Marguerite Yourcenar (Bruselas, Bélgica, 1903-Bar Harbor, Maine, Estados Unidos, 1987) no es una escritora completamente desconocida para el lector cubano, aunque hoy no encontremos títulos suyos en librerías y el interesado en los universos de sus novelas históricas, caracterizadas por el tono poético y su erudición, sus ensayos y obras teatrales, acuda a los libros digitales o a las ediciones extranjeras de una de las autoras más respetadas no solo de la lengua francesa y del siglo XX. Pero en nuestro país sí se han publicado títulos de Marguerite Yourcenar como Cuentos orientales (1938) y Memorias de Adriano (1951), su libro más conocido, con traducción al español de Julio Cortázar. Estos son volúmenes que hoy sobreviven en libreros y bibliotecas familiares —incluso como tesoros— o aparecen, sorprendiéndonos, en librerías de “viejos” o de uso.

No siempre relacionamos a la autora de las novelas Alexis o el tratado del inútil combate (1929), El tiro de gracia (1939) y Opus nigrum (1968) con la poesía. Aunque sus inicios están vinculados a dos poemarios, El jardín de las quimeras (1921) y Los dioses no han muerto (1922), que su padre alentó y costeó, y que ella apartó de sus obras publicadas por la Biblioteca de la Pléiade. Aun así no se alejó de la poesía, pues en 1936 publicó los poemas en prosa que integran Fuegos y en 1956, Las claridades de Alcipo.

Siete poemas para una muerta, título reciente publicado por Ediciones Matanzas, fue traducido por los escritores Nancy Morejón y Olivier Giron. Foto: Del autor

Justamente a Las claridades de Alcipo pertenece Siete poemas para una muerta, título que acaba de ser publicado por Ediciones Matanzas con traducción de los escritores Nancy Morejón y Olivier Giron, en una tirada de cien ejemplares hermosamente realizados que se presentaron en el Festival Internacional de Poesía Puentes poéticos, efectuado del 27 al 31 de enero en Matanzas, con la premisa, a partir de un verso de Roque Dalton, de que “la poesía es como el pan, de todos” y las dedicatorias a la paz mundial, a Miguel Barnet y al llamado primer poeta de América, el cubano José María Heredia.

Siete poemas para una muerta es un cuaderno, en su sencillez, singular y hermoso. Singular por la particularidad de que, como vimos, libros de su autora no son comunes en nuestro contexto editorial. Y hermoso por el cuidado de su realización, que se acompaña, además, con dibujos de la propia Nancy Morejón, Premio Nacional de Literatura 2001. Ediciones Matanzas ha intentado paliar o al menos atenuar, con inteligencia y los recursos a su alcance, las carencias de la industria poligráfica. Es una manera, volviendo a mecanismos casi prístinos de la confección del libro, en una ciudad que se distingue con el sello de Ediciones Vigía, de seguir entregándonos títulos de altura, como nos ha acostumbrado Ediciones Matanzas. Y en este caso con el encanto del papel de su cubierta y un cordoncillo de fibra que rodea el lomo. No casualmente el infatigable poeta y narrador Alfredo Zaldívar, Premio Nacional de Edición 2019, es el fundador de Vigía y quien lidera el equipo de Santa Teresa 27 entre Contreras y Manzano, en el corazón de la urbe bañada por el Yumurí, el San Juan y el Canimar. La edición de Siete poemas para una muerta es suya y la corrección de otra poeta, Maylan Álvarez.

El objetivo principal de las traducciones en esta edición cubana es acercar a los lectores a la obra poética de Marguerite. Foto: Tomada de Internet

El objetivo principal de la traducción de Nancy y del escritor y diplomático francés Olivier Giron, realizadas especialmente para esta edición, es acercar a los lectores a la “injustamente relegada” obra poética de Marguerite Yourcenar y abrirles las puertas a poemas de una fuerza reflexiva impactante, pletóricos de belleza, que ahondan en temas como la muerte, la eternidad, el amor, el erotismo y la búsqueda perenne de la sabiduría. Su obra poética —de la que leemos aquí: “Los que nos esperaban”, “He aquí la miel brotando”, “Solo supe dudar”, “El huerto de los cipreses”, “La miel imperecedera”, “Aquí yace el silencio” y “Nunca sabrás”— forma un juego de reflejos e imágenes fecundo en símbolos asociados a las culturas orientales y la griega clásica. Así indaga en la construcción de la identidad: la edificada por el otro y la construida por uno mismo, que convergen en un reflejo que no es más que la vacuidad de un laberinto: el laberinto del tiempo, esa antigua metáfora del carácter ilusorio y efímero de la existencia.

El libro se complementa, y establece un atractivo diálogo, con las ilustraciones de Nancy, de cuya obra pictórica escribió la poeta Aitana Alberti: “Jugando al juego feliz de perderse en sus propios laberintos se le escapan entre los dedos manchados de tinta un tropel de arlequines, pierrots sonámbulos, acompañados de lunas menguantes y de plumas”.

Siete poemas para una muerta de Marguerite Yourcenar, publicado por Ediciones Matanzas este 2026, nos obsequia esquirlas poéticas de una autora imprescindible y lo hace con sencillez y elegancia, dando como resultado que el libro, más allá de ser un objeto “contenedor” de literatura, sea un regalo de colección para los amantes de la poesía.