Giselle en el registro fílmico de Pineda Barnet

Rubén Ricardo Infante
22/12/2020

El teatro y la danza son manifestaciones que expresan a través de sus códigos la sutileza y la belleza del movimiento. Toda la magia que envuelve dichos gestos tiene una limitación: la permanencia. El arte teatral es eminentemente efímero; nace para ser apreciado en el instante, vive en la memoria de los presentes y perdura como representación de alto valor estético.

Por otra parte, el cine como fuente testimonial tiene la posibilidad de registrar los instantes de una escena o una coreografía, y conservarlos en imágenes. Con ese sentido de permanencia el cine cubano guarda en su historia el acercamiento al teatro, la danza y a los artistas que cultivan estas expresiones.

“El cine como fuente testimonial tiene la posibilidad de registrar los instantes de una escena o una coreografía, y conservarlos en imágenes”. Fotos: Internet
 

Cuando Enrique Pineda Barnet decidió acercarse al ballet y a la figura de Alicia Alonso, se adelantó a su tiempo y a una preocupación casi perenne en el arte teatral y danzario a escala internacional. Sobre la importancia de su trabajo, el crítico Mario Rodríguez Alemán refirió: “Si Nijinsky, la Pávlova o la Duncan hubieran prestado más atención al cine, o si algún productor cinematográfico de la época se hubiera interesado en ellos, su arte grandioso no hubiera desaparecido con la muerte, y nosotros vendríamos a continuar la emoción de un público que los aplaudió en aquellos momentos. Unos miles de metros de celuloide ―y se han desperdiciado millones en cosas que no valen la pena― hubieran conservado su arte, hubieran evitado que se destruyeran en el olvido, se deformaran en la mera referencia o se congelaran en unas cuantas fotografías que no restituyen el movimiento, el ritmo, la vida, en fin, de los grandes bailarines”.  

En su texto “Giselle entra en el cine”, publicado en el número 16 de la revista Cine cubano, Rodríguez Alemán ofrece declaraciones de Alicia Alonso sobre esta pieza: “Tengo predilección por este ballet, pues representa un reto para toda bailarina. Hay que bailarlo con una técnica perfecta y difícil, y al mismo tiempo sentir el drama. Es un ballet que ha llenado varias partes de mi vida. La primera vez que lo bailé fue cuando yo estaba en el American Ballet Theater. La primera bailarina había enfermado y hube de suplirla. Me vi obligada a bailar Giselle con solo una semana de ensayo”.

Conocedora del valor de esta experiencia, Alicia expresa que a través del cine ha podido observar mejor los movimientos del ballet: “Me ha hecho descubrir muchas cosas, más que sobre el cine, sobre el ballet mismo. Hemos tenido que volver a estudiar la obra, que profundizar en su tema, en sus personajes, en su forma. Y luego, la filmación es dura y laboriosa. Uno de los principales inconvenientes que hemos tenido que superar a base de concentración, ha sido el carácter fragmentario del registro de la escena. En una función hay un desarrollo continuo, que permite el natural proceso de expresión de las pasiones. Aquí las interrupciones constantes lo sacan a uno del drama, y para la siguiente toma hay que volver a crearse el estado de ánimo que exigen la situación y el personaje. Pero vale la pena pasar estas dificultades, porque así quedará algo que alcanzará a muchos públicos, aun los más humildes, y que quedará para los bailarines y los artistas que vengan después de nosotros. El cine se presta mucho al ballet, porque los dos son artes de movimiento”.

Alicia Alonso en Giselle (1964), filme dirigido por Enrique Pineda Barnet
que inmortalizó los movimientos de la danza clásica.

 

La prima ballerina assoluta Alicia Martínez del Hoyo fue fundadora del Ballet Nacional de Cuba, compañía que dirigió hasta su fallecimiento, y ha sido acreedora del primer Premio Nacional de Danza (1998). Es considerada una de las personalidades más relevantes en la historia de la danza y del ballet clásico iberoamericano; razón que validó en la reunión extraordinaria de ministros de Asuntos Exteriores de la Conferencia Iberoamericana, la declaración del 21 de diciembre como Día Iberoamericano de la Danza.

Giselle constituye un legado de la cultura cubana al quehacer y la trayectoria del Ballet Nacional de Cuba y de su figura eje: Alicia Alonso. El cine cubano —expresión de la cultura amplia y diversa de esta Isla— se acerca a un arte que es síntesis y resultado de ese largo proceso a través del cual se han destilado tradiciones, ritmos y aportes reconocidos por su singularidad.

Fernando Alonso aporta sus consideraciones y destaca el valor que adquiere el proceso de grabar un instante, de apresar un tiempo que se escurre entre los telones de un amplio escenario: “Nosotros creemos que esta experiencia es importante, porque nos permite crear el movimiento de la danza ante los ojos del público de otra manera que como se ve en el escenario. Esto nos ha planteado nuevos problemas. Vimos, por ejemplo, que teníamos que dar otro tiempo a los movimientos, porque al aparecer en la pantalla se veían exagerados. Hubo que atenuar mucho los gestos, porque la cámara es más analítica que la mirada del espectador, que está en el patio de butacas. Afortunadamente, Pineda Barnet es muy talentoso, muy serio en su trabajo, y ha sabido resolver estas dificultades”.

Para la filmación se configuró la aldea, y Giselle asistió con su protagonismo a la fiesta de la vendimia. En medio de tanto mar, el legado de Alicia en Giselle, y de la Giselle eterna —inmortalizada por Pineda Barnet— es obra de los dioses. Mientras, como escribía el poeta, “la mar violeta añora el nacimiento de los dioses”. Alicia tiene en su centenario una fiesta innombrable, una fiesta por la danza, el cine y la cultura.