Murieron treinta y dos compatriotas. Pero sigue viva la decisión de no morir. O, en todo caso, morir para resucitar como pueblo. Sus vidas —que solo les fue dada una vez— se prolongan porque las entregaron a favor de una vida digna para la especie; por una causa justa que los hace acreedores de una eternidad compartida con la historia. Y los eleva a la misma estatura de gigantes que no paran de crecer.

Viviremos para honrarlos, hasta que se nos acaben las palabras. O hasta que las palabras pierdan definitivamente sus sentidos. Y aun así, seguiremos pronunciándolas, o escribiéndolas, como si conservaran la pureza virgen. Ningún agresor ególatra podrá arrebatarnos palabras como: libertad, justicia social, solidaridad, valentía, amor, paz… por mucho que las manchen con sus manipulaciones y misiles. También por ellas murieron nuestros compatriotas, y lo sabían. Démosle entrada, entonces, a sus luminosos nombres en el reino de la virtud y la belleza.

“Darlo todo en aras de que la dimensión humana se prolongue más allá de los días en que respiramos: he ahí una epopeya que solo puede ser guiada por sentimientos de altruismo y empatía sin fronteras”.

Ponerle el pecho al infinito para que nos entre en la sangre: grandeza mayor para vidas destinadas a perecer tranquilamente en la cotidianeidad y la rutina. Darlo todo en aras de que la dimensión humana se prolongue más allá de los días en que respiramos: he ahí una epopeya que solo puede ser guiada por sentimientos de altruismo y empatía sin fronteras. Gracias a esa actitud, devenida programa de acción, sabemos que la historia del Hombre no solo relata la sucesión de acontecimientos más o menos trascendentes en que nos involucramos, sino también una conciencia colectiva de bienestar equitativamente repartido. Con tales desprendimientos diseñaron su fe nuestros héroes: los de hoy fundidos con los de ayer. Y también los de ese mañana que fulgura en la lejanía y nos quieren empobrecer con sofismas robados a la lógica común.

La muerte física siempre será un hecho cierto, devastador, dolorosamente verdadero, pero no vale identificarla como ausencia total de vida. Los compatriotas que en los mismos inicios de este año cayeron en Caracas prolongan su alma en la vida múltiple de los pueblos valientes y generosos que luchan por su soberanía. Su adiós, aunque deja ausencias irreparables, repara un porvenir contrario al que proponen aquellos que intentan pulverizar la convivencia armoniosa sobre el planeta. Vale llorar a los compañeros, pero también se impone exaltar el alto gesto que expande la magnitud simbólica y universal de nuestra causa (su causa) solidaria.

“Viviremos para honrarlos, hasta que se nos acaben las palabras”. Foto: Tomada de Internet

Existen pocos modos de ganar la eternidad. Habitar, a expensas del sacrificio, la memoria de los contemporáneos y de los que aún no nacen es la más legítima. Pero la obra inteligente pensada para beneficio de la mayoría, concebida a través del trabajo en ambiente de paz, también expide pase a bordo a la permanencia definitiva en esa dimensión cósmica donde lo terrenal quedará disuelto —y amargamente dulcificado— en la gran línea del tiempo. Porque podamos concretar nuestra propia estatura moral lucharon hasta el último suspiro.

Sabemos que no existe consuelo posible en quienes —familiares entrañables de los mártires— nunca tendrán cómo resanar las grietas en el alma: la segura trascendencia y la permanencia gloriosa en el espíritu de la nación serán apenas parches paliativos hasta los últimos días de sus existencias. Siempre nos sentiremos a su lado y, aliados a sus cadáveres amados, trataremos de aportar la gota de luz que nos trasfundieron con sus ejemplos.