasolini lo hizo, en cambio, en las páginas de Boccaccio y Chaucer, dejando singulares (y eróticas) adaptaciones de Decamerón (1971) y Los cuentos de Canterbury (1972).

Esta ausencia, escribe el crítico e investigador cubano Carlos Espinosa Domínguez (1950-2024), obedece a una sociedad moralista y represora como la medieval, así como a las “trabas pecaminosas” con que el platonismo occidental atemorizó el paraíso de los amantes: “Los patrones a seguir se encargó de dictarlos e implantarlos la Iglesia, que emprendió una campaña purificadora que negaba el cuerpo y reprimía el placer de los sentidos. Carne y espíritu quedaron así escindidos y comenzó un castigo y una humillación progresivos del cuerpo”. Pero si es cierto que en las sociedades europeas han existido normas y tabúes movidos por la “moralidad cristiana” para someter la espontaneidad de los instintos sexuales —contra los que se “rebelaron” Boccaccio y Chaucer—, lo anterior “se ha cumplido con particular rigidez en los países de habla hispana”.

Para el crítico e investigador cubano Carlos Espinosa Domínguez la ausencia de erotismo en la literatura hispánica obedece a una sociedad moralista y represora como la medieval, así como a las ‘trabas pecaminosas’ con que el platonismo occidental atemorizó el paraíso de los amantes.

La etapa a partir de la cual la política de reprimir cualquier asomo de erotismo empezó a aplicarse se relaciona directamente con los hechos históricos: se remonta al fin de la Reconquista, que trajo la consiguiente erradicación de los valores introducidos por los musulmanes en la península, y el reinado de Isabel la Católica, que marca el inicio del violento antifeminismo y la represión del cuerpo que “ha configurado la cultura hispana hasta hace muy poco”. La expulsión de los judíos, la Inquisición, la prohibición de la importación de libros (entre los que pudieron encontrarse las historias de Decamerón y Canterbury) y “la condena de bígamos y sodomitas a la hoguera”, diría Juan Goytisolo citado por Espinosa Domínguez, reafirman las palabras del chileno Jorge Edwards, cuando escribió que el erotismo es griego, latino, francés, anglosajón, pero muy poco hispano.

Es bastante difícil encontrar un buen ejemplo de un libro erótico en nuestra lengua. Y si hubo algún desenfado erótico —agrega Edwards— en la Edad Media y hasta en los umbrales del Renacimiento, con el Arcipreste de Hita y con Fernando de Rojas, a partir de los Reyes Católicos y la Contrarreforma el erotismo hispano fue “reprimido y retorcido, hipócrita y púdico”. Así llegó a tierras americanas. Imponiendo su carga de decencia restrictiva y sus castigos de orden moral, espiritual y social. “De la moral sexual se ocupaban principalmente los clérigos, predicadores y confesores”, añade Espinosa.

Si bien en nuestro idioma y geografía no existió, en siglos posteriores, un Théophile Gautier, un Marqués de Sade, un John Cleland o un Apollinaire, el anatema contra la expresión del placer sexual no impidió, en cambio, la existencia de lo que a lo largo de varios siglos es una corriente de literatura erótica, aunque en ocasiones haya sido poco visible.

Justamente Carlos Espinosa Domínguez nos ofrece un libro que no está pensado ni para especialistas ni estudiosos: Un desorden de sábanas y almohadas. Antología de la poesía erótica iberoamericana (siglos XVI-XX), selección publicada por Ediciones Matanzas en 2019. “Su destinatario es mucho más amplio, pues busca llegar a un público lector que sienta la curiosidad de tener, a través de unas pocas páginas, una imagen, por supuesto parcial, de cómo plasmaban el ideario erótico nuestros antepasados”, anota en un prólogo que es pórtico sustancioso a la historia de la poesía y el erotismo en España y Portugal, así como en las “expansiones americanas” de ambos países.

“Carlos Espinosa Domínguez investigó, recopiló y cartografió la poesía erótica en Iberoamérica hasta aproximadamente la segunda mitad del pasado siglo (…)”.

Ese ideario erótico-literario en versos, aunque sean excursiones esporádicas, es lo que tiene en común —luego de un trabajo exquisitamente exhaustivo de su compilador— parte de la obra de autores tan disímiles como Vicente Espinel, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, entre los más conocidos por el lector cubano; así como otros menos leídos en la actualidad, entre ellos Francisco de Terrazas, Gregório de Matos, Nicolás Fernández de Moratín, Juan Meléndez, Jacinto Gutiérrez Coll y Bernandino Ruiz.

El autor de Cercanía de Lezama Lima (1986), El Peregrino en Comarca Ajena (2000) y Virgilio Piñera en persona (2003) inicia su libro matancero —que tiene en su diseño de cubierta una obra de la polaca Tamara de Lempicka— con poemas anónimos escritos en los siglos XVI y XVII, poseedores de un contenido más explícito y con una “carga de sal gruesa” (incluso con su poco de obscenidad durante el siglo XVIII). Sería en el siglo XIX que el debilitamiento de la influencia de la Iglesia católica, el triunfo del liberalismo político e intelectual, así como el impacto de los cambios sociales en el continente, hicieron que se generalizara un tratamiento más abierto y desinhibido del sexo.

El Modernismo, ese “aporte latinoamericano”, trajo imágenes más audaces del deseo físico, la voluptuosidad y placer sexual, como en la obra del mexicano Xavier Villaurrutia. Es en el siglo XIX justamente cuando el erotismo se incorpora de manera definitiva a la poesía escrita en Latinoamérica, tanto por los autores de habla hispana como por los brasileños; de la misma manera que por primera vez muchas escritoras empiezan a reivindicar la sexualidad y el cuerpo femenino (Delmira Agostini, Alfonsina Storni, María Calcaño, Teresa Wils Montt y la portuguesa Florbela Espana son ejemplo de ello).

Mientras que el “deseo homosexual y lésbico”, por los que hay que esperar un poco más para comprobar su reflejo en la poesía en ambos lados del Atlántico, viene de la mano de escritores como Luis Cernuda, Porfirio Barba-Jacob, Emilio Ballagas y Salvador Novo.

“A través de ese lenguaje dejaron también su mirada erótica, entre los más conocidos de la selección, autores como José Martí, Salvador Díaz Mirón, Bonifacio Byrne, Julián del Casal, José Asunción Silva, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Manuel Machado, Juana Borrero, Baldomero Fernández Moreno, José Manuel Poveda, José Eustasio Rivera, Rubén Martínez Villena y el nicaragüense Joaquín Pasos (…)”. 

En varios de los poemas que se incluyen en Un desorden de sábanas y almohadas hay una “clara voluntad de asumir y celebrar los placeres carnales”; mientras que en otros textos, por el contrario, es evidente la imposibilidad de que los autores pudieran ser más explícitos, “pues debían someterse a las reglas de la discreción marcadas por la Iglesia y por el idealismo patriarcal” (incluso aludiendo a la fisonomía femenina y a la sensualidad a través de eufemismos). El erotismo, como diría el mexicano Octavio Paz, es sexualidad transfigurada por la imaginación. Y para nombrar algunas de esas zonas infinitas del erotismo, pocos lenguajes resultan tan idóneos, tan amplios y expresivos, tan genésicos, como el lenguaje de la poesía, cuyos límites son igualmente inabordables. A través de ese lenguaje dejaron también su mirada erótica, entre los más conocidos de la selección, autores como José Martí, Salvador Díaz Mirón, Bonifacio Byrne, Julián del Casal, José Asunción Silva, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Manuel Machado, Juana Borrero, Baldomero Fernández Moreno, José Manuel Poveda, José Eustasio Rivera, Rubén Martínez Villena y el nicaragüense Joaquín Pasos, fallecido en 1947 y con el que se cierran estas páginas en las que Carlos Espinosa Domínguez investigó, recopiló y cartografió la poesía erótica en Iberoamérica hasta aproximadamente la segunda mitad del pasado siglo (la siguiente mitad ofrece nuevos y osados derroteros al tema).

Tiene el lector, por tanto, una cuidada selección, con mirada erudita y al mismo tiempo fresca, para comprobar que tanto en el pasado, cuando fueron escritos estos poemas, como hoy, mientras se leen estas páginas, los amantes dejan un desorden de sábanas y almohadas como testigo y confirmación de las múltiples formas (también poéticas) del amor.